viernes, febrero 13, 2009

AQUI NO FALTA NADIE


A menudo las antologías son famosas por los nombres de los ausentes, excepciones que confirman las motivaciones que las producen. Es decir, no todas las antologías están hechas para poner en vitrina a los más queridos, los más aptos, los más conocidos, sino para señalar derroteros, bucear en los caminos que construyeron la pasión literaria de un espacio cultural y geográfico.

La gran poesía puneña, en Aquí no falta nadie, antología poética de Walter Bedregal Paz, puede darse el lujo de reconstruir un itinerario de voces que coinciden, se contradicen, suman. Se trata de una antología inteligente y sustentada en una tesis tan sencilla como perentoria: no es antología de poetas, sino de poemas.

Es decir, el libro batalla con la poesía y lanza el reto de su selección. Su primera consecuencia es la divulgación de esa poesía, que sin querer se vuelve canon por su propia naturaleza selectiva. Y también, como al revés dice el título de su prólogo, abre puertas en lugar de cerrarlas, pues el inútil sueño de toda antología es cerrar el círculo y ceñir laureles, cuando siempre abre puertas simplemente, señala caminos, seduce e invita con su presencia temporal.

Cuando en el 2005 publicamos el nº 3 de la Revista Peruana de Literatura dedicada a las letras puneñas, no imaginamos la abundancia de poetas jóvenes y su ligazón con la tradición puneña, que este libro pone sobre el tapete.

Sin embargo, nos extraña la ausencia de poetas que en nuestra opinión son inseparables de la rica tradición poética puneña, como Jorge Flórez-Aybar, José Luis Ayala y Luis de Rodrigo. Siguiendo la línea de rizomas explicada por Walter Bedregal, estos autores debería aparecer, igual que otros. La explicación está, entonces, no en su parentezco con la línea crítica del libro, sino con otros criterios, que el mismo autor del libro llama, por ejemplo, "gusto por la poesía". Comprender las ausencias siempre es tarea inútil.

De otro lado, el título del libro es excelente, pues desnuda el móvil de toda antología. Los resultados siempre son provechosos, como este libro tan atrevido como necesario.

sábado, octubre 18, 2008

El juego del ángel


Acabo de leer El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, que en estos días está dando la hora con miles de ventas en España. Un libro de infarto, para no dejar de leerlo de principio a fin, con historias de amor, venganza, pactos diabólicos y mucha sangre. El resultado final es satisfactorio, y uno comprende por qué la enorme propaganda al libro apela a una frase estupenda: "Recordarás por qué te gusta leer".

El libro está ambientado en la Barcelona de preguerra, y el autor se regodea en crear personajes de carácter, aunque sea el protagonista el menos verosímil. Las historias están encadenadas como una bola de nieve, que no hacen más que crecer y llenarnos de suspenso. Si bien prefiero en ese género El Club Dumas, de Pérez Reverte, por no citar un libro de mucho mayor calibre como El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, lo cierto es que el libro se sostiene solo, entretiene y gusta.

Para un lector peruano, esa funcionalidad podría resultar fría aunque entretenida, sin la sensualidad del lenguaje de Gregorio Martínez o Miguel Gutiérrez, ni la intensidad lírica de Arguedas o la ironía jocosa de Andrés Cloud. Nada de eso. Es una novela bien escrita, bien hecha, con una textura impecable, y por ello mismo un éxito editorial asegurado.

jueves, julio 10, 2008

Destinos inciertos


Acabo de leer Destinos inciertos, del escritor pasqueño David Elí Salazar. Lo primero que se me viene a la mente son ese conjunto de personajes cuyo único punto en común es el enorme deseo de sobrevivir. Se trata de cuentos de tema minero, podría decirse incluso de tema social para volverlo más amplio. Pero en mi memoria queda ante todo el anhelo de sobrevivir de los personajes. Porque la gente vive de sus chacras y de la pequeña minería, y de pronto llega el desarrollo, la gran minería, y la vida se derrumba para todos, excepto para los nuevos propietarios.

Los cerros golpeados a tajo abierto, las lagunas y ríos contaminados, niños y adultos con plomo y azufre en la sangre, etc, son sentencias de muerte ante la total indiferencia de nuestra sociedad. Difícil leer el libro sin sentir la angustia de saberse parte de una sociedad enferma y mutiladora.

A falta de historiadores y periodistas honestos, la literatura hace historia, se transforma en crónica viva y acaso en orientadora sobre la realidad de nuestro país. Por eso los cuentos resienten en su autonomía literaria, pero se levantan como alternativas a nuestras falencias en disciplinas que deberían ser valuartes de verdad y reflexión.

Un libro en el que incluso el cerro se da maña para increpar al "tajo abierto" por la rotura de sus entrañas. Uno se convence, más de lo que ya está convencido, de que la minería ha sido, es y será siempre una actividad depredadora y etnocida. Mal para un país minero como el Perú.

jueves, enero 24, 2008

SANGAMA, una novela de aventuras


La primera vez que leí Sangama, la gran novela de aventuras en la selva de Arturo D. Hernández, quedé peturbado para siempre. Justo tendría mis ocho o nueve años de edad y me encontraba en las sierras de Marca, el hermoso pueblo de mis padres en Ancash. Y ahí, envuelto por los relatos fantásticos de tías y abuelos que contaban del gigante Canlín, la cabeza voladora de la Qeqi, las tribulaciones de Juan Oso, las risueñas aventuras del Ichic Ollco o las apariciones y desapariciones de los auquish y chacuas, esos viejitos guardadores de los cerros, de pronto me encontré con un libro igualmente fascinante, fabuloso, encantador. La literatura oral y la literatura escrita me envolvían suavemente, y los personajes andinos y amazónicos empezaban a latir en mis venas sin ninguna dificultad, acaso con la misma naturalidad que las figuras selváticas del otorongo, monos y serpientes de la selva emergían de la iconografía andina de Chavín y de la costeña de Caral.

Sangama me atrapó de inmediato. Abel Barcas, joven explorador en el alto Ucayali, llega al pueblito de Santa Inés donde conoce la tiranía del Gobernador y sus secuaces el Toro y el Piquicho. Y conoce también al gran Sangama y se enamora, cómo no, de su bella hija Chulla, la de ojos verdes, la de piel suave.

Pero Sangama no es un hombre propiamente de la selva. Más bien es un descendiente de los Andes que guarda una profunda sabiduría que le fuera transmitida por generaciones. Busca el ídolo, para conocer las claves del regreso del gran imperio incaico mientras vive y desmadeja los misterios de la vida amazónica, las costumbres de los animales y los hábitos particulares de los pueblos indígenas.

Pero es una novela al gran estilo de las novelas. Es decir, una narración que nos envuelve con historias sencillas pero sugerentes, hasta que los elementos maravillosos se hacen naturales y la acción termina por atrapar nuestra atención con sus anécdotas fulgurantes, plenas de secretos revelados, amores inconclusos y magia verbal para articular las diversas historias de esta gran historia.

¿Qué es Sangama? Es la búsqueda de lo inalcanzable, del pasado, del sentido de nuestra existencia.

Sangama es la apuesta amazónica por la cultura andina, donde el personaje vislumbra la matriz cultural que da vida a casi todo el continente sudamericano. Y lo hace con un referente inmediato, caro a los peruanos: la vuelta del imperio incaico.

Una primera lectura de la novela nos induciría a pensar que Arturo Hernández, el escritor, se pone a la cola del indigenismo para destacar el valor andino mediante los incas, acaso sus últimos representantes autóctonos. Pero cada vez que leo nuevamente la novela, año tras año, son sueños e imágenes distintos los que me asaltan. Antes que el discurso ‘incaico’, veo el comportamiento andino-amazónico de Sangama como un valor fundido y complementario.

Por eso resalta, muy nítido, lo que ahora llamaríamos un comportamiento ecológico, una visión equilibrada hacia la naturaleza y sus recursos, incluso un cariño igualitario hacia los otros grupos indígenas cuyos secretos conoce gracias a la confianza compartida.

Pero no olvidemos algo importante: la exigencia de la crítica amazónica de encontrar un ‘personaje amazónico’ en la novela encontraría en Sangama a alguien totalmente lejos del ideal requerido, porque, en última instancia, el personaje lleva a cuestas su sabiduría andina en plena selva, y se constituiría en un híbrido cultural antes que en símbolo original y propio de lo amazónico.

Sin embargo, quedan para siempre las imágenes de un concurso de anécdotas que nos embrujan y nos dominan. Desde aventuras con animales, hasta encuentros mágicos con brujos que envenenan y matan por codicia, celos y venganza. ¿De qué otra cosa se mata en la literatura, o acaso en la vida real?

Pero Sangama, la novela, es también una dulce y encantadora trampa para cualquier lector que desconozca la selva. Recuerdo haber visto en el avión, mientras viajaba a Iquitos, Pucallpa o Tarapoto, a lectores con su Sangama en mano, atrapados por la historia, imaginando que apenas pisen la selva le saldrían al encuentro serpientes u otorongos o que los llevarían al hotel en frágiles canoas.

Nada más alejado de la realidad. Más que un reflejo de la selva, de Sangama hay que destacar el gozo por la aventura, el mismo placer que sentimos al releer Los tres mosqueteros de Dumas. Y comprender que la narrativa, antes que experimento con las palabras, es ejercicio con las historias, con los sueños, con la magia de los mundos que nos toca inventar tal como Sangama nos lo muestra de manera natural y sencilla.

Rogger Tang Ríos: ELOGIOS DEL GERANIO


La poesía de Rogger Tang Ríos, poeta radicado hace algunos años en la paradisiaca isla de Aruba (Antillas holandesas) y natural de la cálida y norteña ciudad de Nepeña, es un canto a la belleza y al amor.

Pero antes, el autor ha obtenido premios literarios en Chimbote, y en 2004 fue considerado en una antología continental de poesía. Fue también integrante del grupo Creación, de Chimbote, y actualmente colabora en la página cultural de El Diario, el periódico más importante de Aruba.

Elogios del geranio contiene poemas que calan en lo profundo del sentimiento amoroso, la amada real y la amada ausente, y con un halo de sensibilidad social apunta también a reflexionar sobre la condición humana.

Sin embargo, el poeta tampoco ha podido sutraerse a los avatares de la distancia, y la nostalgia y el sentimiento de lejanía atraviesan todo el poemario.

Rogger Tang Ríos recuerda, rememora los acontecimientos de la infancia y la juventud, y por eso sus poemas son cantos sentidos a la vida, himnos emocionados a las miradas lejanas.

No en vano, Ernesto Renwig ha escrito de él: «Obsequiosa textura lírica, la poesía de Rogger Tang Ríos; la musicalidad, delicada y fina del romanticismo, aún se filtra por sus versos profundamente humanos. Y, estoy seguro, siempre y por siempre tendrán el mar, el viento, los recuerdos, un vate de estos sentimientos como su mejor aliado».

La batalla de Madrid


En la foto: Mario Guevara, Sandro Bossio, Dante Castro, Christian Reynoso, Enrique Rosas Paravicino, Oscar Colchado y Ricardo Vírhuez, en Madrid.

La idea principal que se me ocurrió al principio es que viajar a Madrid, para el I Congreso de Narrativa Peruana en mayo del 2005, sería una gran experiencia, un aprendizaje.

Metido 7 años en la amazonía peruana, viajando casi cada semana a ciudades tan distantes y distintas como Abancay, Huaraz, Puno, Trujillo, Chimbote, Pucallpa, en fin, un sinnúmero de pueblos del interior, y estudiando sus libros, compartiendo con autores desconocidos e inéditos, me daba la sensación de andar descubriendo un mundo que hasta hace poco creía entender y comprender: la literatura peruana.

Por eso, cuando junto a Javier Garvich y otros amigos publicamos los primeros números de la Revista Peruana de Literatura, no había dudas sobre nuestro objetivo: difundir la rica producción literaria del Perú, de preferencia de aquellos autores invisibles para la crítica y los medios de comunicación.

Sin embargo, desde el inicio tuvimos que resistir la arremetida nada rigurosa de un Vargas Llosa que repitió un monólogo ya insoportable: seamos cosmopolitas, la forma es lo más importante, renunciemos a los problemas sociales en la literatura, seamos sumisos al mercado.

Ya en diálogos breves con Dante Castro y Walter Lingán, recordamos el lema del Congreso: «25 años de narrativa peruana. ¿Cuándo se jodió el Perú?». Siempre me pareció que Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral que dijo tan penosa frase, era un criollo extraviado incapaz de entender el Perú, al que le endilgó su propio mal. Lo más correcto sería decir cuándo se jodió Zavalita, ya que desde Velasco el mundo feudal se hizo añicos en el Perú y surgió un tipo de capitalismo que mezclaba todas las formas de sociedad en una ensalada imprevisible.

Por eso, mientras buscábamos bares para celebrar mi cumpleaños en ese Madrid ordenado y limpio, que a veces se parecía a Lima en sus viejas construcciones y otras copiaba alegremente la 5ta Avenida de Nueva York, discutíamos con Oscar Colchado, Mario Guevara, Dante Castro, Sandro Bossio, Enrique Rosas Paravicino y Christian Reynoso sobre las literaturas que a menudo se escamotean en la prensa y los libros destinados a los estudiantes. El temor era obvio: que el Congreso repitiera esta situación.

A estas alturas, no es difícil evaluar dicho encuentro de escritores en general y hacer las debidas diferencias. Por un lado, los organizadores merecen nuestro reconocimiento por el gran esfuerzo desplegado, pues una actividad literaria de esta naturaleza no sería posible sin una gran dosis de entrega personal y generosidad, independientemente de los resultados y de las evaluaciones posteriores.

Por otro lado, la calidad de las ponencias presentadas sí merece una crítica, principalmente por su desconocimiento de la narrativa peruana. La desinformación sobre las distintas formas de literatura que se hacen en el Perú obedecen a distintas razones: 1) Escaso tiraje de los libros (la norma es mil o quinientos) para casi 30 millones de peruanos. 2) Papel criticable de los medios de comunicación, que se niegan a difundir libros que no pertenezcan a las grandes editoriales o a conocidas argollas. 3) Escaso o nulo interés académico en literaturas marginales o no hispanas. 4) Inexistencia de empresas editoras que arriesguen por un sistema de distribución nacional. 5) Una crítica (incluidos reseñadores) desatenta a nuevas propuestas estéticas. 6) Ausencia de una asociación de escritores que pueda defender derechos y proponer planes editoriales novedosos.

Podríamos añadir muchas causas más, pero sería llover sobre mojado. Lo irónico es que quienes «provocan» la desinformación literaria caen en un efecto bumerán que les afecta a ellos mismos. Y eso se vio en Madrid, pues fueron varios operadores culturales (de distintos medios) los que dieron la imagen más penosa al referirse a la narrativa peruana de los últimos 25 años.

El Congreso, por tanto, fue de momento una buena manera de mostrar nuestras carencias más que nuestra riqueza, para medirnos y conocernos, para apuntar precisamente a un proyecto más ambicioso en futuros eventos. ¿No merecemos, acaso, oír a investigadores que nos hablen de literatura afroperuana, o que se explayen en la maravillosa narrativa amazónica, tanto indígena como hispánica, y que surja un estudioso de la novela quechua contemporánea (recuerdo ahora una novela de Macedonio Villafán)? O tal vez, sin la profundidad de las divisiones culturales sino solo de subgéneros literarios, oigamos sobre narrativa fantástica, policial o erótica, o alguien se atreva a mostrarnos los vaivenes de la novela política, de la narrativa que se escribe en las cárceles, de la narrativa peruana de los que viven en el extranjero.

La polémica entre escritores desatada en Lima posteriormente solo es parte del mismo problema: injusta distribución de la información, racismo desfasado y muchas cosas que cambiar en nuestra vida cultural, para hacerla democrática, participativa, incluyente.

Sin duda, hay mucho de qué hablar sobre narrativa peruana y el Congreso de Madrid fue solo el comienzo. Un gran comienzo.

miércoles, enero 23, 2008

Zein Zorrilla: LA NOVELA EN EL SIGLO XXI


El arte de la novela es uno de los espacios estéticos menos desarrollados en nuestro país, no porque no existan novelas sino porque la génesis de estas no corresponde a una preparación previa, a una tradición formadora para los escritores.

Tal vez este ‘darse cuenta’ sea la base sobre la cual Zein Zorrilla elabora un ensayo destinado a llamar la atención sobre algo tan elemental como inadvertido. Zein se pregunta: ¿Por qué para ser arquitecto se estudia arquitectura, para ser pintor se estudia pintura, y para escribir novelas no se estudia nada? Un abogado encanecido con muchas historias acumuladas o un jubilado con mucho tiempo libre creen llegado el momento de plasmar su vida en novelas y se lanzan a escribirlas; no se discute su derecho de hacerlas, sino de hacerlas sin ninguna preparación. Pues el resultado inevitable será poco alentador. Y lo peor, servirá acaso de modelo para jóvenes novelistas ansiosos de emular la obra de los mayores.

El ensayo de Zein, con estas bases, construye un alegato en favor del conocimiento del arte de la novela, de la preparación del escritor. Lo cual no debería ser ninguna novedad si en nuestro país se enseñara este arte de la ficción como se hace en Estados Unidos, México, Argentina, España y muchos otros países con tradiciones más rigurosas.

Pero Zein Zorrilla va más adelante y no se detiene en la falta de tradición peruana, sino que estudia las causas por las cuales la novela se transforma en el mundo, deja de ser el artefacto coherente de los maestros del siglo XIX y, gracias al modernismo, se vuelve en simple acumulación de anécdotas, en experimento lingüístico, en libro sin trama y con débiles historias.

Por tanto, las causas de una novela anecdotista no descansan en la tradición impresionista peruana, sino que es un fenómeno mundial del que hemos sacado malos provechos. Y propone, ya que los cambios en la novela se produjeron en Europa y Estados Unidos, que la América hispana pueda asimilar los logros europeos para crear su propia manera de hacer novelas, de hacer ficción, de no repetir errores y convertir este continente en espacio aprovechado y aglutinador de experiencias ajenas para provecho propio.

Esta propuesta no es nueva en Zein Zorrilla, ya que en trabajos anteriores proponía una novela andina autónoma luego de asimilar las experiencias europeas y sacar lo mejor de ellas, para no ser copia fiel ni calco postizo, y para no depender de cánones europeos sino más bien de un proceso creativo auténtico y autónomo.

El libro es rico en propuestas y, con un estilo agradable y dinámico, culmina con un ejercicio sobre un cuento de Milan Kundera. Acaso valga la pena resaltar algo más que una excelente edición y un pensamiento vigoroso en este libro de Zein Zorrilla, y añadir el estilo que puede ser irónico y alegre, siempre vibrante, preciso, amistoso.

Esta propuesta coincide con una crítica de larga data hacia las universidades donde se enseña literatura en el país, pues todo lo que hace es enseñar historia de la literatura, cuando debería -por lo menos- apuntar a tres objetivos: creatividad literaria, análisis y crítica literaria, y finalmente historia de la literatura. Demás está decir que la creatividad literaria es el corazón de la carrera, la cual lamentablemente no se enseña en las universidades sino como talleres libres a cargo de escritores (Cronwell Jara, Oswaldo Reynoso, por ejemplo) o críticos literarios (Willard Díaz, en Arequipa).

La mirada de Zein a nuestra narrativa es, por ello, paternal y crítica. Lanza observaciones irónicas sobre los presupuestos de quienes, sin tener la mínima idea de la novela, afirman que lo más importante de esta es el lenguaje, y no la historia ni la trama. Su voto por una construcción coherente y un argumento atractivo en la novela, sin embargo, lo coloca en una situación límite, de decisión sobre determinado tipo de novela y no de otro.

Para comprender esto último volvamos a Aristóteles, que Zein cita del inglés: «De las tramas simples (...) las episódicas son las peores. Llamo episódica a una trama cuya secuencia de episodios no es necesaria ni probable. Los poetas de segunda componen este tipo de tramas de propia voluntad; los buenos poetas lo hacen por exigencia de los actores: como escriben para competir, desarrollan la trama más allá de su potencial, y siempre se ven forzados a distorsionar la secuencia». Esta afirmación es una clara crítica a las novelas episódicas; una de las más famosas es, sin duda, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y lamentablemente también buena parte de la novelística peruana.

Me quedo con la interrogante. Y con la convicción de que los esfuerzos de Zein Zorrilla son un alegato importante en favor de la buena literatura peruana. Ojalá no solo los jóvenes lo escuchen. El compromiso es de todos los novelistas.

Santiago Roncagliolo: ABRIL ROJO


Dentro de las nuevas corrientes narrativas surgidas en los últimos años en el Perú, se encuentra una suerte de curiosidad literaria que vale la pena conocer. Esta corriente está conformada por escritores que conocen muy poco el Perú, tienen una posición ideológica definitivamente de derecha y gozan del favor de los medios de comunicación y del éxito editorial. Una característica adicional es que tratan un tema común, caro para los peruanos, que presentan con irreverencia y profundo desconocimiento: el de la violencia política.

Tenemos La hora azul, de Alonso Cueto, así como Abril rojo, de Santiago Roncagliolo. Sus antecedentes descansan en una tradición colonial en cuyos textos destilan un racismo inmejorable, odio hacia el mundo andino y espíritu de casta que no ocultan ni quieren ocultar. Tal vez la novela más destacada e iniciadora de esta nueva corriente sea la de Mario Vargas, Lituma en los Andes, inspiradora sin duda de la película Madeinusa. No dudo que esta corriente será alimentada más adelante por nuevas novelas, y que existen muchos cuentos y relatos en esta tendencia que resultan largos de citar.

En primer lugar, tomando ya directamente la novela Abril rojo de Roncagliolo, ganadora del premio Alfaguara 2006 (así como Lituma en los Andes de Vargas ganó el Planeta en 1993, y La hora azul de Cueto ganó el Herralde en 2005), lo primero que sentimos es una jocosa situación debido a un abanico de confusiones sobre la realidad peruana, especialmente la andina, de la novela. Ya Dante Castro, en su artículo ‘¿Novela de la violencia o disparate absoluto?’, se solaza describiendo el conjunto de incoherencias que suma Abril rojo al referirse a objetos, sucesos y hechos históricos, como la confusión entre sinchis, guardia civil y militares, o cuando el novelista dice que un personaje «alzó la mirada» para ver un agujero (¿un agujero en el cielo?), y en fin, algunas ocurrencias de ese calibre.

También Mario Suárez se divierte de lo lindo en su nota ‘El extraño caso de las chanclas metálicas y las almendras andinas’ señalando las metidas de patas de Roncagliolo, como afirmar que un helicóptero «daba marcha atrás»... En fin, si bien este tipo de narrativa es divertida por su profunda ignorancia del mundo andino y de la realidad peruana (yo me divertía igual con Lituma en los Andes), lo cierto es que sus cánones ideológicos se mueven en aspectos muy específicos.

Frases peyorativas como «llorar en quechua» y «espumarajos quechua» abundan en el texto, mucho más cuando se describe a los personajes andinos. ¿Cómo es Chacaltana, el héroe de la novela? Para describirlo, hay que acudir a nuestro racismo inconsciente o al lugar común hacia el hombre de la sierra. Otro personaje andino, el médico legista, es «un hombre bajito y de lentes, mal afeitado y con el pelo grasiento». Mientras que los limeños que acuden a las fiestas son rubios, blancos, alegres, etc. Esta constatación no es solo una mirada del autor, es sobre todo parte de la columna vertebral que unifica a esta corriente narrativa.

En seguida tenemos el siguiente eslabón: la guerra interna, que costó la vida a cerca de 70 mil peruanos, es presentada como simple telón de fondo, como un accidente argumental y no como la matriz de todos los acontecimientos que sustentan la novela. La guerra es apenas un écran y su barbarie atribuida a los grupos levantados en armas, al «senderismo», o a un individuo militar, pero jamás a una política del Estado. Al referirse a las acciones del ‘Perro Cáceres’, el comandante dice: «Toda la fosa que ha visto usted la hizo él casi solito». El mismo comandante resulta ser el asesino en serie, por causas nobles, como matar a Cáceres por estar «despertando los fantasmas» del terrorismo. Además, una gran ingenuidad, o una tautología, hablar de una guerra en la que se cometen actos de «barbarie», como si existieran guerras limpias, bellas y «no bárbaras».

Sabemos que la verosimilitud es el refugio de los novelistas desde que se hundió el barco aristotélico de la mímesis, de la copia fiel de la naturaleza. Por ello la inverosimilitud de Abril rojo no descansa en el conjunto de incoherencias y disparates señalado anteriormente, sino en una incoherencia estructural cuyo final resulta injustificado. Tal como culmina la novela, podríamos igualmente atribuir las muertes acaecidas en esa trágica semana santa ayacuchana a cualquier personaje: la novela es anectodista, acumula muertes y no encadena escenas que sean necesarias para lograr un final coherente.

Las explicaciones finales solo alimentan las dudas y la falta de cohesión argumental. Por ejemplo, ¿por qué murió el cura Quiroz? El comandante dice al final que el cura Quiroz «tenía mucho que perder si Cáceres hablaba», pero nada más. Habrá que imaginarse un argumento adicional o pedir al autor que escriba una segunda parte o una apostilla.

A menudo he pensado si no se me había ido la lengua en Madrid, durante el encuentro de narradores peruanos, al afirmar que los escritores criollos escribían mala literatura. Pero ahora, gracias a esta nueva corriente narrativa (¿cómo llamarla? ¿La narrativa regia?), pienso que quedé corto y fui tímido para ampliar mis apreciaciones. Pero nunca es tarde para hacerlo.

sábado, enero 19, 2008

Jaime Vásquez Izquierdo, el adiós


En la foto: Jaime Vásquez Izquierdo.

Ayer me llamó Nancy Dantas desde Iquitos para contarme que Jaime Vásquez Izquierdo, mi amigo de tantos años, estaba muriéndose en el hospital. Y ahora me llamó Martín Reátegui para decirme que hoy a las 2 de la madrugada falleció Jaime Vasquez Izquierdo, solo, enfermo, después de varias semanas de no dormir y no comer.

Y pienso: cuántos días y noches de conversación animada, solos o con Manuel Mosquera, bajo las cálidas noches de Iquitos, entre las tormentas furiosas o el calor abrasador de las tardes. A veces tocaba el violín. A menudo hablaba del libro que acababa de escribir. Y es que Jaime Vásquez Izquierdo, a quien sin duda casi nadie conoce en el Perú, es uno de los más grandes novelistas peruanos.

Lo primero que leí de él fueron sus poemas, poesía vibrante y sufriente, hermosa y cruel como una vida desgarrada. En 1986 publicó Río Putumayo, extraordinaria novela loretana de amor, guerra y crítica social. Después vinieron los dos primeros tomos de su tetralogía Cordero de Dios, fabuloso intento de ficción novelística, donde fluye la vida de un Iquitos rural que se hace urbano a pasos apresurados. Y aquí Jaime Vásquez Izquierdo ya mostraba su judaísmo, religión materna que abrazaba con humildad y fervor. Después publicó Kontinente Negro, tortuosos relatos de una conciencia castigada por la angustia vital. Su última novela publicada (escritas tiene muchas más, ojala la familia las conserven) fue La guerra del sarjento Ballesteros, amargo testimonio contra el centralismo limeño y las inútiles guerras para defender el territorio, pues los políticos se encargaban de cedérselos a los países vecinos.

Jaime Vásquez Izquierdo no solo ficciona, crea historias subyugantes y experimenta con su propia biografía en cada narración. También reconstruye un lenguaje propio, basado en el fonético español sefardí, y amolda el castellano a una funcionalidad atractiva para su novela.

Pero Jaime Vásquez Izquierdo ya no está. Ha muerto hoy. Hablé con él hace unos meses. Lo llamé por teléfono, estaba mal, había intentado suicidarse y se estaba recuperando. Apenas nos sacudíamos de la ingrata noticia de la muerte del gran poeta Juan Ramírez Ruiz, y otro grande se nos muere. No importa que muy pocos lo conozcan o casi nadie haya leído sus libros. Ya lo conocerán. Ya lo leerán. Y las palabras suenan tan insignificantes cuando del gran amigo solo queda el recuerdo.

Juan Ramírez Ruiz, nuestro amigo


En la foto: Juan Ramírez Ruiz.

Hace muchos años, en Lima y en Chiclayo, conversaba con Juan Ramírez Ruiz sobre su poesía, sus teorías, sus experiencias marginales. Me decía siempre que la vida que llevaba era su opción, y bueno, solo me quedaba conversar, y más que conversar, preguntarle, averiguar, saber de su palabra creadora. A mí me interesaba su poesía, y a él, mi crítica. Yo le decía que, después de Vallejo, era él quien más se había atrevido a experimentar en poesía, y que esa genialidad de Las armas molidas, su escritura de frijoles, sus metáforas inéditas, su vasto conocimiento de nuestros héroes amazónicos, andinos y costeños, era no solo un logro superior en la poesía de nuestros días, sino todo un reto para la comprensión de nuestro ser peruano para cualquier lector atento.

Pero ahora Juan Ramírez Ruiz está muerto. Un bus lo atropelló en julio del año pasado y recién hemos podido enterarnos que descansa en tierra trujillana. Muchos amigos ahora hablan de él, lo recuerdan y cuentan sus historias con el gran poeta. Es hermoso saber de cuantos lo conocieron un minuto, meses, años, bebieron con él, compartieron algún libro, una palabra. Pero no es nada grato que algunos que lo conocieron poco o mucho se autonombren comisarios de su memoria, adviertan de "buitres" u "oportunistas" que hablan del poeta cuando antes callaban. No es grato que -odiosa mezquindad- quieran prohibir testimonios, cartas, poemas, homenajes de todo aquel que quiera hacerlo. Que lo recuerde quien quiera. Que cuenten sus anécdotas libremente todos. Que sepan que el poeta vive en la memoria del pueblo, y de cualquiera que ame la poesía. Ojo, comisarios, mezquinos: nadie es dueño de la memoria del gran poeta.

Ahora abro mis archivos y encuentro el esbozo de crónica que empecé hace muchos años, cuando tomaba apuntes y Juan Ramírez Ruiz hablaba, bebía, dejaba a medio hacer la entrevista, se reía:

Juan Ramírez Ruiz: La voz de la calle / Ricardo Vírhuez Villafane
Juan tiene 16 años y ya ha mirado los ojos de la muerte. Pero esta vez la siente distinta. Esta vez no es el recuerdo lejano de la partida final de su madre y su hermana cuando todavía era niño. Ahora parece más real. Ahora es joven. Entiende las cosas con mayor claridad y temor. Las manos de su padre enfermo son flácidas y muy delgadas, huesudas. Cuando Juan regresa a casa en la movilidad que lo lleva de Chiclayo a Ferreñafe, sólo tiene la cabeza para pensar en el padre que se murió en su delante, sin doctores ni enfermeras que lo ayudaran a cerrarle el paso a la muerte. Juan se baja a mitad de camino y empieza a caminar. Siente la levedad de la vida. El futuro no puede ser otra cosa que hoy mismo. De pronto, emergen las palabras, imágenes construidas con verbos vivos, palabras que lo poseen y lo arrebatan de este presente jodido y finito. Ese fue el parto; así le nació la conciencia de la frase, de la poesía.

Juan Ramírez Ruiz había nacido en Chiclayo en 1946, y desde la muerte de sus padres se trasladó a Lima. Ingresó a estudiar en la Villarreal, pero en realidad se la pasaba escribiendo poesía, leyendo a mil por hora y, como siempre, peleándose a todo pulmón con las palabras. La poesía de entonces no le satisfacía, principalmente porque los sonidos que oía en la calle y en el mercado, en las aulas y entre los amigos, parecían pertenecer a otro mundo, un mundo en el que la poesía no se había dignado ingresar completamente. Su cuarto era el de un poeta callejero: pequeño, desordenado, cálido y sencillo. Allí, en las aulas, en los cafetines del centro y en lo bares, escribió la poesía que lo había poseído. Conoció a los poetas que tenían cierta fama y a los que ya publicaban en plaquetas y revistas. Le presentaron también a los poetas sanmarquinos y a los poetas adultos y de trayectoria. Su lenguaje se hizo más intenso y sintió plenamente la libertad de la escritura.

Entonces, junto a Julio Polar, Mario Luna, José Carlos Rodríguez, Jorge Nájar y Jorge Pimentel, el 68, en la Villarreal, dieron vida al grupo Hora Zero, pensado para representar a la nueva poesía peruana, y sobre todo, a lo mejor de la poesía popular peruana. Juan escribió el manifiesto que sus compañeros firmaron. Juan siguió escribiendo todos los manifiestos, dando vida al proyecto de una poesía concreta que, entonces, tenía tanto de todo que a muchos les pareció poco serio…

martes, enero 15, 2008

Manuel Marticorena: VIENTO DEL OLVIDO


En la foto: Manuel Marticorena

Un poemario, Viento del olvido (Iquitos, 1998), y un autor, Manuel Marticorena Quintanilla (nacido en Arma-Huancavelica), abren de pronto las puertas de una sensibilidad distinta y novedosa para la poesía amazónica. En primer lugar, porque el referente de todo el poemario es andino, incrustado en el corazón de la selva amazónica. Lo cual es importante de señalar si consideramos que la mayoría de escritores locales ha intentado, desde la magia, el folclore ribereño o la imaginería indígena, expresar un sentimiento o una identificación amazónica. Que Manuel Marticorena insurja desde la óptica andina parece obedecer, más bien, a criterios no regionalistas sino literarios. No describe la selva húmeda. No intenta teorizar sobre los caracteres del hombre amazónico y su supuesta tipicidad. Y no habla, en fin, sobre esta región pródiga y calurosa donde radica. Pero su sentimiento sobre la selva está allí, late describiendo otros rincones, emerge tímidamente con otros rostros y otros nombres. Poesía de la memoria o canción de la nostalgia. Lo cierto es que Marticorena recorre con la mirada del recuerdo a los amigos, familiares y paisajes de Arma, su pueblo natal. El aire frío de los Andes se desprende de sus imágenes sencillas. Y el calor humano que lo envuelve todo. Y el sincero clamor de justicia. He allí los tópicos comunes de una primera lectura. Pero si recordamos Composición del tiempo de Armando Almeida, comentábamos que inauguraba para la poesía amazónica otra sensibilidad, otro aliento. Sus referentes ribereños y campesinos se acercan, ahora, al universo campesino de Marticorena, y confluyen en una misma voz, acaso en un mismo sentimiento. Viento del olvido permite la continuidad de esta experiencia, de la que no se hallan ausentes poetas como Carlos Fuller y Eleazar Huansi. Poesía popular, ciertamente. Pero bella poesía. Referirse a realidades andinas pero expresar un sentimiento amazónico puede parecer una afirmación incómoda. Sin embargo, más allá de los lugares comunes y las apuestas chovinistas, no lo es. Más aun si constatamos que las experiencias que interesan al poeta no son las urbanas ni turísticas, sino las marginales, las de los campesinos y ribereños, con quienes convivió muchos años antes de establecerse como catedrático en Iquitos. Manuel Marticorena ha sabido comparar, diferenciar y establecer semejanzas y afinidades. Poesía andina dentro de la selva, ¿por qué no? O acaso poesía amazónica de carácter andino. En todo caso, una poesía que conjuga los sentimientos más nobles de los hombres con la ternura cálida de la palabra creadora.

Magín Barcia: ORO VERDE


Oro verde (publicada en Iquitos en 1994) es una novela de Magín Barcia Boria que, siguiendo el ciclo de narraciones de aventuras abierto por Arturo Hernández con Sangama, nos sumerge en el mundo amazónico a través de sus temas más caros: narcotráfico, petróleo, extracción de oro, vida indígena y múltiples escenas amorosas. Una novela que atrapa al lector de principio a fin, y rescata un elemento importante para la novelística: la fabulación perturbadora, la aventura, la ficción gozosa y emocionante. Su protagonista es un descendiente de cauchero cuya profesión de ingeniero no ha anulado su estirpe aventurera. A través de sus encuentros amorosos y justicieros, el protagonista nos devela un mundo de insospechadas contradicciones, la realidad loretana con sus vicios y defectos, sus fiestas y anhelos, sin abandonar el intenso cariño por la tierra amazónica. El lenguaje narrativo es funcional y sin ambiciones, pero se presta perfectamente para el género aventurero. Y la narración, realizada en tercera persona, huye de una exploración psicológica de los personajes y abunda, más bien, en tópicos fácilmente reconocibles del cine de Hollywood. Pero la novela, ante todo, entretiene. Y sus novedosos paisajes para nuestra literatura son impresionantes. Por eso creemos que la obra de Magín Barcia merece más que la atención debida a su esfuerzo de hacer literatura. Y que, ojalá, continúe con su imaginación desaforada.

Igor Calvo: NO A LA POSADA LLEVA ESTE CAMINO

Poesía escrita con la sinceridad de la pasión. Igor Calvo, con su libro No a la posada lleva este camino (publicada en Pucallpa en 1969) estalla de luz en el pantano. Habitante de su tiempo, moderniza su estilo con metáforas precisas y ritmo abierto. Su lenguaje fue, hasta cierto punto, novedoso para las letras amazónicas; posee, además, seguridad estilística y una búsqueda dramática de sentido universal. Por ello es libre y ardoroso: "¡Oh, mano que recuerda, guante/ que diriges mi vida, amordaza este amargo/ silencio, y que los cauces secos/ no sean más/ camino, agua presente, fuego!". La duda lo acompaña para afirmarse en la crítica. Cuidadoso y oblícuo en su mirada pesimista, eleva su decisión en los tres últimos poemas. Hay una ternura que no alcanza las orillas de Pedro del Castillo, y una ironía narrativa por encima de todo accidente. Ante todo artista, Igor Calvo no baja la guardia hacia una poesía social o más humana, pero dedica su libro "al heroico pueblo de Vietnam y a Javier Heraud". Un tanto lejanos resuenan los ecos de la poesía de los sesenta, pero no así su limpidez formal, que para el entorno amazónico destaca con luz propia.

Pedro del Castillo: NOCHE DE GUARDIA


En la foto: viajeros loretanos en hamacas.

Los 18 poemas que integran el libro Noche de guardia (publicado e Iquitos en 1970) son suficientes para ubicar a Pedro del Castillo (Yurimaguas, 1930) dentro de una tendencia ajena a la literatura amazónica: la de la ternura. Poesía limpia de retórica adjetiva, sus imágenes emergen de los utencilios médicos y del dolor de los enfermos. Pero su sensibilidad no parte de un complejo de culpa médico que pudiera explicar esta emoción, sino de un corpus social bastante amplio: "la miseria tiene nombre/ y apellido/ en la barriada", y "un buen día/ estallará/ sin dejar el menor/ rastro/ del polvo sobre el polvo". Su poema Diagnóstico del desamparo es un dramático testimonio de comprensión y solidaridad con el dolor humano. No todo es, tampoco, soledad abrumadora del sufrimiento individual. El poeta médico comprende y comparte las vicisitudes de su propia actividad: "¡Cómo me gusta/ el aire/ mezcla de pus y cloroformo!". Y más adelante: "Aquí me complemento/ en cada antípoda./ Aquí siento la vida/ tal como es./ ¡Aquí me siento ser!". Cada día es un duelo contra la muerte. El dolor constante encallece el alma, pero la poesía la redime. Al final, no hay salvación para nadie. A diferencia de César Vallejo, el dolor no es parte de la alegría, sino el antecedente del fin. Del Castillo deja de lado entonces toda ternura, y el conocimiento del dolor humano, en lugar de iluminarlo, lo derrota. El poema Suicidio resume su última visión del mundo: "Y muy tarde será cuando comprenda/ que su hora final está llegando/ que el hombre/ incomprensiblemente/ está matando al hombre". El drama social se vuelve personal. La suerte está echada y han sido cerradas puertas y ventanas. Es el destino.

Germán Lequerica: LA BUSQUEDA DEL ALBA


En la foto: Germán Lequerica

"En la búsqueda del alba/ el hombre tiene inevitablemente cien pies/ cien manos/ y una estrella prendida en la memoria". Con estas palabras Germán Lequerica (Iquitos, 1932) comienza su poemario La búsqueda del alba y da inicio a la moderna poesía amazónica. Atrás quedaron los versos románticos, modernistas y folclóricos de sus predecesores. Lequerica abre fuego limpiamente: lenguaje sencillo, estilo libre y perspectiva popular. Abrasado por la pasión política, supera ampliamente la belleza y concisión de Selva lírica (1952), su anterior libro, texto triple donde se reúnen también Hidalgo Morey y Daniel Linares. Entre la polémica que en Lima enfrentaba a poetas puros y poetas sociales, Lequerica ensaya el compromiso sostenido por la pureza. De ahí que su simbología transparente y musical exija una sensibilidad mayor y una inteligencia despierta, al mismo tiempo que registra sus límites en el hedonismo que fecunda la palabra pero no la subvierte. La opción política de La búsqueda del alba es evidente y comprensible. Su sencilla lucidez es sorpresiva: "La protesta del hombre/ cuando surge/ tiene garras de cóndor y fusiles". La revolución vendrá del campo. Sin embargo, no hay deslinde referencial entre la mera protesta y la acción revolucionaria. La salida es sentimental: protesta lírica y subjetiva, no se alzará sobre su sensibilidad intelectual conformista. La mayoría de poemas denuncia el oportunismo y los errores de los revolucionarios, y ensaya con límpidas metáforas una poética de la política. La búsqueda del alba no decae, pero sí los hombres. La estrella prendida en la memoria implica voluntad y necesidad: la praxis poética confluye entonces con la historia, y la propia poesía emerge bella y necesaria.

Rómulo Paredes: CANTO A SAMAREM


Cuando en 1918 Rómulo Paredes (Chiclayo 1877-1961) publicó el poema A Samarem, la conmoción entre los lectores fue tan grande que, aparte del escándalo, estalló un poceso judicial en su contra. El poema no posee el lenguaje fino ni el estilo esforzadamente elegante del modernismo, sino la fuerza y el idealismo de una presencia romántica. En él Rómulo Paredes denuncia el genocidio cauchero contra campesinos e indígenas. Y algo curioso: llama "tribu hipócrita y de idiotas/ sin moral y sin conciencia, imitando solamente/ de los pueblos superiores, las maldades y las ropas" a los grupos de poder (comerciantes, clérigos y militares) que gobernaban Iquitos. También difería el trato a los indígenas: entonces tratados poco menos que como animales, esta vez son compatriotas, heroicos y honestos. El aspecto anecdótico sólo refuerza el compromiso político de Paredes. Sobrepasando las ilusiones de la Sociedad Indigenista gestada en Lima, y adelantándose a Mariátegui, corta de tajo los afanes del poder criollo y fuertemente feudal para proclamar que sólo un gobierno de los indígenas (o desde ellos) podrá construir un país grande. Su distinción no es, sin embargo, racial o étnica, sino clasista: el indígena en tanto parte mayoritaria de los trabajadores. Rómulo Paredes fue perseguido y amenazado de muerte, y tuvo que huir de Loreto. Era juez, y como tal denunció el genocidio (30 mil muertos en menos de 20 años) del cauchero Julio C. Arana. Por su parte, como tantos héroes y rebeldes indígenas, Samarem lo fue de los huambisas. Su lucha contra los caucheros y los curas fue heroica, y el poema escrito en su memoria tiene múltiples sentidos: ensayo de un estilo romántico y rebelde, testimonio de una época de terror semifeudal y heroismo campesino (entre nativos y mestizos ribereños), necesidad del poder para un pueblo agraviado, precursor del indigenismo amazónico que no tuvo seguidores en Loreto, y mucha valentía para escribir las cosas claras, entre otros. El poema A Samarem es un canto fraternal y único. Por su espíritu honesto y decidido, rebasa las intenciones provincianas y mesocráticas de casi toda la poesía amazónica posterior. Ni Lequerica ni Almeida, los más claros poetas amazónicos, se atrevieron a tanto. Pablo Macera lo hizo en una de sus tantas y contradictorias declaraciones al decir que en el Perú el poder debían tenerlo los indios. Pero Rómulo Paredes no aportó una nueva sensibilidad ni experimentó una nueva estética. Su visión intelectual superó a su intuición artística. Para la amazonía, sin embargo, fue fundador de la poesía social e iniciador de una propuesta cuya osadía sigue siendo una incitación y un reto.

OPINIONES SOBRE TEATRO


Ricardo Virhuez Villafane: Opiniones sobre teatro

Encuesta realizada por Alfonso Balbuena Lurin

¿Es necesario que las Escuelas de Teatro implementen las Especialidades de Dirección Teatral y de Dramaturgia?

-Sí, porque es necesario que la dramaturgia peruana se fortalezca con nuevos creadores, pues uno aprende Dirección en la práctica o mediante talleres dirigidos por otros directores, y la dramaturgia definitivamente por las lecturas y la confrontación con las necesidades del momento. Lo ideal, para estimular la creación y rigurosidad en directores y dramaturgos, es darles una formación más sólida que sin duda beneficiará al teatro nacional, tanto en sus prácticas tradicionales como experimentales.

¿Se considera una director...?

-Autodidacta con formación.

¿En cuál o cuáles de las siguientes propuestas se adscribe....?

-Creo que dentro de mi experiencia teatral se han producido encuentros de diversas tendencias. Por ejemplo, he realizado montajes dentro de lo que podría considerarse el teatro del cuerpo, creación colectiva, teatro experimental, de temática social, urbano, universitario, de grupo, de calle, de sala, que me dieron un margen de experimentalismo fascinante. Y he realizado montajes dentro del teatro de autor y de sala, por supuesto. Por todo lo anterior, diría que he aspirado a un teatro integral, buscando un lenguaje funcional y mixto que mejorara, de manera novedosa, la relación entre público y actor. Nunca sabré si lo logramos, pero en todo caso fue la práctica del grupo Tumueca.

¿Considera que es necesario que en el Perú exista una corriente de Teatro Experimental?

-SI, porque los experimentos teatrales han sido asumidos como algo natural por los teatros de grupo, y no por el teatro de sala, a tal punto que se identifica al teatro de grupo con el teatro experimental. Sería bueno una enseñanza incluso de Teatro Experimental para conocer las diversas variantes teatrales realizadas en todo el mundo, y que este tipo de teatro no se dé sólo de manera empírica sino que tenga sólidos basamentos históricos y académicos. El teatro experimental puede darse dentro del teatro de sala, lo que aún no ha sido asumido a plenitud por prejuicios poco profesionales que estancan cualquier desarrollo teatral fértil. Creo que el carácter experimental del teatro es una necesidad del mismo, que tiene alturas y descensos en determinadas épocas, por lo que jamás puede ser producto de una imposición o de modas.

¿Cree Ud. que la "Creación Colectiva" como propuesta metodológica para la elaboración de espectáculos teatrales está condenada a desaparecer...?

-Todo lo contrario, la Creación Colectiva en el Perú ha demostrado que ante la ausencia de una dramaturgia literaria lo suficientemente amplia y conocida es el mejor vehículo para realizar montajes teatrales, sobre todo en las regiones e instituciones donde es difícil una dedicación exclusiva a esta actividad, y resulta también ideal para agrupaciones de teatro en los cuales prima la creatividad escénica de los participantes. Hay tipos de teatro como el campesino, el urbano, el de calle, el teatro espontáneo, etc, en los cuales la creación colectiva es imprescindible, y ni hablar del teatro en sindicatos y grupos de coyuntura social o política, donde el mensaje es tan importante que requiere una creación especial, es decir colectiva, acorde con los intereses de la comunidad. En fin, los usos del teatro colectivo son amplios y es imposible soñar siquiera con su desaparición. La situación del teatro en provincias actualmente, por ejemplo, revela la preeminencia del teatro colectivo sobre cualquier otro tipo de teatro, y frente al descenso de actividad del teatro de grupo en Lima surge como aparentemente dominante el teatro de sala y de autor, que da la sensación de que el teatro de creación colectiva desapareciera. Sin duda, tiene altibajos, pero dudo mucho que desaparezca por ahora.

¿El llamado "Teatro del Cuerpo" se contrapone antagónicamente al "Teatro de Texto"?

-No, y creo que los espectáculos de Cuatrotablas o Barricada son la mejor prueba de ello. Es más, el llamado teatro del cuerpo asume la voz, la palabra, el texto, con mayor preocupación por su sonido y musicalidad de lo que lo hace otro tipo de teatro. Lo que ocurre es que el teatro de texto sólo asume el discurso, y no precisamente la palabra, como elemento valioso de la representación. En todo caso, es bueno aclarar que también existe un teatro del cuerpo totalmente ajeno al texto, que privilegia otras “texturas” o tejidos de comunicación. Es un teatro experimental muy radical, y muy interesante.

¿Según su parecer, ¿cuál es o cuáles son los principales problemas del Teatro Peruano?

-Me parece que todas las opciones señaladas participan del problema. Lo que ocurre es que resulta notorio el desinterés del Estado por desarrollar el teatro en las diversas instancias de la educación (y no sólo el teatro, todas las artes en general), y son los individuos los que han asumido su práctica que muestra muchos altibajos y muchos problemas. Lo ideal sería la promoción estatal, es cierto, que compita en calidad con las compañías privadas. Los municipios también serían una buena opción. Pero creer en el teatro de tipo privado solamente nos llevaría a una visión elitizada del teatro, tal como en muchos aspectos sucede ahora (salvo pocos espectadores de la clase media, nadie más visita los espectáculos de sala). Este problema requiere consensos para sus primeros pasos. Una vez con el impulso de la promoción, cada agrupación debería desarrollar el teatro según sus propias ideas, con entera libertad, y ya no habría justificación para espectáculos pobres en su realización.

¿Qué opina del Teatro Peruano en general y de la Dirección Artística en particular?

-Creo que pese al evidente bajón de la producción teatral a nivel nacional, va por buen camino. Una puesta en escena como Hamlet, pese a la importancia cultural de montar a Shakespeare, no tiene ninguna importancia a nivel nacional si muy pocos la ven. Los esfuerzos de montajes importantes deberían ir a la par con los esfuerzos por promocionarlos en diversos puntos del país. En cuanto a dirección, siempre he opinado que en el Perú existen muy buenos directores, sobre todo en provincias. Lo malo es que no todos obtienen el mismo reconocimiento ni la misma promoción. Y muchos directores de teatro muy conocidos y muy promocionados incluso en el cine y la televisión, tienen, en cambio, espectáculos lamentables. De todos modos, el descenso de la producción teatral en el Perú tiene que ver con el descenso de la actividad de los grupos de teatro de creación colectiva. Hay eventos que promocionan a jóvenes directores, es cierto, pero sigo pensando que un teatro con poco público es un esfuerzo con poca recompensa. Si el público no va al teatro, hay que llevar el teatro al público. Esa sigue siendo una verdad ineludible para nuestro país.

Lima, mayo del 2001

"EL PERIODISTA": Una novela amazónica


En la literatura amazónica son escasas las novelas que tratan sobre los periodistas y la estructura social y política de Loreto. Entre ellas podemos citar a “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa, que de manera tangencial refleja la corrupción que se presenta en los medios periodísticos. Pero es Ricardo Vírhuez, con la novela “El periodista” (Lima, Arteidea, 1996), quien desnuda el oscuro mundo que rodea a los presuntos “comunicadores sociales” y al discutido regionalismo loretano. Premunido de una prosa poética, logra el narrador no sólo un alegato social apasionado, sino también una hermosa novela, calificada por el poeta Julio Nelson como “una novela perfecta” y saludada favorablemente por la crítica nacional, lo que nos hace avizorar una novelística nueva en la amazonía peruana. (Manuel Mosquera Mugarra).

Una entrevista con Ricardo Vírhuez.
Por: Carlos Fuller


¿Por qué el periodismo como tema?

-Es algo que me atrae desde niño. Es decir, el asunto de la libertad de expresión. Cuando leía las biografías de los grandes literatos y filósofos de siglos pasados y era 'testigo' de la quema de sus libros y las persecuciones que se les hacía por opinar contra el poder, sentía que eran tiempos heroicos y pasados que nosotros nunca viviríamos. Pero la realidad me mostró lo contrario. No sólo por la quema de libros como “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa, sino porque un centenar de ejemplares de mi primer libro publicado en 1992, “Las hogueras del hombre”, fue decomisado por la policía en Huancayo y no se me permitió su presentación en el Instituto Nacional de Cultura ni en la universidad. ¿Podía hablarse de libertad de expresión? Ese tema me sigue apasionando.

Pero tú te refieres principalmente al periodismo loretano.

–Sí, y es una pena lo que ocurre en la realidad. Lo que pasa en la novela es una síntesis de una serie de conductas que todos conocemos y que son presentadas no para hacer una crítica estéril, sino para ahondar en el problema, sentirlo cerca y presentar una conducta nueva que movilice las conciencias honestas. No olvidemos que el personaje narrador, en uno de sus arranques reflexivos, clama por una generación crítica para Iquitos.

Algunos opinan que escribiste con cierta rabia.

–Pues no es así. Escribir es un placer indescriptible, que se goza con conciencia intuitiva y amor por la palabra. Escribí enamorado del lenguaje, de mis personajes y sus problemas. Lo que les pasaba a ellos me pasaba a mí mientras escribía. Se escribe con el alma, con el corazón, con todo el cuerpo. Lo que pasa es que algunos lectores han 'descubierto' que uno de mis personajes se parece mucho a una persona real no precisamente grata. Qué se va a hacer. Cada uno tiene el derecho de interpretar la novela a su gusto.

Cuando aparece Juliana, el narrador se transforma en poeta.

–Ah, Juliana... Juliana es una mujer bella y también es una trampa. Habrás observado que hay básicamente dos lenguajes: el referido al crimen, que es realista y por momentos reflexivo y crudo, y el que se refiere a Juliana, que es poético. Bien, la novela la he trabajado en base a contradicciones. He allí el secreto de todo. Un lector atento no debe quedarse únicamente en la afirmación literal, sino que hay que prestarle atención a la ironía. La ironía eleva a símbolos a muchos de los personajes y sus acciones, y también los desacraliza, los hace menos solemnes y uno hasta se burla de ellos. Juliana no es sólo una mujer. Es también un fin, una meta, un sueño. Por eso el narrador nunca se la lleva a la cama.

Esta no es tu primera novela.

–Es la sétima y la última que escribí. Y esto también es irónico, porque las novelas que más trabajo me costaron fueron las primeras, cuando uno tiembla de terror ante la página en blanco y se sabe inexperto. Luego te vas soltando y la cosa sale con menos traumas y más naturalidad. No quiero decir con esto que escribir es fácil, sino que uno se siente más a gusto, más en confianza con la palabra, que ya es nuestra amiga, nuestra mujer, todo.

¿Alguna autocrítica sobre tu novela?

–Mmm... Creo que el estilo reflexivo que aparece en varios momentos de la novela detiene la acción, y crea la errónea imagen de personajes demasiado lúcidos, una apariencia de didactismo que nunca fue intencional.

Y para terminar, ¿qué otros planes literarios?

–De escritura, muchos planes. De publicación, no sé. Eso depende de los editores.

(Publicado en Iquitos, 1996).

María Teresa Zúñiga: CORAZON DE MUJER


Hace muchos años que no la veía. Entonces, cuando había puesto en escena su obra Corazón de fuego, muchos supimos que nos encontrábamos ante una impresionante dramaturga. La carga poética de sus diálogos, el dramatismo y la repentina ironía de sus personajes, y la versatilidad y dinamismo de sus juegos de tiempo y lugar, así nos lo auguraba.

Pasó el tiempo y las distancias hicieron su abalorio de olvidos y recuerdos. Pero María Teresa Zúñiga, quien había estudiado sociología en la Universidad del Centro para dedicarse al teatro con la entrega de los creadores apasionados, convirtió a la palabra en la llave maestra del teatro. Eran fines de los ochenta y comienzos del noventa. Pero igual, el teatro peruano seguía padeciendo, como ahora, la ausencia de dramaturgos capaces de enfrentarse a la realidad para comprenderla, seducirla o subvertirla. Por eso María Teresa Zúñiga, junto a su compañero Jorge Miranda Silva, hicieron del grupo Expresión su casa de arte y su propio laboratorio.

Aquella vez habíamos viajado en tren a Huancayo con Julio Villanueva. Al llegar, entramos en un restaurante y pedimos truchas. En medio del gozo, una súbita explosión, y enseguida otras más, nos sumergieron en la noche repentina. Eran los tiempos de la guerra y varias comisarías habían sido dinamitadas. Pero igual: en el arte, como en la vida, seguía la función. Una muestra de teatro nos animó a ver las obras huancaínas y huanuqueñas que entonces se representaban, y ahí estaba María Teresa, vestida para mostrar sus palabras y sus otras vidas. Corazón de fuego destacaba el remolino del pueblo huanca, sus contradicciones y su dignidad pese a los vaivenes del tiempo. Era hermoso oír las palabras en escena, sentir las metáforas cargadas de esperanza, tocar esas imágenes que palpaban con ternura la rebeldía de los humildes. Por la noche, pasamos a su casa. Rocío Marínovich y Julio Villanueva la oían contar sus experiencias y sus desafíos. Sí, nos dijo, había decidido con Jorge Miranda llevar adelante el teatro, que ellos mismos actuarían y hasta su hijo pequeño también actuaría. Era la decisión de su vida.

Casi diez años después volvemos a Huancayo. Con Jorge Luis Roncal la visitamos en el colegio Andino, donde trabaja. Manuel Baquerizo, crítico literario e inquieto promotor cultural, nos había hablado de su jodida enfermedad, de su trabajo doloroso, de sus creaciones desesperadas contra el tiempo. Sí, los médicos ya la habían desahuciado, porque el cáncer al hueso y sus secuelas son mortales.

Ella nos recibe con una sonrisa a flor de labios. Su mirada brilla. Es joven y el calor serrano enrojece sus mejillas. ¿Te acuerdas de mí?, le digo. Pero claro, ríe. Nos abrazamos, y enseguida pasamos a conversar y recordar las amistades, el teatro, la vida incontenible que nos desborda.

–Pero Corazón de fuego no siempre fue comprendida –cuenta María Teresa–. Los teatristas me decían que era una obra para intelectuales, y que no la entendían. Pero fíjate que la pusimos en escena en las comunidades y los distritos pequeñitos, y la gente del pueblo sí gozaba con la obra. Además, fue la más pedida. La pusimos 333 veces, un récord que ya muchas obras quisieran tener.

Casi no hay pausa, porque ella habla con entusiasmo y energía. La envidia también la había golpeado, como a todos. Y la rara amistad de los amigos, también.

–Yo no entiendo el celo de algunos artistas. Muchos hablaban pestes de mí. Y cuando me cayó la enfermedad, nadie me vino a ver, a preguntar por mí. Feliciano Mejía, cuando me vio triste y decaída, me dijo: si quieres morir, muérete. Claro, yo entendí su mensaje de resistir, de seguir adelante, pese a todo. Muy pocos amigos se acordaron de que yo existía. Cuando estuve en cama, sólo mi compañero Jorge me dio ánimos para aguantar. Si hasta llegué a escribir Mades-Medus para que mi esposo y mi hijo lo representaran, como un testamento. Por suerte, la medicina herbolaria me salvó. Ahora estoy mejor. Y sigo escribiendo.

En Expresión también actúa Jorge Miranda Zúñiga, hijo mayor de la pareja. Y María Teresa recuerda cuando, siendo niña, fue a ver teatro de la mano de su abuelita. Y sin querer, sin saber y como jugando, admirada de la magia de las luces y las tablas y del público embelesado, sentenció:

–Abuelita, yo me voy a casar con él –y señaló al actor, a Jorge Miranda, a quien el destino o la vida o el azar o la suerte convirtió realmente en su pareja de toda la vida.

Sus obras las ponen en escena los grupos de teatro de diversas escuelas y colegios del centro. Todas –más de 30– han sido representadas, aunque muy pocas han sido publicadas. Manuel Baquerizo le aconseja cuidar los derechos de autor, y ella piensa modestamente que por lo menos se están difundiendo. Por ejemplo, una vez fue a Arequipa y allí representaban una de sus piezas, con entradas y público numeroso. Pero no recibió ninguna retribución. Y en una revista limeña le prometieron pagarle por la publicación de una de sus obras. Pero fue igual. No le pagaron y sólo recibió un ejemplar de la revista.

Con el cáncer pisándole los talones, Chicho Durand la llamó para filmar Madre coraje, en la cual representó al personaje Paulina, la enemiga. El camarógrafo cubano se había encariñado con ella y le ofreció trabajo en Los Angeles. Pero no pudo. O no quiso. Prefirió quedarse en Huancayo a enfrentar la enfermedad y seguir escribiendo piezas para teatro. Ganó premios y recibió homenajes de universidades e instituciones públicas y privadas. Viajó a Venezuela, Bolivia, Dinamarca. Sus obras eran admiradas y queridas.

–Pero yo me he quedado en Huancayo por razones vitales. Yo he decidido hacer teatro acá para demostrar que no sólo en Lima se produce buen arte, sino también en provincias, y de muy buena calidad.

De pronto, la buscan, y ella sale con una disculpa en los labios. He tomado algunas fotos, pero no he sacado la grabadora para justificar la desconfianza a la memoria. ¿Grabo?, le pregunto a Jorge Roncal, y él dice mejor no, para no formar barreras, porque María Teresa está soltando espontáneamente las imágenes de su memoria viva.

–Hay artistas que están como viejos –continúa ella–, se sienten cansados, aburridos. Algunos amigos ya no saben qué hacer con sus ideales políticos. No sólo hay traidores a las ideas. También hay traidores a sí mismos.

Aprovechamos el tema y le preguntamos cómo ha asumido ella su propio compromiso político. Se la ve firme, segura, rara síntesis de convicción y creatividad.

–Yo he sido militante, tengo ideas y compromisos con mi pueblo. Si muchos han traicionado, es problema de ellos. No han sido coherentes ni han tenido principios. Yo sí tengo principios. Y si no se pudiera hablar de las mismas ideas de Marx, sí se puede discutir sobre las condiciones que hicieron surgir un Marx. Muchos creían que yo hacía teatro subversivo, y hasta hablaban de mí como si fuera una subversiva. Yo tenía que plantear la distancia, y demostrar que mi obra era crítica, pero creativa. Planteaba el problema, y dejaba que el problema estallara en la conciencia de los espectadores. No había final feliz. Por eso una vez Salazar del Alcázar me dijo: "Me cagaste, María Teresa, me cagaste". ¿Por qué? Simplemente, porque él planteaba que el teatro popular y de provincia era puro panfleto. Y no, pues.

Su sinceridad nos desarma. Varias obras suyas serán publicadas por una fundación alemana en apoyo de la infancia. Y es que María Teresa ha concentrado toda su atención en los niños. Para ellos hace teatro, ensaya con ellos y ellos han montado, en Huancayo y sus alrededores, media docena de sus piezas teatrales. No serán muchos pero serán suficientes aquellos que se dediquen más adelante al teatro. Por eso María Teresa sigue adelante. Su mirada de tan tierna parece quebrarse con la emoción de la memoria.

Mades-Medus fue premiada en el Festival Nacional de Teatro organizado por el Instituto Cultural Peruano Norteamericano en 1999, donde se estrenó en octubre de ese año, y en Huancayo este año. En dicha obra dos personajes, Mades y Medus, un adulto y un joven, se preparan para recibir al público. Mientras tanto, se sumergen en un diálogo que es un torbellino existencial sobre la condición humana. "¿Sabías que cuando un hombre sufre confunde el bien y el mal?", pregunta Mades. Las frases son agudas y al mismo tiempo irónicas. Una atmósfera lúdica hace decir a Medus: "Y usted sufre de algún desperfecto?". Y Mades responde: "Aparte de hambre, sólo de estreñimiento". Hay una visión pesimista que orilla la soledad y una sensación de acabamiento. No existe una lógica racional en los diálogos porque la misma sociedad ha renunciado a ser racional. Y esa sensación de encontrarnos en un mundo distinto, mientras esperamos a los otros, al público, que nunca llegan, no opaca la esperanza más íntima: "Si yo muero, los sueños seguirán; los sueños nunca fueron propiedad de uno solo; los sueños son colectivos", dice Medus, el joven, quien finalmente muere entre el silencio y el asombro de su compañero. "Tú naciste en una barca de papel con prematuras arrugas", le dice Mades. Y finaliza: "Nunca fuimos los protagonistas de ninguna historia, nuestro arte y nuestras vidas son para aquellos que aún no han llegado, aquellos que recién van a nacer en sus multicolores barcas, aquellos que nacerán en forma premeditada, aquellos que recogerán nuestras córneas y engrosarán nuestras delgadas almas".

Si consideramos que esta obra fue una especie de testamento adelantado de María Teresa, percibimos en ella un sentimiento de incomprensión y soledad que, sin embargo, encuentra su cauce en la esperanza de los otros, del colectivo que abre los ojos a la solidaridad y la ternura. Mades-Medus es un canto a la esperanza, pero también el registro del dolor y de una lucha interna que todavía nos quema con sus palabras quebradas y su lógica apremiante. Pero María Teresa se encuentra nuevamente sobre la arena, de pie y con el corazón en las manos, sumergida o elevada sobre esa extraordinaria pasión llamada teatro, y llamada también literatura.

SIMPLICIUS SIMPLICISSIMUS: Genio barroco


Hace más de tres siglos (en 1668) el hijo de un panadero, de nombre Hans Jacob Christoffel von Grimmelshausen, publicaba en Alemania la novela más importante del barroco alemán del siglo XVII: “El Aventurero Simplicissimus: la narración de la vida de un curioso vagabundo apodado Melchior Sternfels von Fuchshaim, de dónde y de qué manera vino a este mundo, de lo que aquí vio, aprendió, vivió y sufrió, y también de cómo voluntariamente renunció a él. Sobremanera divertido y muy provechoso de leer”.

¿Qué de extraordinario tiene esta novela, que al ser publicada su éxito fue inmediato y fulminante y reeditada cientos de veces, y provocó el fervor de amplios sectores populares, y luego, también, de artistas de la talla de Heine, los hermanos Grimm, Lessing, Leibnitz Goethe, Thomas Mann (inspirándose en ella mientras escribía “Doctor Faustus”), Brecht (quien basó su “Madre Coraje” en la original – Courasche” de Grimmelshausen), Enzenshberger, Guimaraes Rosa? Para los críticos no es fácil ubicarla. Se llama a Grimmelshausen el autor atípico del barroco alemán, porque su novela, al participar de los géneros picaresco, edificante, moralista, religioso, maravilloso, didáctico, etc., se adelanta a la polifonía vajtiniana y establece justamente esa atipicidad propia de las obras mayores de la literatura universal.

La vida de Grimmelshausen tiene lagunas y puntos interesantes. Nace en las cercanías de Francfort del Meno en 1622, dentro del protestantismo, y muere en 1676 como católico. Es necesario destacar la militancia religiosa porque ella, en el mundo feudal de entonces, fue la chispa ideológica (no política) de la famosa Guerra de los Treinta Años (1618-1648) entre católicos y protestantes.

Vive entre soldados y guarniciones, su ciudad es arrasada, es hecho prisionero, se hace soldado, se casa al término de la guerra y luego se hace funcionario. Crece en la guerra, se educa en la vida. Su única instrucción parece ser los estudios primarios, y en general resulta autodidacta. Su biografía es impropia de un escritor. Sin embargo, con tan poco tiempo, desbordante de trabajo, publica más de veinte libros en poco menos de diez años.

De todas sus obras sólo permanece una, con su vitalidad contagiante y su barroquismo popular: Simplicius Simplicissimus. En ella vibra la guerra europea, pero no tiene nada que ver con el heroísmo o la gloria. Al contrario: la guerra es vista en todos sus horrores, crímenes y atrocidades. “Las gloriosas hazañas de los héroes serían muy de alabar si no se hubieran conseguido con el hundimiento y daño de otros hombres”, apunta el autor.

El héroe de la novela, debido a su simplicidad y sencillez, es llamado Simplicius por un ermitaño que lo ha recogido luego del pillaje de los soldados. Aprende a leer y escribir, y, una vez muerto su protector, sirve a un gobernador que lo convierte en estúpido bufón. Luego huye y tras intensas vicisitudes en plena guerra se hace soldado, ladrón, salteador de caminos, como todos los soldados en general. Bajo el principio de que “la guerra se sostiene a sí misma”, los campesinos deben soportar todos los ultrajes y explotaciones. De ingenuo e infantil, Simplicius se transforma en el temible Cazador de Soest, entregado a todos los desenfreno y crímenes.

Su suerte sufre altibajos. Se casa, viaja a París y sostiene divertidos lances amorosos. Cae en desgracia, huye, se hace curandero, mosquetero, merodeador y finalmente, tras una peregrinación con un viejo amigo, se instala en la Selva Negra, donde conoce su noble cuna y se vuelve a casar. Viaja a Moscú y luego al fondo de los lagos, conversa con los seres submarinos y uno de ellos, adelantándose a un tópico marxista, le dice que “no tenían un rey para que les dictara justicia o para obligarles a que le sirvieran, sino para que les dirigiera en sus negocios y empresas”. Simplicius regresa a casa y se vuelve ermitaño.

Este argumento, tan apretado como arbitrario, retrata las andanzas de Simplicius Simplicissimus (que después descubre llamarse Melchior Sternsfels von Fuchshaim) y todas las peripecias de la guerra. No debemos olvidar que al final de esta Alemania había perdido la mitad de su población, zonas enteras fueron arrasadas y la economía del país quedó en ruinas. Las implicancias de la novela, y sus interpretaciones, son variadas y complejas.

Pero una de ellas sobresale nítidamente y sirve de talón de fondo para comprender a cabalidad la permanencia vital de la obra. Se trata de su punto de partida. Hay una canción en la novela que dice: “¡Oh, desdeñada clase campesina,/ eres tú lo mejor que hay en la tierra!/ No deja nunca el hombre de elogiarte/ en cuanto fija su atención en ti”.

En efecto, Grimmelshausen es un autor popular, crecido y formado en el pueblo y para el pueblo. Es enemigo de los intelectuales exóticos que imitan la moda y costumbres cortesanas. Sólo él, y pocos más, extraen sus personajes literarios del pueblo y no de la corte o la ciudad; ellos son más bien antihéroes que jamás asistieron a escuelas, universidades ni salones. También su lenguaje es popular, tan vivo y tan cercano que Hans Magnus Enzensberger opina que “no tiene precedentes en la tradición; está acuñado con frescura y ha conservado hasta hoy su brillo intacto… Si se le escucha, uno casi no puede creer que es de la misma edad que el palacio de Versalles…”

Grimmelshausen copiaba el lenguaje de la gente y sus formas estilísticas, y aplicaba numerosos dialectos alemanas que dominaba con soltura.

Este punto de partida es lo que también sienta las bases para las obras de Homero, Bocaccio, Rabelais, Shackespeare (que se debatía entre la literatura clásica, la popular y la moderna y entre un público reducido). Pese a su posición de escritor autodidacta, Grimmelshausen estructura su novela en base a los principios aristotélicos. Su parangón no puede ser otro que El Quijote…, con el que da inicio a la gran literatura de sus países de origen. El Simplicius Simplicissimus, en Alemania, supone el comienzo de la novela moderna, el auge del género picaresco alemán y el triunfo inobjetable del arte popular.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD: Historia y fervor de una novela


A comienzos de 1965 Gabriel García Márquez se encontraba de mal humor. Había declarado varias veces que no volvería a escribir y esa apatía, esa infertilidad y aburrimiento parecía aplastarlo sin concesiones. Pero él no había renunciado, en realidad, a la literatura. Había renunciado a sus creaciones anteriores (que la crítica encomiaba con regular insistencia) como una medida de corrección, o, para decirlo más claramente, como un necesario paso de renovación.

Sus obras anteriores (Ojos de perro azul, La hojarasca, El coronel no tiene quién le escriba, Los funerales de la mamá grande, La mala hora) lo convertían en un narrador importante dentro de la literatura colombiana, pero García Márquez estaba insatisfecho consigo mismo, con sus narraciones y con la crítica que obstinadamente lo torturaba con sus elogios. Estaba descontento con el aire testimonial u objetivista de su prosa. El estilo debía mucho a la tradición realista y esta situación concentraba casi todas las trazas de sus preocupaciones.

García Márquez veía y sentía el mundo en sus niveles más contradictorios. El realismo de los intelectuales reducía la realidad a instancias esquemáticas y la empobrecía. De lo que se tragaba, entonces, era de hallar una forma literaria capaz de expresar en sus olores, sus fantasías, su sensualidad y riquezas antagónicas los momentos más insospechados (y antojadizos, y arbitrarios) de la realidad. No sólo de describir simplemente la vida cotidiana y los sueños e imágenes que ella nos produce, sino también de dotarles (a las palabras, a las novelas) de esa capacidad mágica de comunicarnos el paisaje y la vida con la misma y asombrosa intensidad con que nos asalta de continuo.

Pero también se sentía atrapado por las tareas no exclusivamente literarias a las que debía entregarse para sobrevivir. Trabajaba de redactor en publicidad y guionista cinematográfico, y, naturalmente, rendía su prosa a las exigencias de la empresa. Pero un día se le resolvieron de golpe todos sus problemas (por lo menos en la cabeza). Estaba conduciendo su automóvil por una carretera mexicana y su imaginación dio en el blanco: tenía ante sí la novela entera, poblada de personajes y de anécdotas sobrenaturales.

Si Franz Kafka había descrito las situaciones más absurdas del hombre con toda naturalidad y detalle, él, García Márquez, narraría las maravillas del trópico con naturalidad barroca, sensual, cargada de una vitalidad contagiante y festiva.

En su casa tenía entonces un lugar al que llamaba “La cueva de la mafia”, que era una especie de casita interior con baño propio y hasta con jardín. Antes de encerrarse durante muchos días y noches para escribir su novela, llegó a un acuerdo con su esposa Mercedes: ella no lo interrumpiría para nada, ni siquiera por los asuntos más domésticos del hogar (como los pagos por agua, luz o comestibles). Entonces, se encerró a escribir.

Debió ser divertido para sus hijos verlo salir de su escondite, en las noches, agotado de las jornadas de trabajo frente a la máquina de escribir y enteramente intoxicado de cigarrillos. Y lo que debió durar seis meses, según los cálculos del autor, duró dieciocho meses de entrega plena y dedicación exclusiva a la novela. Cuenta Ernesto Schoó que tanto García Márquez como su esposa Mercedes se encontraron al final con sendos papeles entre sus manos: él, con “Cien años de soledad”, y ella, con facturas adeudadas por un valor de diez mil dólares.

Sin mayor entusiasmo, pero con la satisfacción de haber concluido la novela que lo perseguía desde la adolescencia, García Márquez dio a conocer fragmentos de “Cien años de soledad” que fueron publicados en diversas revistas, mientras que, al mismo tiempo, se disponía a trabajar durante años como un galeote para pagar la deuda contraída por su esposa.

“Cien años de soledad” se publica en junio de 1967 y su autor recibe, con sorpresa e incredulidad, el éxito inmediato que se produce entre el público y la crítica. Las ediciones se suceden con pasmosa rapidez y con ellas las traducciones. En sólo tres años y medio son vendidos cerca de medio millón de ejemplares, y la novela es traducida, a los pocos meses de publica, al inglés, francés, italiano, alemán, sueco, polaco, rumano, japonés, húngaro, etc. Y son reeditadas y traducidas, también, sus producciones anteriores.

García Márquez alcanza de pronto celebridad y dinero. “Cien años de soledad” es elogiada en múltiples y contradictorios sentidos, al mismo tiempo que se hace famosa la actitud anecdótica, plena de humor y de ingenio, de García Márquez frente a los periodistas. La crítica celebra aspectos fundadores en la novela, y se vuelve un lugar común referirse a lo real-maravilloso y a los mundos mágicos americanos. Se aplaude la sensualidad de su lenguaje, las abigarradas vicisitudes de los personajes y el rescate, con maestría literaria, de los universos fantásticos del trópico colombiano, sin exceptuar, por ello, la implícita denuncia que elabora el autor de las injusticias, corrupciones y crímenes de las autoridades contra el pueblo.

Mucho se ha discutido sobre lo real-maravilloso, y en la actualidad son evidentes los síntomas de agotamiento y hasta quizá de anacronismo. El argumento más serio contra tanta magia literaria, como tenencia ideológica y concepción del mundo, parece ser aquel que, reconociendo la existencia de las fantasías, mitos, ilusiones y maravillas, establece que éstos son momentos aislados y exiguos (fiestas religiosas, fechas cotumbristas) en la vida popular, porque el hombre se preocupa en realizar actividades tan realistas como comer, trabajar, procrear, sudar la gota gorda y resolver pequeños y diarios problemas en forma inmediata. Así planteada, esta situación resulta irreprochable. Pero García Márquez resuelve esta cuestión literaria e ideológicamente: une lo mágico a las dimensiones más cotidianas de la vida, y todos los acontecimientos irreales, fantásticos e instintivos aparentan el realismo más elaborado. El resultado es una novela deslumbrante, en la cual, pese a las interpretaciones racionales más ambiciosas, pese al intento crítico de ‘ordenar’ ese ‘desorden’, sobrevive la comunicación casi total, donde son asaltados, nuestros sentidos y el goce es entonces placenteramente carnal, vibrante y ‘real’, en la misma forma ‘real’ en que nuestros sentidos aceptan (como convención necesaria) toda la fantasía de las obras de Homero, Cervantes y Grimmelshausen.

A estas alturas, tras los muchos años que han transcurrido desde la primera edición de “Cien años de soledad”, nos preguntamos qué ha quedado de ese fervor por la magia increíble de la novela, si exceptuamos, como dijimos arriba, el goce sensual y la sorpresa barroca de su lectura.

Cualquier respuesta a esta interrogante (arbitraria, qué duda cabe) debe tener en cuenta dos aspectos imprescindibles: los cambios sociales que se han producido en Colombia y en el mundo entero (que acaso afectarían las visiones del mundo, las poéticas, los intereses antagónicos y la propia vida del autor), y los nuevos aportes de la novela contemporánea con sus aciertos, avances y definiciones, entre las que sobresalen, por ejemplo, “El gran sertón: veredas” de Joao Guimaraes Rosa (aún insuficientemente conocida y estudiada), “La guerra del fin del mundo” de Vargas Llosa, y “La violencia del tiempo” de Miguel Gutiérrez.

domingo, enero 13, 2008

Las hojas de Whitman


“No soy ciego para el mérito del maravilloso don de Hojas de hierba. Me parece el más extraordinario producto del ingenio y la sabiduría que haya dado hasta ahora Estados Unidos”, escribe Emerson en una carta a Whitman luego de que éste editara, por primera vez en 1855, a los 36 años, su grandioso poemario. Pero Hojas de hierba no tiene un solo nacimiento. Whitman la escribe y corrige y aumenta tanto que a los 73 años, en su lecho de muerte, revisa las pruebas de la última y octava edición que hace en vida.

Esta experiencia de escritura progresiva de un solo poemario no es única en Whitman. Las flores del mal es también el único libro de Baudelaire; y La realidad y el deseo lo es de Cernuda. Pero los logros son necesariamente dispares y distantes. En Whitman sobrevive el espíritu aventurero que hizo de Estados Unidos una nación compleja y arrogante, y es esta invariable contradicción lo que caracteriza al poeta. En él cantan muchos Whitman, muchos hombres que no tienen voz y se expresan a través de su potente verbo.

Resulta curioso que toda poesía innovadora sufra los desplantes de toda intelectualidad establecida. Whitman es acusado de todas las inmoralidades que pudieron imaginar sus censores. Sólo Emerson advierte el enorme salto de la poesía estadounidense, el increíble vuelo alcanzado por la literatura yanqui en esa segunda mitad del siglo pasado. Whitman no se amilana frente a las críticas. Sin falsas modestias es consciente de su genio y sigue adelante. Va de puerta en puerta vendiendo sus poemarios. Intenta empresas editoriales y periodísticas, pero fracasa.

Sus poemas son de aliento inmediato. Arde en él la vitalidad que no cuaja en formas estrechas. Por ello tiene problemas para hallar el lenguaje adecuado. Sus dudas no son en realidad por el verso en rima o el verso libre, sino por el que mejor refleje y exprese la vida misma, la cotidianidad, la charla común. Prueba de esta pugna visceral escribe: “A veces pienso que mis Hojas sólo constituyen un experimento lingüístico”. Es decir, un experimento por encontrar la expresión más humana y correcta.

Whitman no era, por suerte, un intelectual. Su vitalidad espontánea otorga a sus poemas intensidades épicas y líricas antes no logradas en la poesía estadounidense. Algunos críticos estiman que muchos de sus poemas corregidos o modificados (“pensados”) son inferiores a los originales. La intelectualización posterior de un poema menoscaba la personalidad del poeta vital.

Whitman les canta a todos y a todo. El mundo y sus criaturas animadas e inanimadas renacen en su palabra. El habla con y por cada una de las partes del universo. Su espíritu totalizante, oceánico, universal comparte el enfoque global de un César Vallejo o un Baudelaire. Nombra tantas cosas que le acusan de coleccionsita de lugares y nombres y nada en cambio de poesía. Whitman es inerme a la crítica miope y moralista. Canta al cuerpo y a todos sus placeres, al varón y a la mujer, a los cielos y a los infiernos. Y en ese afán abarcador, por supuesto, se contradice, porque su poesía no es simple enunciado lógico: “¿Qué me contradigo?/ Pues bien; me contradigo”. Por cantarle al sexo, según sus detractores, es inmoral; por cantarle al hombre, es homosexual; por cantarle al ocio y la vagancia, es un parásito, etc. Whitman los abarca a todos. Sin embargo, su vida no es tan inmensa y aventurera como su sensibilidad poética.

Emerson dice que “su lenguaje es una mezcla del Bhagavat-Geeta y el New York Herald”. Una mezcla de lenguaje literario y habla de la calle. En el ensayo Mirada retrospectiva a los caminos recorridos. Whitman nos cuenta de sus lecturas y paseos: “solía irme, a veces, toda una semana, al campo o a las costas de Long Island, donde, bajo las influencias del aire libre, leía de principio a fin el Antiguo y el Nuevo Testamento, y absorbía (probablemente con mayor provecho que en ninguna biblioteca o habitación cerrada: crea tanta diferencia dónde uno lee) a Shakespeare, Ossián, las mejores versiones que podía obtener de Homero, Esquilo, Sófocles, los viejos Nibelungos alemanes, los poemas antiguos hindúes y algunas obras maestras más, las de Dante entre ellas”. Los libros y la naturaleza, la cultura y la vida son los elementos que conforman su centro creativo.

Whitman no es un clásico, en el sentido funerario y mistificado que se le da a esta palabra. Whitman es contradictorio como la vida, y por ello permanece vivo en las conciencias que, como él, saben que la poesía es parte de lo mejor de nuestra vida. No la poesía cuadriculada, no la poesía formalizada en ritmos e imágenes edulcorados por la intelectualidad. Tampoco el ay enfermizo que se agota en subjetivismo y juegos verbales. En cambio, como Whitman, como Vallejo, la poesía enorme, tumultuosa, desgarrada y limpia de mercenarismo, la poesía de la calle, del pueblo heroico que canta a través de sus poetas y crea la palabra nueva, el sentimiento múltiple, el canto a sí mismo jubiloso de sus esperanzas.

“El anticristo” de Nietzsche y el fascismo inevitable


El Anticristo se encuentra dentro de la tercera y definitiva fase de la filosofía de Nietzsche, inaugurada por Así habló Zaratustra y concluida con Ecce homo. En esta etapa se afirma el estilo y el pensamiento de este vigoroso pensador alemán, y se perfilan con claridad constante sus temáticas pilares: la muerte de Dios, la voluntad del poder, el eterno retorno y el superhombre; y, dentro de éstas, un profundo desprecio y enfrentamiento con las masas, las multitudes, el pueblo numeroso, que revelan desde su propia formulación la síntesis del pensamiento burgués en una etapa superior del desarrollo social.

En El Anticristo Nietzsche expresa, esta vez, no sólo la muerte de dios, ya anteriormente desarrollada con vigor irrebatible, sino también el carácter alienante, negativo y corrupto del cristianismo a lo largo de su negra historia. Para él la idea cristiana de Dios es uno de los más corrompidos conceptos que se hayan inventado para definir la divinidad, y señala que “tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí! ¡En Dios, declarada la hostilidad a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vida! ¡Dios, fórmula de toda calumnia del ‘más acá’, de toda mentira del ‘más allá’! ¡En Dios, divinizada la nada, canonizada la voluntad de nada…!”.

Esta forma pertinaz y agresiva atraviesa toda la obra, donde el pensador del martillo que es Nietzsche no se detiene para nada ante los tópicos más caros del cristianismo. Su lenguaje es injurioso, violento, burlón y certero. Nada del cristianismo –de esa “moral de esclavos”– queda en pie. Incluso sus conceptos de mayor peso, como la propia idea de Dios, de Cristo y de la actitud correcta del creyente quedan derribados por la puntería imbatible del filósofo.

Lo que más reprocha Nietzsche al cristianismo es esa mansedumbre decadente que va contra el hombre, contra la vida. Afirma que la forma máxima de autoenvilecimiento del hombre es el concepto cristiano del pecado. El mismo cristianismo e, para él, la más grande de todas las corrupciones imaginables, porque envenena la vida mediante la idea del pecado. Compara al cristianismo como un estado de “parasitismo”, porque se alimenta de los momentos de indigencia del alma humana. Y añade: “Esta eterna acusación contra el cristianismo voy a escribirla en todas las paredes, allí donde haya paredes; tengo letras que harán ver incluso a los ciegos… Yo llamo al cristianismo la única gran maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, sigiloso, subterráneo, pequeño; yo le llamo la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad…”

A estas alturas cabe preguntarnos, sin embargo, cuál es el verdadero blanco de los ataques de Nietzsche. No se enfrenta al cristianismo por su utilidad embrutecedora, ni por su idealismo y servil aparato de coerción moral manejado por las clases dominantes, ni tampoco por el amasijo de falsedades y mentiras que conlleva al terror de los humildes y a su explotación inmisericorde; se le enfrenta principalmente por haberse atrevido a promover la igualdad entre los hombres, sin diferencias ni privilegios. “La refutación de Dios: en rigor, sólo se refuta el Dios moral”, señala.

Contra esta última afirmación cristiana enfila en realidad toda su artillería. Odia al cristianismo con odio utilitario; es decir, sólo en la medida en que se ha opuesto a las “diferencias naturales” que existen entre una minoría selecta y la gran mayoría. Así escribe: “Una cultura superior sólo puede surgir allí donde haya dos castas distintas en el seno de la sociedad: la de los trabajadores y la de los ociosos, capacitados para disfrutar verdaderamente de su ocio; o, para decirlo con palabras más fuertes, la casta del trabajo forzado y la del trabajo libre.”

Es que Nietzsch es, en el fondo, como todo gran filósofo, un pensador de su época, que supo reflejar parte simportantes del pensamiento burgués que iban en aumento gracias a las condiciones sociales que las hacían necesarias. Esta situación no era otra que el ingreso del capitalismo, con todas sus fuerzas, en la etapa imperialista y todas sus guerras de rapiña que traía consigo.

Pero la singularidad de Nietzsche radica en abarcar el enorme mosaico cultural que iba sosteniendo el desarrollo capitalista, y el conflicto de éste con sus condiciones materiales. Nietzsche supo ver que el sistema capitalista no podía sobrevivir sin guerras, genocidios y explotaciones a escala mundial, pero sublimó estas necesidades con su teoría aristocratizante del superhombre, que sería ya no la casta dirigente feudal, envejecida y anacrónica, sino el linaje de la inteligencia burguesa marcado por el fuego de la guerra y la voluntad de poder. De allí que fuese fácil su aceptación entre los nazis y sea considerado como uno de los pensadores que influyeron en el desarrollo ideológico del fascismo.

El superhombre sería la encarnación concreta del reemplazo de la idea de dios. El grito de “Dios ha muerto” implicaba también el que Dios, esa creación judía que en Cristo representa lo antihumano, lo antivital, y destruye toda auténtica jerarquía mediante la igualdad de las almas ante él, sea por fin superado mediante la sola voluntad dominadora. Y el ejemplo real de superhombre lo ve nada menos que en Bismark, aunque ciertamente lo critica por considerar que su política no era suficientemente imperialista y reaccionaria.

Por eso, con toda claridad, escribe Nietzsche en El anticristo: “¿Quiénes son aquellos a quienes más odio, entre la canalla de hoy? La canalla socialista, los apóstoles chandalas, que minan el instinto, el goce, el sentimiento de hartura del obrero, que le hacen envidioso, que le inculcan la venganza… La injusticia no reside nunca en la desigualdad de derechos, sino en la pretensión de derechos iguales…” Y agrega, para redondear su espíritu guerrero: “El mantenimiento del Estado militar es el último y supremo recurso para asumir o mantener la gran tradición, con vistas al tipo superior de hombre, al tipo de hombre fuerte”.

Pese a que a estas alturas hemos demostrado que su concepción ideológica anticristiana no es sino una forma difusa y poética de su visión política reaccionaria, hay quienes, sin embargo, creen que Nietzsche logró superar el abismo alienante del cristianismo por su sola voluntad humana. Pero en realidad la existencia de este y otros fenómenos del capitalismo, donde la realigión obnubila las conciencias junto a supersticiones y mitos como la postmodernidad o el neoliberalismo,de esencia eminentemente irracional, sólo pueden ser superados cuando desaparezcan las condiciones materiales que las hacen posibles; es decir, cuando sean eliminados la explotación, la lucha de clases, el individualismo enfermizo, la propiedad privada de los medios de producción, etc. Y esta no es, ciertamente, tarea burguesa, sino que ella misma debe ser eliminada.

Nietzsche no fue el ideólogo del fascismo, pero puso la primera gran piedra para su construcción. Lo fue Rosenberg, con la ayuda “crítica” de un Heidegger, un Jaspers, entre otros que luego de la experiencia nazi se lavaron las manos. Pero la burguesía no ha podido de ningún modo renunciar al fascismo; por el contrario, lo ha vuelto más sangriento y genocida que en la época hitleriana, lo ha hecho más sutil y endiabladamente hipócrita, a tal punto que bajo su férula la humanidad ha sido degradada a niveles jamás alcanzados a o largo de su historia. Basten como ejemplos los crímenes estadounidenses en casi todos los países del mundo, y la corrupción generalizada en las conciencias de generaciones enteras; o, en el Perú este fascismo haya provocado que nuestro país ocupase el primer lugar en el mundo en detenidos y desaparecidos políticos, y que los muertos en nuestra última guerra civil superasen a los habidos durante la guerra con Chile en el siglo pasado, y, por último, que buena parte de la población se encuentre en estado de miseria absoluta mientras una minoría parásita goza de los beneficios de esta explotación. No faltan, por supuesto, los intelectuales mercenarios, arteros, que por un sueldo o una subvención justifican lo injustificable y acusan en general a todo movimiento popular de ser fanático, fundamentalista, sectario, dogmático, etc.; es decir, el despliegue de la pobre inteligencia fascista.

No es otra, como telón de fondo, la posición primigenia de Nietzsche en El Anticristo y en sus demás obras filosóficas. Lukács lo vio claro y escribió que El Anticristo suministra los complementos intrínsecos, éticos-sociales e históricos necesarios a este desarrollo lírico, cargado de odio, del Nietzsche de la última época. Que en ella trata el autor de ridiculizar y destruir por doquier, discursivamente, la idea de la igualdad entre los hombres, es bien sabido y no necesita documentarse por medio de citas especiales, pues constituye, en rigor, la idea central de toda su carrera de escritor. (…) Nietzsche no rechaza nunca la igualdad, evidentemente, por razones éticas de orden general, sino que esta actitud suya responde precisamente a su posición ante la democracia, la revolución y el socialismo, los cuales son, según la concepción nietzscheana, frutos necesarios de la dominación del cristianismo. (…). Por consiguiente, cuando Nietzsche se presenta como el Anticristo, a lo que en realidad aspira es a destruir el socialismo”.

El corazón puro de Attila Jozsef


Hace algunas décadas contaba Antonio Cisneros que Hungría era el país que mejor trataba a sus poetas. Sus billetes no llevaban los rostros de militares ni presidentes, sino de poetas. Y habían monumentos y calles y estatuas bajo el amparo de los nombres de poetas: Endre Ady, Zsigmond Moricz, Sandor Petofi, Mihaly Babits, Dezsö Kosztolángyi, Attila József… Justamente quien representa el momento más triste y más pobres d ela historia húngara es Attila József, cuya muerte condensa y refleja esa época tumultuosa de rebeliones y miserias.

Attila József nace el 11 de abril de 1905 en Budapest, capital de Hungría y próxima capital intelectual del país, en un suburbio denominado Ferencváros. Su padre es jabonero y abandona a su mujer y tres hijos (dos mujeres y un niño) con la intención de viajar a América, aunque luego se sabe que vuelve a su provincia de origen y ejerce su oficio en diversas ciudades de Rumania. Su madre se empeña en una serie de trabajos ocasionales, pero debido a su débil estado de salud tiene que separarse de su hijo. Attila József vive con los campesinos de Ocsöd hasta los siete años, cuidando cerdos como todos los niños pobres del campo.

A los once años escribe sus primeros poemas, mientras permanece confiado a sus parientes políticos. En 1918 regresa a Budapest con la intención de trabajar y ayudar a su familia. Pero poco después fallece su madre y el Asilo de Huérfanos elige de tutor a su cuñado Odón Makai, abogado de cómoda posición.

Sin embargo, los trabajos que debe realizar Attila József son innumerables. Es vendedor de agua y se sabe que de niño robaba leña; vende periódicos y sellos postales y trabaja en las chalanas de una compañía de navegación; es obrero agrícola, representante de librerías, empleado de un banco, redactor de revistas literarias, etc.

A los 17 años la revista Nygat (Occidente) publica algunos de sus poemas. “Me consideraron un niño prodigio”, dice József, “y sin embargo no era más que un huérfano”. Su interés por la literatura despierta cuando de niño leyera las aventuras del rey Attila, cuyo nombre comparte. Aprueba sus exámenes de manera fácil y sin complicaciones. “Cuando hube terminado el sexto año –cuenta József–, dejé el liceo y el internado porque, en mi aislamiento, me sentía un ocioso: no estudiaba, porque sabía la lección apenas el profesor acababa de explicarla”. Trabaja de preceptor y aprueba al mismo tiempo dos años consecutivos de bachillerato. Lo curioso es que lo persiguen por haber “blasfemado contra Dios” en uno de sus poemas, pero la suprema Corte lo absuelve.

Trabaja de todo. Al decidir que se dedicaría a la literatura, se inscribe en la Facultad de Letras de Szeged. Pero un profesor suyo declara que mientras él viviera Attila József jamás sería profesor de Liceo. El motivo: sus poemas publicados en el periódico local. József nos cuenta: “A menudo suele hablarse de las ironías del destino, y aquélla fue verdaderamente una, pues el poema incriminado, Corazón puro, muy pronto se hizo célebre. Siete artículos le fueron consagrados”. Este hermoso poema, escrito en 1925, reza en la traducción de Hugo Acevedo: “No tengo padre ni madre,/ no tengo beso ni amante. / Vivo sin Dios y sin patria,/ y sin cuna y sin mortaja.// Van tres días que no como/ nada, ni mucho ni poco./ Pongo en venta mis veinte años,/ la potencia de mi estado.// Si nadie los compra luego, que el diablo arree con ellos./ Corazón puro: robar/ –¿por qué no?– y hasta matar.// Me capturan y me cuelgan/ y en tierra santa me entierran./ Y una hierba en que viaja la muerte/ sobre mi corazón crece y crece”.

Entonces Attila József se destierra. Viaja a Viena, donde vive miserablemente y lleva la vida de los estudiantes pobres. “Leche, queso y poemas”, escribe en una carta. Allí entra en contacto con los emigrados húngaros y con los escritores comunistas. Viaja a París y se encuentra con Tristán Tzara, estudia a Marx y Lenin y luego de una corta temporada veraniega regresa a Budapest. Conoce a Márta Vagó, de familia burguesa que se opone al matrimonio. “Yo quise a una muchacha adinerada:/ me la robó su clase”, escribe József.

En 1929 aparece su tercer poemario: No tengo padre ni madre. Anteriormente había publicado Mendigo de Belleza (1922) y No es que yo grite (1925). La crisis económica en Hungría es terrible y se producen grandes huelgas y movilizaciones populares. Luego del triunfo del primer plan quinquenal de Stalin una ola revolucionaria invade Europa. En 1930 Attila József se integra al perseguido y clandestino Partido Comunista húngaro, del que se apartará orgánicamente años después sin renegar jamás de sus principios ni de sus camaradas. Conoce a Judit Szantó, rubia y hermosa, “que sabía, al mismo tiempo, cocinar y dar un beso”, y con ella parece haber hallado al fin el equilibrio que tanto necesita.

Pero Attila József es un hombre enfermo. Las privaciones desde su niñez y las persecuciones han minado su organismo. Desde temprana edad ha intentado suicidarse, y varias veces fue hospitalizado en casas de salud por depresión nerviosa. Pero él continúa escribiendo. Publica Noches de Arrabal, y una antología propia titulada Danza del oso. Conoce a Flora K., especialista en reeducación, y a ella le dedica sus último y bellos poemas de amor.

Su poesía es una combinación de diversas influencias: baladas populares, surrealismo francés, expresionismo alemán, folklore húngaro, terminología obrera e industrial, etc. La presencia de la madre es constante en su poesía, símbolo de la madre proletaria: “Frágil era mi madre. Murió pronto/ porque las lavanderas mueren pronto…” Evite la poesía esquemática obrerista, pero l otorga intensidades insuperables a la vida de las masas. Junto a sus poemas simbólicos, escribe en estilo claro y sencillo: “¡Ve, poema! ¡Sé luchador de tu clase!” La miseria y las dolencias del poeta son innumerables, y sin embargo tiene lucidez teórica sobre su oficio, como cuando escribe: “La razón esencial por la cual se tiene necesidad del poeta es, sin duda, porque el poeta es capaz de hallarles una forma a tantas realidades contradictorias”.

El estado de salud de József se agrava y se perfila su esquizofrenia. Flora es como la encarnación de sus sueños, y sus últimos poemas son como balances dolorosos de su vida, de su pueblo entero: “Hermosos son la primavera y el verano,/ y es hermosísimo el invierno, aún más que el otoño,/ para el que aguarda una familia y un hogar/ ya decididamente para otros”.

Viaja a una estación balnearia desierta, a orillas del lago Balaton. Flora y sus amigos están en Budapest. En 1937, un 3 de diciembre, a los 32 años, Attila József, en quien se condensa el dolor de su época, se arroja bajo las ruedas de un largo tren abarrotado de mercancías. Y aún su muerte resulta simbólica: ya con Hitler en el poder, los nazis invaden poco después Europa central y sobreviene la tragedia.

Miguel Gutiérrez: En busca de la violencia y del tiempo


Miguel Gutiérrez ha publicado (1991) la impresionante novela “La violencia del tiempo” en tres tomos, y poco antes (1988) ese fresco bellísimo y palpitante que es “Hombre de caminos”. Ese mismo año publicó un ensayo que se ha convertido en la obra de crítica literaria más difundida de los últimos tiempos: “La generación del 50: un mundo dividido”. En este último trabajo observamos la pasión de quien posee una convicción, una fe, una conciencia social y un pensamiento filosófico que no teme sufrir la prueba de fuego de la práctica, de la crítica específica y abierta a los tópicos literarios contemporáneos. Bien lo dice el propio autor: “Pensamiento y pasión, más amor a la palabra: he aquí el ensayo; invención y pasión, más amor y contienda con la palabra: he aquí la literatura”.

Hombre de caminos revela la desesperada y legítima violencia de los campesinos a través del bandolerismo, esa forma de rebelión popular tan arraigada a lo largo de nuestro territorio. Pero también nos muestra la otra cara nefasta: la presencia y represión increíbles de los terratenientes y un uso particularmente genocida de las represalias del Estado, eco tan presente y cercano de los acontecimientos actuales. Esta novela, con su vibrante belleza épica, es apenas una parte de la larga y tortuosa historia de los Villar, la familia campesina cuyo núcleo no es otro que los sufrimientos de las clases mayoritarias del Perú. Y no sólo los sufrimientos: también las rebeldías, los errores, las victorias, los desengaños, también las esperanzas.

La violencia del tiempo es de aliento impresionante. Pero no es su voluminosa extensión lo que importa, sino su galería de personajes en constante proceso y los acontecimientos esclarecedores de la historia peruana en los que participan. Ciertamente la novela es una exploración histórica, social, psicológica, mítica, de conductas y conciencias, y también un campo de experimentación técnica y de lenguaje. Sus parangones no son latinoamericanos, aunque reconozcamos la fuerza vigorosa de un Carpentier o un Guimaraes Rosa. El parentesco más bien proviene del Tolstoi de Guerra y paz, con su suerte de exploración histórica, humanamente social e individual, con un mosaico de vidas convulsionadas por la guerra y los actos heroicos y repugnantes que toda violencia produce. Y aquí en el Perú, la cercanía está de lado de Ciro Alegría y El mundo es ancho y ajeno. En ambos, en Tolstoi y en Alegría, y por supuesto en Gutiérrez, el punto de partida es el amor indoblegable por el pueblo, por esa masa inmensa de conciencias agraviadas cuyo nuevo destino es y será producto de sus propias manos, de su propia pasión heroica.

Cuando Miguel Gutiérrez dirigía la revista Narración (de gran importancia para las letras peruanas por su búsqueda de una literatura rica en recursos y técnicas modernas y a su vez de filiación clasista) propugnaba el realismo enriquecido por las nuevas técnicas desarrolladas en el presente siglo. Ahora esta propuesta toma alcances y concreciones insospechadas. En primer lugar, el uso de técnicas y recursos modernos de la literatura, vuelve a su origen instrumental en proporciones contundentes. Más allá de sus intrínsecos valores literarios, el abanico técnico desplegado por Robbe-Grillet, Vargas Llosa, Cortázar o Fuentes mistificaban el uso técnico. La nueva narrativa no era otra cosa que sublimación del vacío humano y despliegue en cambio de estructuras y recursos artificiosos. El carácter instrumental de estos medios quedaba opacada, ocultada premeditadamente. El argumento o la historia ya no eran válidos como la mejor forma de expresión de los acontecimientos humanos, sino relegados a piezas de museo que la autodenominada postmodernidad no podía tolerar. En cambio con Gutiérrez la técnica (y con ella el elemento mágico) se desmitifica y su utilización exuberante y dosificada sólo sirve para engrandecer el hecho humano de la literatura.

De ahí que el goce vivencial que la épica narrativa de la novela nos procura, sea una especie de recordatorio de la comunicación casi física de un Dostoievski. El lazo comunicativo sin embargo no tiene las profundidades y desgarramientos dostoievskianos, pero gana en riqueza emocional: rabia, ira, carcajadas, solidaridad, en fin, un goce múltiple y doloroso que sólo obras privilegiadas son capaces de producir.

Mediante la técnica el argumento se clarifica y abre a la vez un abanico de posibilidades interpretativas. Pero la historia narrativa va aparejada al resultado emocional de los acontecimientos y son raros y difíciles los malentendidos. El placer es entonces total, integral, como total (en la relativa totalidad de la novela) es el esfuerzo narrativo por reflejar y expresar el mundo.

Si bien la novela retrata la historia de cinco generaciones de la familia Villar, familia de campesinos de contradicciones concentradas, síntesis de un Perú desgarrado y rebelde, también es la historia alternativa de los esfuerzos de Martín Villar, el último representante de esta familia de vida agitada, de recomponer la historia y a la vez de experimentar diversas formas de narración. La novela construye también su metalenguaje y explora sus limitaciones y posibilidades. Esta lucidez sólo apunta a una dirección realista la de señalar, pese a su riqueza, los estrechos márgenes de la ficción frente a una realidad en cambio tumultuoso.

La historia peruana, la historia que se revisa y decanta a través de la novela, la historia de los hombres humildes que supieron responder con heroísmo y dignidad a las necesidades de su tiempo, no es la historia oficial de héroes aristócratas y motivaciones mezquinas. La ficción novelística nos plantea un mundo aparte, distinto, donde definitivamente el Perú oficial no nos pertenece, como tampoco nos pertenecen sus símbolos y héroes ni su ideología. La historia peruana tiene otros derroteros y otro destino. Desde la presencia de los tallanes en la zona piurana, los incas, los conquistadores españoles, los encomenderos y señores feudales de la República, los chilenos (ante quienes la aristocracia criolla se hincaba solícita y humilde), los ecuatorianos y los nuevos dueños del Perú terrateniente y semicolonizado, la historia fue una multiplicidad de hechos vergonzosos para quienes detentaron y mantienen el poder: militares cobardes, políticos ladrones, jueces corruptos, intelectuales mercenarios; y una masa hambrienta, con sus furores desesperados y trágicos, sus heroísmos ejemplares que la historia oficial niega, oculta y distorsiona.

No olvidemos que hay un pasaje en la novela dejado en blanco, entre corchetes, como símbolo de la censura existen en nuestro medio. Revisar la historia, juzgar el pasado es también enfrentarnos con el futuro, enrumbarnos, hallar una dirección.

En la novela existe una simultaneidad de espacio, el argumento se ensancha en diversas épocas y ciudades, cuyo nudo central pareciera ser las concatenaciones de los personajes con determinados acontecimientos. El lazo histórico no sólo es peruano, es también universal. Quizá nunca se ha visto en la literatura peruana un espacio tan ampliamente representado y en tiempos disímiles. La razón que liga estas historias no es, pues, la mera pasión narrativa ni la simple coincidencia de los personajes en estas ciudades y sucesos. Por un lado, la rebeldía de los tallanes contra los incas, del hombre peruano contra los conquistadores españoles, del indio contra los encomenderos y sus sucesores republicanos, y del peruano contra el chileno, marca apenas la pauta de violencia y rebeldía popular constantes a lo largo de nuestra historia. Pero esta forma general de rebeldía halla su particularidad histórica en lo que podríamos denominar internacionalismo proletario como categoría estética. Es decir, la unidad mundial de las revoluciones proletarias por su ideología y su política comunes, su intento de anular la explotación del hombre por el hombre, su estrecha relación con la persona por encima de sus objetos de creación, y por la más alta moral humana capaz de dirigir y crear una obra artística ejemplar. Y, sobre todo, señala el carácter histórico de toda revolución y también de su mismo fracaso.

De ahí que los sucesos de la Comuna de París, las huelgas de los obreros en la construcción del Canal de Panamá, la semana trágica de Barcelona y otras rebeliones populares españolas de principios de siglo, la Comuna de los chalacos de Piura y las iras y violencias del pueblo peruano constituirían, en esa ciudad histórica, emocional, épica y psicológica, la categoría estética del internacionalismo proletario como expresión de una unidad social mayor.

Las limitaciones que se pudieran señalar a la novela son de carácter secundario. Una de ellas radica en el tratamiento de los personajes. Una vez dijo Gutiérrez que la prueba de fuego para todo novelista es la creación de personajes. En La violencia del tiempo los personajes son numerosos y su tratamiento y caracterización también lo son. Pero subsiste como premisa un dibujo casi balzaciano, semejante al que practicaba Setefan Zweig al definir los tipos humanos por las pasiones que lo arrebatan. El tipo de personaje cuyas contradicciones son impredecibles o reflejan la posibilidad del cambio consciente, como el negro Chokeko en Hombre de caminos, es sólo un tipo y no una característica común. Sobre la mayoría de personajes pesa un destino trágico, una línea dominante que a la vez que lo engrandece también lo limita. Quizá los destinos de Santos y Cruz Villar sean los más definidos de antemano, pero también lo son los de Inocencio y Primorosa Villar, hasta de Domitila Diéguez (luego de la muerte de su pretendiente), del doctor Gonzales y acaso del propio narrador Martín Villar. Pero esta modalidad de caracterización atraviesa casi toda la novelística del siglo XIX (Balzac, Hugo, Sthendal, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Gogol, Melville) y parte del siglo XX (Proust, Kafka, Joyce, Faulkner, Hemingway, Carpentier, Guimaraes Rosa, Amado).

De lenguaje rudo, chocante a veces pero vigoroso, la novela desarrolla diversos estilos narrativos que van desde una seriedad esplendorosa hasta la versión irreverente, irónica y festiva. Pero subyace siempre al estilo grave cuando se trata de personajes feudales. Las figuras de Odar Benalcázar León y Seminario, Rodolfo Lama Farfán de los Godos, el doctor Ventura Gandamo y otros de estirpe azulina, pese a las aberraciones que pudieran cometer, pese a los actos más detestables que ejecutan, tienen un aura de orgullo, de entereza y respeto, y en lugar de que el lector pudiera rechazar una práctica producto de una ideología repugnante, sólo rechaza el acto de su particular enojo porque el personaje sigue siendo digno de respeto.

En fin, estas salvedades también sirven como elementos constitutivos para una interpretación más detenida e integral de la novela. No es gratuita la presencia de personajes como Bauman de Metz (como también es acertada la presencia de Galileo Gall en La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa) como símbolo de una conciencia avanzada y dirigente. Vemos también que los personajes mientras más se acercan a la intelectualidad escindida de la práctica (como el narrador Martín Villar, el doctor Gonzales, J.L. Díaz, los amigos universitarios) su conciencia se problematiza hasta niveles existenciales y oscuros. Ni siquiera la ligazón y la vuelta de Martín Villar al seno de la Comunidad logra arrancarlo de ese acoso existencial que busca dar sentido y salida a su vida. El tiene conciencia de que sólo es un buen hombre, y no se atreve a decirse a sí mismo que eso no es suficiente, que acaso es necesario además organizar, preparar, dirigir a los hombres en busca de su liberación.

Finalmente la novela, como nexo con nuestra realidad actual, sirve como instrumento de reflexión social, humana, mágica, histórica, psicológica y temperamental para convertirse, en palabras del propio autor al referirse a Todas las sangres de Arguedas, en simultáneo “reflejo de una realidad, objeto estético con un lenguaje y estructura específicos y expresión de visiones del mundo e ideologías”. Y, particularmente, en expresión dolorosa y esperanzadora de los duros tiempos que vivimos.

En recuerdo de Catherine Mansfield


Catherine Mansfield murió el 9 de enero de 1923. Había nacido 34 años atrás en Nueva Zelanda al interior de una próspera familia. Su obra, poco conocida, es breve y fragmentaria: 88 relatos (26 sin concluir), algunos poemas, prosa en revistas, cartas y un dietario. Ella es, sin embargo, una de las mayores exponentes de la narrativa corta y quizá su representante más lograda en lengua inglesa.

La etapa de entreguerras ha provocado curiosas y dramáticas coincidencias en la literatura. El surgimiento del vanguardismo en ese tiempo fue expresión del caos y del pesimismo reinante así como la liberación de las trabas formales y conceptuales para la creación artística. Entre los años 1915 y 1930 ochenticinco escritores estadounidenses fijaron su residencia en Europa, de los cuales 45 lo hicieron en Francia. Fue la época de la famosa “generación perdida” con J. Dos Passos, William Faulkner, F. Scott Fitzgerald, G. Stein, E. Heminguay, Salinger, james Jones, Saul Bellow, Henry Miller, Norman Mailer, etc., con todas sus dosis de desconfianza vital y pugna con el mundo. Y es también esta etapa la última y crucial de Catherine Mansfield, quien para entonces supo combinar la crítica, la poesía, la narración y el diario con un estilo tan propio como unitario.

La polémica figura de la Manfield (Katheleen Mansfield Bouchamp) es quizá síntesis de su vida y de la inasequibilidad de su cocina literaria. Su ansiedad de vivir fue enorme, como grande fue su capacidad de movimiento y ubicuidad. En ocho años de vida en Inglaterra tuvo veintinueve direcciones, lo que la emparenta con ese poeta suicida y atormentado que fue Kleist y sus incansables viajes y recorridos por la vieja Europa. Pero las ganas de vivir (previo a los años de un Henry Miller y un Norman Mailer) no fueron solamente producto de la conciencia de saberse golpeada por la tuberculosis: fue además resultado de su personalidad, de los tiempos agitados que sacudían el siglo y de una necesidad vital exigida por su trabajo literario.

Muchos la consideran infantil, superficial y hasta vulgar. Lo cierto es que le era difícil permanecer tranquila. Se había casado con un cantante a quien apenas conocía y lo abandonó en la misma noche de bodas. Tuvo sórdidos amores con Francis Carco, un tipo que guardó los peores adjetivos para ella. Contrajo la gonorrea de un polaco y fue contagiada de tuberculosis por D. H. Laurence. Ida Baker la amaba y la Mansfield se refería a ella como “su esposa”. Se casó con el crítico literario John Middleton Murry y en medio del ansia por vivir deprisa guardó una vida marital bastante peculiar pero no por ello apacible.

Virginia Wolf, que fue su amiga, se refería a ella como un caso excepcional cuyos procedimientos y el atractivo de sus obras resultaban dificultosas de precisar, opinión ampliamente compartida por los críticos y por su propio esposo J.M. Murry. La precisión y fuerza de los relatos cortos de Catherine Mansfield tiene sus antecedentes en las obras de Poe, Chejov, Maupassant, pero se aleja de ellos en algo sustancial y que la acerca más bien a T.S. Eliot, Joyce y Pound: la reinstauración creadora de la tradición, la verdad poética en lugar de la verosimilitud anecdótica o el simple cambio de historias contadas de otro modo.

Así la modernidad literaria tiene deudas con escritoras como la Mansfield, que a finales de la segunda década de nuestro siglo aperturaron concretas perspectivas de renovación de las técnicas y estilos narrativos. Sin duda que los magisterios de Joyce y de Pound fueron mayores, pero la permanencia de Catherine Mansfield como una insuperable trabajadora de narrativa corta en lengua inglesa (en prosa poética, diríamos hoy, a la manera de Hölderlin, Juan Ramón Jiménez y Pessoa) nos acerca a su magisterio y le otorga justo reconocimiento. La brevedad de su producción es lamentable (títulos españoles como “En la bahía”, “Fiesta en el jardín”, “Casa de muñecas”, “Felicidad”, etc.) y ella fue lúcida al respecto. No está lejano el recuerdo de Kafka cuando ella escribe en 1918 al escupir sangre por primera vez: “cuán insoportable será morir y dejar borradores, fragmentos, nada real y bien acabado”. Murió enfrentándose temerariamente a la muerte, pelando papas durante varias semanas a la intemperie en la comunidad mística de Fontainebleau.

Nuestra deuda con Henry Miller


Henry Miller fue uno de los más vitales y sinceros escritores del siglo XX. La deuda que guardamos hacia él no es sólo literaria. “Tenía que aprender”, dice Miller, “y no tardé en hacerlo, que hay que abandonar todo y no hacer otra cosa que escribir y escribir y escribir, aun cuando todo el mundo te aconseje lo contrario, aun cuando nadie crea en ti”.

Para llegar a esa entrega total a la literatura tuvo que atravesar primero por una experiencia increíble, rica y aventurera. Su hogar era el mundo: “En todas partes estoy en casa, sólo que antes no lo sabía. Pero ahora lo sé. Ya no hay línea divisoria: fui yo quien la creó”.

Son famosas sus experiencias en Nueva York, donde se empleó en todo tipo de trabajos, y en París, adonde viajó en los años treinta para iniciarse en la literatura. Allí sobrevivió a las patadas, pasó hambre y fue ayudado por sus amigos. “Ninguna situación en sí misma podía asustarme:” sin saber cómo, siempre me veía en buena posición, sentado dentro de un ranúnculo, por decirlo así, y chupando la piel. Aunque me metieran en la cárcel, tenía el presentimiento de que lo pasaría bien. Supongo que era porque sabía no resistir. Otra gente se agotaba luchando, esforzándose y afanándose; mi estrategia consistía en flotar con la corriente”.

Su retórica es sencilla, directa, cotidiana. Y por tratar sin falsos pudores los temas sexuales su obra fue acusada de escandalosa y prohibida. Inútil medida burocrática: surgieron las ediciones piratas y engrosaron una aureola maldita en su autor. La fama de sus novelas adquirió envergadura mundial a partir de la Segunda guerra, una fama emparentada con una vida turbulenta que Miller supo narrarnos con soltura excepcional y riqueza anecdótica.

Decíamos que nuestra deuda con Henry Miller no es sólo literaria. Es, además, vital, humana, que se enfrenta a todas las barreras de la actividad sensorial e intelectual. Toda su obra es un canto a la vida, un homenaje al hombre: “si tuviese la oportunidad de ser una estrella, la rechazaría. La oportunidad más maravillosa que ofrece la vida es la de ser humano. Abarca todo el universo. Incluye el conocimiento de la muerte, del que ni siquiera Dios goza”.

Junto a sus sabrosas descripciones eróticas y disquisiciones filosóficas, Henry Miller nos propone lucidez social y una clara esperanza, fraterna y humana: “¿Quién dirá la última palabra? ¡El hombre!. La tierra es suya porque él es la tierra, su fuego, su agua, su aire, su materia mineral y vegetal, su espíritu (…) Esperad, asquerosos conquistadores blancos que habéis mancillado la tierra con vuestras pezuñas hendidas, vuestros instrumentos, vuestras armas, vuestros gérmenes mórbidos, esperad, todo los que nadáis en la abundancia contando vuestras monedas, todavía no ha sonado la última hora. El último hombre dirá lo que tenga que decir antes de que todo acabe. Habrá que hacer justicia hasta la última molécula sensible… ¡y se hará! Nadie dejará de recibir su merecido, y menos que nadie vosotros, los mierdas cosmocócicos de Norteamérica”.

Huidobro en la escritura



“Non Serviam” es el título del manifiesto leído por Vicente Huidobro en Santiago de Chile el año 1914 y daba vida al creacionismo, doctrina poética inspirada en un mito aimara que expresaba “el poeta es un dios, no cantes a la lluvia, haz llover”.

Pero no ha sido el creacionismo doctrina fácil de digerir. Como tantos otros ismos, tuvo su etapa turbulenta y su fallecimiento. De su teoría vanguardista queda siempre el producto valioso, ese impulso lírico incomparable todavía vivo y vibrante. La doctrina, que para C.G. Belli tenía parentesco con el land art (arte de la tierra, nacida media centuria después) por su voluntad de apropiarse de la naturaleza, de reconstruirla y representarla de acuerdo a la imaginación, no aparece necesariamente viva en el poema. Lo que perdura es la poesía presa de su propio carácter transgresor de fronteras conceptuales. Perdura asimismo, junto a la belleza lírica, el miedo al afán destructor capitalista en su etapa de entreguerras; un temor expresado en su búsqueda (o huída) a otros ámbitos del conocer, de acceder a la vida por rumbos no precisamente racionales.

Benjamin decía que la cultura burguesa, la civilización es también signo de barbarie. Van aparejadas y prueba de ello son las dos guerras mundiales que destruyeron tantos pueblos, mitos, ciudades e inocencias. Los movimientos vanguardistas surgieron a continuación de la primera gran guerra (1914-1918) y expresaron, en sus diversos sentidos, formas, manifestaciones, naturalezas y niveles la confusión reinante en la Europa culta de entonces, a la par que abrían dimensiones estéticas antaño insospechadas. Los sustentos doctrinarios, como el “Non serviam” del creacionismo, no carecieron sin embargo de su carga de unilateralidad y esquematismo, paradójicamente a sus intentos universales y relativistas.

Algunos críticos aseguran que el creacionismo no es propiamente creación de Huidobro (entre ellos Guillermo de Torre y Sainz de Robles), principalmente por dos razones: 1) por disputarse la paternidad con el poeta francés Pierre Réverdy (por cierto más simbolista y cubista sólo en la forma); y 2) porque el creacionismo, si lo asumimos como exacerbación de lo inventivo artístico, es ya conocido desde tiempos remotos, desde Aristóteles (en su Poética), Horacio (en su Arte Poética), hasta Rimbaud, Apollinaire y Marinetti.

Lo anterior es cosa secundaria (aunque interesante para la historia de la literatura). En cambio es pertinente precisar una inquietud: todas las doctrinas surgidas al amparo del vanguardismo tienen más puntos en común que disonancias. Si generalizamos, veremos apenas diferencias de actitudes, de circuitos, de grupos y adjetivos, y en cambio convergencias en lo que la antigua preceptiva literaria denominaba forma y contenido.

En fin de cuentas el creacionismo de Huidobro no es otra cosa que una intromisión de la capacidad inventiva del poeta en el mundo material y técnico del lenguaje. Creo que quien mejor ha resumido el vanguardismo y en general la visión del arte contemporáneo ha sido Léonce Rosenberg, al referirse a la pintura cubista: “El arte tiene por fin, no reconstruir un aspecto de la Naturaleza, sino construir sus equivalentes plásticos, y el hecho de arte así constituido deviene un aspecto creado por el Espíritu”.

Por cierto que en Huidobro notamos dos etapas: la primera donde vemos a un poeta convencional y todavía unido a las corrientes de principios de siglo, etapa a la que pertenecen sus obras “Ecos del alma” (1911), “La gruta del silencio” (1913), y “Canciones en la noche” (1913). Su segunda etapa es la novedosa, que rompe con los modelos tradicionales y se inicia con su manifiesto “Non serviam” y exige “crear un poema como la naturaleza crea un árbol”. Le siguen las obras “El espejo de agua” (1916), “Adán” (1916), “Horizoncarré” (1917, que incluye los poemas de “El espejo…” en francés), “Poemas árticos” (1917-18), “Ecuatorial” (1918) y ese texto hermoso que es “Altazor” (1919). Posteriormente escribirá más obras igualmente valiosas, en las que perdura el espíritu abierto e inquieto y la curiosidad intelectual.

Si bien es cierto Vicente Huidobro nació en el seno de una familia de la alta burguesía, ello no impidió que sus continuos viajes a Europa y sus experiencias estéticas y vitales (y las de sus compañeros de que fue testigo) lo llevaron a alinearse con los movimientos progresistas de su época. Cuando regresa a Chile en 1925, la Federación de Estudiantes lo propone como candidato a la Presidencia de la República, pero poco después lo atrae el cine y viaja a Nueva York. En España participa en la guerra civil del lado republicano durante tres meses. En 1944 se une al ejército francés donde se desempeña como corresponsal de guerra y luego con el grado de capitán ingresa con las tropas libertadoras en Berlín y recibe una herida en la cabeza. Con todo, la imagen de Huidobro fue siempre controvertida, se le acusaba de frívolo y exhibicionista y sin embargo su poesía perdurará como una de las más bellas de la vanguardia americana, sólo superada por esa obra fundadora y genial que es “Trilce” de César Vallejo.

La poesía materialista de Vallejo



Un aspecto poco desarrollado entre las clasificaciones poéticas es la referida a la poesía materialista. Pero antes de acercarnos conceptualmente a ella, tratemos de ver su realidad y sus antecedentes.

Cuando en alguna parte de su imponente obra Marx nos habla de la poesía de Lucrecio, que denomina materialista, se está refiriendo en realidad a la actitud y concepción materialista de Lucrecio. Cuando Mariátegui redacta las críticas a escritores socialistas, por cuyos aportes la nueva realidad revolucionaria se vigoriza artísticamente, se está refiriendo también al espíritu y posiciones materialistas que animan a estos autores.

Este materialismo, entendido abiertamente como concepción del mundo, se bate contra el tradicional idealismo y lo somete y reencuentra con su lugar de origen y su morada efectiva. La aparente independencia que el espíritu logra de la materia es desbaratada por el materialismo en sus diversas trincheras, entre ellas la poesía. Pero esta aserción marxista, en sus concreciones literarias, resultaban unilaterales y se contentaban con batallas conceptuales y canales hedonistas. Hay siempre una comunicación sensual, muchas veces de estricta linealidad, que llega a nosotros placentera y musicalmente, a ritmo determinado y variable, que rápidamente reconocemos como poético.

El materialismo poético de Omar Khayyam no abandona la sensualidad formal que mejor expresa en su contenido: “Nada es la vida sin vino y sin amor / Nada sin el dulce canto de la flauta del Irán / Por lo que veo, las cosas buenas de este mundo / sólo son el placer y la fiesta / Todo lo demás, nada”. Y no hay, a lo largo de todas las creaciones poéticas de la historia humana, un materialismo puro, toda vez que también la mente, el espíritu, la magia, el propio idealismo es parte de nuestro múltiple materialismo.

Esta contradicción manifiesta la encontramos en las brillantes producciones de Shakespeare, cuya vena materialista se enarbola más claramente a través de su realismo literario. El materialismo, sumergido dentro de las mareas realistas que como método literario es tan antiguo como la más antigua de todas las literaturas, se abre paso vigorosamente en Chaucer, Boccacio, Calderón, Cervantes, Moliere, Lope, Scarron, y qué decir de la poesía actual cuyos poros transpiran materialismo en sus más diversos aspectos: cotidianidad, erotismo, rebeldía, etc.

Ahora bien, pese a esta multiplicidad y contradicciones, hay un punto común donde convergen y se dan de la mano incluso con la más extraviada poesía idealista. Este campo de paz no es otro que el modelo hedonista con que, a manera de prejuicio universal, llega la poesía a nosotros.

Hay un ritmo particular, pero siempre nuevo, una suave o azucarada emoción, muchas veces recargada de tamices divergentes, una musicalidad redescubierta nuevamente, un sentido, un significado que se halla y define de modo predeterminado e inconsciente, en fin, concurren una suerte de elementos no sancionados expresamente, pero que sí todos reconocemos tácitamente como poesía.

Las corrientes vanguardistas se enfrentaron a criterios y costumbres literarias más conocidas y conservadoras, asumiendo en su papel incendiario la tarea de barrer con ese inmenso mosaico de lugares comunes y visiones repetitivas.

El dadaísmo fue ciertamente un grito escandaloso, en tanto que el surrealismo y el expresionismo abrieron cauces no menos violentos que, al igual que el primero, se estrellaron contra los muros espantados de la burguesía para inmediatamente ser digeridos golosamente por ella.

Pese a la retórica vanguardista, su poesía no abandonó o no pudo salirse de los márgenes hedonistas de la poesía tradicional. El vanguardismo no encarnaba mucho de nuevo, excepto la crisis moral y la confusión individual del capitalismo de entreguerras. Su lucha fue, en realidad, contra sí mismo, contra su atomismo y desorden vital, contra su amasijo de su culpabilidades y su falta de perspectivas sólidas que combatiera la decadencia que lo estrangulaba. Tampoco el vanguardismo fue un guerrero de cuidado frente a toda la poesía tradicional, y no lo fueron, además, Maiakovski, Evtushenko, ni los poetas provenientes de las revoluciones socialista en sus primeros años de política violenta y dictadura proletaria.

Ellos sólo traían la novedad del mensaje, el canto épico poblado de nuevos héroes y nueva ideología. Su materialismo se circunscribía al contenido combativo, marxista, ateo, que cantaba la gesta victoriosa de las masas y del partido comunista que las dirigía. No cambió, sin embargo, la forma sensual con que la poesía toma vida, se comunica y nos invade. Por eso su materialismo fue unilateral, incompleto, débil, en fin, el viejo jarrón de la poesía tradicional con nuevo vino.

¿Dónde encontramos, entonces, aquella poesía realmente corporal, física, que nace de la materia, se comunica materia y es ella misma materia ardiente, viva? No es que el hedonismo sea un lastre, es que él es tradición y recurrencia. Hubo intentos, es cierto, algunos más afortunados que otros, de moldear la poesía materialista en niveles antes no vislumbrados. Y el punto más alto, en un experimento difícilmente igualado, ha sido el que lograra César Vallejo en su obra poética.

“Poemas Humanos” nos sobrecoge de manera directa, terrenal, sacudiendo nuestra percepción aun cuando el referente pareciera escondido a primera vista. Este remecimiento físico es generalmente abrupto, que no concede espacio para la delectación musical ni vaporosa. El disloque continuo, las aliteraciones y versos onomatopéyicos no son sólo recursos, son también sustancias constitutivas de la propia poesía. Ellos se ofrecen desnudos, totales, y para muchos los poemas de vallejo resultan difíciles. La realidad múltiple y de coherencia no lineal logra en Vallejo una instancia suprema, aunque no la agota.

No es casual que sus dos obras poéticas mayores, Poemas Humanos y España, aparta de mí este cáliz, hayan sido creadas cuando se adhirió al marxismo. Vallejo, como el más grande poeta que ha producido la lengua española, es el ejemplo cabal de cómo la militancia partidaria no bloquea sino que eleva poderosamente la creación artística (y Dante es otro ejemplo). Toda la fuerza de sus palabras descansa en la fusión instintiva, consciente, dolorida y optimista de su posición de clase. Nada más falso que ver en Vallejo, el poeta que escribió Masa y aconsejó a los niños de España, que, si ella cae, “id a buscarla”, a un hombre triste, pesimista, con el rostro sufrido y huraño. Esa es una caricatura que deforma la grande figura del poeta. Ahí está su poesía cercana, vital, materialista, cuya singularidad sorprende constantemente y se actualiza, para retratar de cuerpo entero el temple universal de su personal.

El materialismo poético de Vallejo es, comparativamente, completo. La remoción que produce en los lectores es a veces chocante, tosca, como si la cotidianidad del ser humano hubiese adquirido intensidades inéditas. Si bien decimos que muchos versos o poemas enteros no son claros, ello no significa que carezcan de significado. Todo lo contrario. Toda su poesía, incluso frases apretadas, está cargada de significados amplios y emotivos que si no los racionalizamos al instante, los intuimos, los aprehendemos, los conocemos. Esta oscuridad, que no es tal, logra un acercamiento humano nunca antes experimentado por poesía alguna. La sacudida física, material, que se produce en nosotros y nos estremece, toma vida a través de la más alta sensibilidad y emoción humana: la social, o mejor dicho, la sensibilidad política.

Vallejo logra incorporar en poesía la materialidad del mundo en casi todos sus aspectos, incluido el formal. Y lograr una poesía materialista de alta calidad, fue el producto no sólo de un manejo genial y revolucionario del lenguaje, sino además el de consolidar la unidad de esta praxis creadora con su visión política y humana. Su poesía materialista no es, pues, gratuita ni fruto del azar. Es fruto de la actitud del hombre artista de asumir vitalmente su concepción del mundo a través del arte y su consecuencia práctica en la sociedad.

A Vallejo no podemos imitarlo. Es imposible recorrer los mismos espacios, la misma voz o el mismo lenguaje. Lo que sí podemos enarbolar como ejemplo es su actitud, en tanto ésta corresponda a la tarea más noble e intensa que pueda vivir el ser humano y que Vallejo, desde la palabra, el sueño, el hambre, desde su inagotable optimismo, supo encarnar.

Dostoievski y Cantinflas


Quizá la comparación resulte forzada o muy artificial, o quizá sencillamente no existan puntos comunes que relacionen a estos dos artistas. Sin embargo, las contradicciones humana son tan ricas y variadas que sí acogen detalles de similitud y divergencias. Donde hay diferencias (y siempre las hay) es posible la comparación.

Por cierto, referirnos a Cantinflas provoca una sonrisa emparentada con el humor, incluso con lo cómico. Conocemos de sus sabrosas películas, pero resulta difícil imaginar qué de común tiene Cantinflas con ese genio intenso y dramático que es Dostoievski. El cómico mexicano explora los ámbitos del ridículo y de las situaciones absurdas a partir de elementos cotidianos. Sus personajes reflejan al hombre, en sus actitudes diarias, con su lenguaje popular, exagerándolo, agrandando el ridículo hasta límites seriamente insoportables y provocando finalmente la sonrisa o la carcajada. Dostoiwvski es más radical en su retrato del hombre; en él sólo pueden expresarse personajes torturados y abrasados por pasiones demasiado frenéticas para ser vividas por un solo hombre. Tanto Raskolnikof, el príncipe idiota o los hermanos Karamazov, e incluso los espectrales personajes de “Los Demonios”, reflejan al hombre atravesando intensidades del dolor y de la angustia. Y es aquí donde se perfila el parentesco psicológico entre los personajes de Cantinflas y los de Dostoievski.

La situación y la actitud del personaje son los siguientes: al momento de expresarse, el personaje duda: en Cantinflas habla incansablemente, presa del caos, mientras que en Dostoievski piensa muchísimo pero habla diferente de lo que quiere. En ambos la expresión de sus ideas es traicionada por el miedo, la duda, la angustia, y es esta angustia la que sentimos cuando el personaje de Cantinflas intenta explicarse con claridad pero se enreda en el juego de sus propias palabras, y lo mismo acontece con los personajes dostoievskianos, que buscan una dirección a su discurso y finalmente se ven traicionados por el temor, la torpeza o la sinceridad.

Pero mientras en Cantinflas esta situación provoca la risa, en Dostoievski en cambio asistimos a un dramatismo insuperable. En el primero la risa borra la espera angustiosa, mientras que en el segundo la angustia permanece como testimonio del sufrimiento humano en su plena desnudez.

Quizá esta reflexión nos haga pensar en asomos de absurdidad que invadirían la literatura en el presente siglo, pero más que semejanzas, vemos una apreciable diferencia digna de destacarse como visión del mundo: que, tanto para Dostoievski como para Cantinflas, pese a sus ideas políticas, lo absurdo en el hombre es un momento de su historia, superable, reversible y capaz de transformarse, mientras que para la tradición del absurdo literario la existencia misma es el absurdo y en esencia ni la vida misma vale la pena de ser vivida.

Kafka y la pasión por escribir


Leer las biografías de Stefan Zweig produce un placer comparable a la vida misma. Un placer intenso, una fiesta de palabras, una algarabía de tipos inolvidables. Más que la persona, es el personaje el que se agiganta y subyace incomparablemente vivo, completo, comprendido. Zweig define el tipo a través de la pasión que lo arrebata. Casanova, Sthendal, Kleist, Balzac, Dostoievski, Dickens son cada uno una pasión, una llamarada de destino que los conduce hasta el final de sus días.

No son muchos los autores a quienes puedan definirse una pasión predominante que abrase su vida entera. Nuestro tiempo está teñido de aspiraciones mezquinas, burocráticas, sin riesgos. La mayoría de escritores son, cómodamente, usufructuarios de una legalidad antaño cuestionada. La pasión por escribir, por disentir y perseverar en ello se bate contra murallas de deslealtad, de traición a sí mismos, de incoherencia final que la derrumba a una vida más tibia, ordinaria, insustancial. El escribir se convierte por último, más que en un oficio, en una carrera, en una actividad fácilmente deleznable.

Sin embargo, hay escritores para quienes escribir es una maldición de la que no pueden apartarse. La literatura se convierte en pasión, la palabra asume el pedestal de los dioses, el verbo se entroniza como destino y cualquier otro oficio o profesión sucumbe ante su hechizo. La riqueza de tal literatura pueden darla, por un lado, la intensa y variopinta vida del autor, plagada de riesgos, aventuras y acaso excentricidades, y por otro lado, como es el caso de Franz Kafka, la inmensa y compleja vida interior, la subjetividad desencadenada. “Toda mi forma de vida” escribía Kafka a Felice “está centrada en la creación literaria. El tiempo es breve, las fuerzas exiguas, el hogar ruidoso. Y si uno no puede llevar una vida recta y hermosa es preciso que se arregle con artificios”.

Sus novelas reflejan un mundo angustioso, sin solución y absurdo. De allí que “lo kafkiano” sea sinónimo de caos y absurdidad. “Y de continuo busco comunicar algo no comunicable, explicar algo inexplicable, hablar de algo que tengo en los huesos y que sólo puede ser vivido en esos huesos”, escribía Kafka a Milena, como respondiendo de antemano a la descripción que se le hace.

Para Borges, Kafka era el escritor de las infinitas postergaciones, porque sus novelas y sus cuentos no redondean un final anecdótico sino que nos dejan con una sensación de inacabable, de vivir dentro de un círculo vicioso. Kafka parece responder también a esta caracterización y escribe en su diario: “no dispongo del suficiente tiempo y tranquilidad para sacar de mí la totalidad de las posibilidades de mi talento. Debido a ello, sólo se producen siempre principios sin final”.

Su pasión por escribir es indudablemente sincera. Sus novelas, cuentos, reflexiones, diarios, cartas, narraciones, fábulas revelan una necesidad vital. Las razones, el por qué se escribe, son muchísimas. “Para disculpar mi debilidad, hago que el mundo que me rodea sea más fuerte de lo que es realmente”, dice Kafka, ensayando un análisis de sí mismo. En 1912 escribe a Max Brod:

“Todo cuanto he escrito, ha sido escrito en baño tibio; nunca he vivido el infierno eterno de los auténticos escritores”. Y más tarde, agrega, en una carta a Felice: “intrépido, resuelto, poderoso, sorprendente, conmovido sólo me ocurre al escribir”.

Existe un Kafka una sinceridad única, pero también una forma de autoinculparse, de atacarse sin miramientos que sorprende por su modo impasible y descarnado.

Según Adorno, refiriéndose a lo absurdo en escritores como Kafka y Beckett, el contenido ya no puede considerarse racional según los cánones del pensamiento discursivo; la oscuridad del absurdo debe ser interpretada, pero no sustituida por la claridad de lo sensible. Y consideraba a Kafka como uno de los escritores que mejor ha reflejado el mundo de crisis del capitalismo. En suma, esto último representa el consenso o la idea común respecto a Kafka, superior a lo que el propio Kafka consideraba idéntico a él: la literatura. No es ya el hecho de escribir el compañero inseparable del escritor: ambos son uno mismo.

“Mi felicidad, mi habilidad y cualquier posibilidad de ser útil de alguna forma, se encuentra desde siempre en lo literario”, escribía Kafka, y al respecto podía ser áun más claro y directo: “no una tendencia a escribir, queridísima Felice, no una tendencia, sino yo mismo. Una tendencia puede arrancarse y pisotearse. Pero se trata de sí mismo”.

Pero de todos los lugares comunes respecto a Kafka, el menos justo es el que lo describe como débil incluso frente a la vida. Max Brod, en cambio, nos muestra un Kafka alegre, conversador y amigo de los cafés y las charlas animadas. Si bien es cierto el conjunto de las obras de Kafka refleja la angustia personal en límites extremos, no es suficiente motivo para absolutizar esta característica a la conducta del autor. Una última cita de Kafka puede ubicar mejor el optimismo que tanto se le esconde y regatea: “ofrécete a la lluvia, deja que te penetren sus flechas de acero, deslízate a través del agua que quiera arrastrarte, y a pesar de todo persevera, aguarda, de pie: el sol te inundará bruscamente y sin fin”.

lunes, septiembre 17, 2007

Luis Hernán Ramírez: POETA DE LA GOTA PURA

A Luis Hernán Ramírez (nacido en Moyobamba en 1926) lo conocí una calurosa tarde loretana en medio de la Biblioteca Amazónica, en Iquitos. Fiel a su costumbre, revisaba periódicos viejos y libros antiguos preparándose para alguna investigación que hiciera emerger autores olvidados o libros curiosos aplastados por el paso del tiempo.

Me presenté y le estreché la mano. La charla que iniciamos entonces me pareció interminable. Había hecho periodismo en Iquitos de modo nada sutil y se había enfrentado a la oligarquía católica de entonces. Sus escritos en el diario La Razón, en los años 50, lo pintaban como un avezado cultor y defensor de ese hermoso fantasma que se cernía sobre el mundo: el socialismo. Pero en persona Luis Hernán era tranquilo, y tenía una actitud tan bondadosa y exageradamente inofensiva que parecía mentira.

–Yo escribía lo que pensaba –me dijo–, y aquella vez el obispo vino a reclamarme por mis ideas. Prácticamente hizo que me fuera de Iquitos y recalé en Lima, donde un alto funcionario me llamó asustadísimo por mis antecedentes. Yo era profesor y dependía de la burocracia, así que el funcionario me vio, conversó horas conmigo y, al compararme con el terrible legajo que los curas habían preparado contra mí, dijo algo así: pero si usted es un pan de Dios...

Encuentro y poesía
A Luis Hernán lo vi muchas veces, y siempre era para sumergirnos en charlas macanudas. Por su avanzada edad andaba encorvado y algunos despistados lo llamaban maestro. A mí me gustaba debatir con él. Me parecía un cúmulo de amables contradicciones.

Había sido profesor en las universidades San Cristóbal de Huamanga, San Luis Gonzaga de Ica y San Marcos, y, gracias a las amistades propicias en los partidos políticos de izquierda, viajó a Rumania y a otros países europeos, publicó encendidos artículos y libros en defensa del marxismo y sus líderes, pero escribió la poesía más apolítica que pudiera imaginarse.

Eran libros muy bellos, sin duda: Poemas de soledad y sombra (1958), Sobre el dorso de la noche (1965), Piel o sombra amada (1973), Elegía a tu nombre (1979), Rozando el ala de una golondrina (1986), y Gloriosa gota pura (1993). Eran poemas unitarios, de una sola voz, y como había escrito Ricardo Gonzales Vigil: “eslabones de un solo canto de gran extensión”.

Me sorprendí al no encontrar en ellos el ardor de sus ensayos ideológicos ni sombra de su pensamiento político. Se suponía que la literatura era una herramienta revolucionaria.

–No te entiendo –le dije–. ¿No crees que la poesía sea un instrumento de cambio?

–Yo hago política de una manera, y poesía de otra. Algunos hacen política con la poesía, y respeto esa opción. Pero yo no. Prefiero expresar la poesía de otro modo. Me han dicho que hago poesía pura, qué importa. Me siento bien escribiendo como lo hago.

Desencuentros
Podría decirse que tuvo algunas etapas fáciles de observar. Durante su militancia política produjo artículos y ensayos ideológicos, y sus llamados a la revolución correspondían a la efervescencia y madurez política de la época. Recuerdo algunos de sus libros: Lenin, Literatura y revolución (1970), El marxismo-leninismo en la poesía de César Vallejo (1985), y numerosos textos de gramática y de historia de la literatura. Fue docente sanmarquino y llevó la jefatura de Lingüística con bastante satisfacción.

Poco a poco sus textos se hicieron más calmados y apostaba por el comentario de los libros de manera cariñosa. A veces opinaba con demasiada benevolencia.

–En lugar de analizar los libros, tú realizas el elogio de los autores –le dije.

–Es que yo no hago crítica literaria –me dijo–. Yo soy un apologista de mis amigos.

Efectivamente, publicaba artículos elogiando ingenuamente a sus amigos iquiteños, muchos de los cuales solían escribir con los pies. Después publicó un artículo en defensa de lo indefendible: loas al cauchero Julio C. Arana, quien había asesinado a más de treinta mil personas en apenas dos décadas de explotación cauchera en la selva.

–Es que nunca se ha probado que Arana matara a nadie ni que lo hubiera ordenado. Si sus capataces lo hicieron, todas esas muertes fueron culpa de ellos y no de Arana.

De la tibieza había pasado a los rigores del bando contrario. Prueba de ello es también su artículo en defensa de la oligarquía católica y de un cura que hacía el papel de Rasputín en Iquitos. No podía ser de otra manera. Los curas le venían pagando los pasajes en cada visita a la selva.

También un romántico
–Eres un poeta del amor nostálgico –le dije–, del amor lejano, del amor derrotado. ¿Por qué no del amor celebratorio?

–Es que mi poesía es romántica, y el romanticismo es amor imposible, nostalgia y también dolor.

Había que acercarse a menos de un metro para oírlo. Su voz siempre había sido apagada, baja. Nunca he podido imaginarlo frente a un salón de clases.

–Yo escribo lo que creo, lo que siento -me dijo–. Esa es mi manera de ser.

–¿Y ahora qué preparas? -le pregunté.

–Literatura amazónica, igual que tú.

Últimas charlas
Manuel Marticorena escribió que Luis Hernán Ramírez había pasado por tres momentos vitales: revolucionarios, de acomodo con los funcionarios y la iglesia, y de retroceso ideológico. Serían los signos de la época, que también albergaban lo absurdo.

–¿De veras te parece bien defender a un genocida? ¿Y tus ideas socialistas?

–Es que defender a Arana, que era un patriota, es defender también el socialismo.

–¿Y defender al cura español ése?

–Es que es mi amigo.

Habría visto mis ojos tan abiertos que se echó a reír divertido. Tomamos unas cervezas y nos reímos.

Una vez me hizo una larga entrevista en el hotel donde se albergaba y enseguida yo hice lo mismo. Pero mi grabación salió defectuosa y se lo dije. Accedió a repetir la entrevista y esta vez gastamos algunas horas en ella. Nunca pude transcribirla, porque las cintas, por el juego de algún duende travieso, fue reemplazada por otras grabaciones.

Adiós al amigo
Al poco tiempo Luis Hernán Ramírez falleció. Fue una noticia lamentable, y precedió a la partida de otro amigo entrañable como Roberto Bedoya Becerra, también estudioso de la literatura amazónica.

Recuerdo que con el poeta Carlos Fuller lo llevamos a pasear por las callecitas pobres de Belén y montamos una frágil canoa con la que cruzamos el río Itaya. Yo le había prestado una novela inédita y Luis Hernán la había leído la noche anterior. No me hizo ninguna crítica ni tampoco una apología. Pero se la pasó hablándome de todas las cosas que yo hubiera podido incluir en la novela, por ejemplo, esto y aquello, así y de esta manera. Nos divertimos como jóvenes ingenuos e hicimos el pacto de darle una tregua a los debates literarios.

–¿Tú crees que la literatura vale la pena?

–Nunca he creído que la literatura vale la pena. Pero es un gozo que difícilmente puede ser comparado con otra forma de placer.

–¿Nada más que placer?

–Placer, sentimiento, intuición, inteligencia y todo lo que tú puedas ser capaz de ponerle.

–Y belleza.

–Sí. Y belleza.

OTRA VEZ URTEAGA



Pocas veces la literatura peruana ha sido testigo del encuentro entre la destacada creación verbal y la conducta coherente del autor. Los nombres de César Vallejo o José María Arguedas son solo puntas de un breve pero respetable abanico de escritores que vivieron al filo del ejemplo. Un caso parecido es el del escritor Luis Urteaga Cabrera (nacido en Cajamarca en 1940), quien opta por la marginalidad auténtica que se desentiende de los fuegos artificiales de la fama y de la promoción personal.

Su comportamiento le viene del carácter y de la experiencia. Al arribar a Lima, joven y lleno de esperanzas, de esas que son capaces de remover el mundo, estudió medicina en la universidad de San Marcos sin sospechar que la vida le depararía otro tipo de desafíos. Nada menos que los de la pasión literaria. Pero antes de caer en las bellas garras de la palabra creadora, sobrevivió a las penalidades que la vida le enrostró en esos años de formación juvenil y adolescente.

Durante una clase en la universidad, mientras el profesor exponía sobre medicina humana, Lucho Urteaga sintió vahídos, sueño. El cansancio y la debilidad le vencían. El profesor advirtió la presencia del hambre en esos ojos agotados y la mirada ausente del estudiante, le recomendó descanso y lo mandó a casa. Lucho Urteaga subió al micro mientras las piernas se le doblaban. Miró los breves edificios y la gente que parecían desdibujarse, y finalmente bajó poco antes de llegar a casa. No aguantaba más. El mareo iba en aumento. La visión se le iba. Se arrinconó contra las paredes y caminó pegado a ellas. Finalmente, cayó derrumbado sobre el suelo.

Despertó tres días después. No recordaba nada. Una niebla parecía abrirse ante su mirada sorprendida. Solo veía a los amigos que le rodeaban y los tubos de plástico del suero que lo había alimentado durante esos días de ausencia y abandono. Pensó entonces en la vida difícil de esa Lima injusta que quería condenarlo solamente a sobrevivir, a arañar los días y las noches con migajas de solidaridad. Si el dolor hace humanos a los hombres, a Lucho Urteaga le hizo comprender su inmenso poder frente a los espíritus generosos.

Años después obtendría el primer lugar en el concurso internacional de novelas Primera Plana-Sudamericana (l969), en Argentina, por su extraordinaria obra Los Hijos del Orden. Sin embargo, la suerte del libro parecía condenarlo a la batalla. El golpe de Estado que los militares propinaron al pueblo argentino impidió que el premio se hiciese efectivo. Pero la novela no se quedó tan sola y tan callada. Además de provocar la protesta y el juicio legal de algunos intelectuales, se ganó limpiamente el premio nacional de novela ‘José María Arguedas’ 1973, y Los Hijos del Orden fue inmediatamente publicada por Mosca Azul y más tarde reeditada en 1994.

Mientras tanto, Lucho Urteaga siguió construyendo esos hermosos universos de palabras a través de cuentos vigorosos y obras para teatro (había ganado el premio nacional de teatro Telecentro 1975 por la obra Danza de las ataduras, y el premio nacional de cuento Visión del Perú 1968 por La justicia no cae del cielo). Trabajó para algunas organizaciones populares y conoció de cerca los encuentros y desencuentros entre la amistad compartida y los abandonos y traiciones de compañeros de ruta. Viajaba a provincias cada cierto tiempo, viviendo y padeciendo los sinsabores y alegrías de los trabajadores a quienes reflejaba en sus obras. Hasta que de pronto algunos shipibos le pidieron trabajar al interior de sus organizaciones para dotarles de orientación y sentido.

Entre la vida familiar y el servicio a aquellos pobladores indígenas que lo requerían, contando con la inigualable comprensión de su compañera, Lucho Urteaga eligió el largo itinerario y se internó en la selva ucayalina. Conoció en carne propia aquellos universos que más tarde retrataría en sus cuentos maravillosos, aprendió la lengua nativa e intentó compartir la vida –que luego se haría entrañable– de los legendarios shipibos.

Al comienzo fue difícil. Para hablarles, ¿cómo llamarlos, cómo reunirlos? Sus intentos de invitación verbal resultaron divertidamente recibidos, pero nadie acudía a las asambleas ni por curiosidad. Habría como una mirada de impotencia en sus ojos acostumbrados a dar todo de sí. Pero un compañero suyo, shipibo y mejor conocedor de las costumbres caseras, encontró la llave maestra. Los convocó a través de la magia de la palabra. Los juntó con la complicidad de un narrador oral, de un hablador que de un momento a otro dejó fluir ese magma de historias que entretejían la vida shipiba y pronto, enseguida, la maloca que les servía de auditorio se encontraba llena, repleta de atentos y maravillados oyentes, niños y jóvenes, hombres y mujeres embrujados por la voz imponente del contador de fábulas.

Esta escena es muy parecida a la contada por Mario Vargas en su novela El hablador, con la diferencia que los machiguengas, según el narrador arequipeño, cuentan en secreto sus historias, mientras que los shipibos de Lucho Urteaga hablan públicamente, se regodean con la representación teatralizada del relato y, antes de simplemente oír, viven una experiencia. De este modo pudo hablarles de la necesidad de organización y los shipibos pronto asumieron la responsabilidad y el reto. No podía ser de otra manera. Otros pueblos indígenas también habían comenzado a organizarse, como el aguaruna, que más tarde se haría poderoso, y los organismos del gobierno de entonces habían empezado a agruparlos con fines proselitistas.

Cerca de diez años en la selva (entre 1979 y 1988) hicieron de Lucho Urteaga un hombre enamorado de su pueblo. Se había acostumbrado a no permitir las injusticias. Enarbolaba en su conducta la firme conciencia de que la amistad y la solidaridad son, más que conceptos, realidades palpables que pueden guiar verdaderamente nuestros pasos.

No había pertenecido a grupos literarios ni probablemente su espíritu independiente se lo hubiera permitido. Tal vez por ello no se hizo tan conocido. Tal vez por ello no fue objeto de falsos homenajes ni menciones artificiosas. En cambio permaneció en la conciencia de los lectores que veían en él al hombre y al escritor por cuya conducta coherente se sentían tocados, conminados. Si algún lector ingenuo creía que Ribeyro era el escritor querido y Mario Vargas el admirado, Lucho Urteaga era, además de querido y admirado, respetado.

Por eso cuando surgieron sus libros de cuentos de tema indígena El universo sagrado (1991) y, especialmente, El arco y la flecha (1996), advertimos en ellos un mundo inédito que tomaba forma, que adquiría una voz particular y se imponía en las letras peruanas por mérito propio. Sus cuentos eran perfectos. Miguel Gutiérrez no dudó en llamarlos clásicos, y los comparó con las creaciones de Joyce, Rulfo, Babel, Guimaraes Rosa. Sin embargo, la crítica oficial se hizo la sorda, muda, bizca y ciega.

Algo parecido había ocurrido cuando en la década del 70 publicara Los hijos del orden. Se dijo anecdóticamente que era una novela que retrataba la vida carcelaria en el reformatorio de Maranga, como una obra social más en la literatura peruana, pero se acallaba su alto valor literario, su modo maestro como daba vida y voz mediante el lenguaje accidentado y emotivo a diversos sectores de la sociedad peruana que, curiosamente, hasta nuestros días no la tienen. Se habló de su deuda con Mario Vargas por el uso de contrapuntos, ocultando que dicho recurso debe más en las letras peruanas a Joyce, Faulkner y Onetti, que a Vargas.

También publicó breves libros para niños. Fábulas del otorongo y otros animales de la amazonía (1994, premio IBBY–International Board on Books for Young People) y Fábulas de la tortuga, el otorongo negro y otros... (1996) nos acercaban a una sensibilidad curiosa, no exenta de preocupación por la formación de los niños ni ternura por ellos. Si ya desde antes, desde aquella entrevista setentera realizada por una revista con la foto inmensa de un Lucho Urteaga de anteojos y ropas negras, vislumbrábamos al escritor consciente de su proceso literario, no nos sorprende luego arremetiera con una obra polémica: Más allá de la escuela. Una educación para el cambio (1999). En ella destaca la minimizada relación entre sociedad y educación, disecciona las fuerzas sociales en pugna y, nada ingenuo, plantea las bases de una educación que realmente devuelva la dignidad a los hombres, demasiado alejados de su propia naturaleza debido a una educación abiertamente inhumana.

Aún no se ha dicho una sola palabra sobre este texto, y probablemente Lucho Urteaga espera con humor que el silencio continúe. Escribe para debatir ideas, para aportar dentro de ese ámbito importante que es la educación y la literatura, y no para soñar con catálogos y reseñas pasajeras. Se cuida bien de todas ellas, aunque a veces los amigos lo traicionemos con algunas públicas palabras. En su cálida casa de Pueblo Libre, un vaso de vino tinto tiene el viejo sabor de la esperanza. El mundo de la banalidad cultural hoy en moda no le pertenece. El mundo vivo sí, aquel de los cambios y contradicciones, el de la coherencia y la amistad ejemplares.

LITERATURA SUBVERSIVA



Cada vez que nos referimos a la función de la literatura caemos en el lugar común de señalar cuál es su verdadera función, cuál la más importante o, peor, cuál es la única función de la literatura. Nunca está demás recordar que la literatura, como producto cultural y, sobre todo, como instrumento del hombre para fines prácticos o espirituales es, ante todo, un acto de libertad de quien la practica. La literatura es, y puede ser, lo que el escritor quiere que sea. Su razón de ser no es inmanente a ella. La literatura depende única y exclusivamente de la mano que la produce. Podemos decir, con César Vallejo, que en determinadas épocas o momentos históricos la literatura debiera ser, por ejemplo, de propaganda o de agitación (si sirve a fines proselitistas en un momento revolucionario), de crítica social o de reclamo ético, o incluso socialista, cuando este tipo de sociedad se instaure en una nación. Pero es pretencioso afirmar, como lo hace Mario Vargas Llosa, que la literatura tiene una única función, que es la de subvertir, entendida ésta como un descontento natural del creador hacia la realidad que le rodea. Mario Vargas comete una doble contradicción a este respecto. En primer lugar, frente a la libertad creativa de la ficción narrativa, propone una literatura de subversión frente a la realidad, pues cree que ella es una contradicción viviente, sistemática, inevitable de lo existente. Independientemente de si estamos o no de acuerdo con esta aserción, lo cierto es que nos encontramos frente a un artículo de fe, a un debe ser. Vargas elabora su idea de la literatura y nos propone un dogma. En lugar de ser consecuente con el espíritu libertario de la literatura, le pone ataduras, las cuales son su manera de concebir la ficción. Naturalmente, podríamos estar de acuerdo en algún momento con su idea de la función subversiva de la literatura, pero de ningún modo considerar que ésta es la única forma de entender la ficción. En todo caso, se trata simplemente de una de las tantas formas en que la literatura nos muestra su manera de existir. La prueba está en la misma literatura. Los trabajos orales y escritos a lo largo de los siglos, en todas las culturas, nos muestran hasta el hartazgo que la literatura tiene (y seguirá teniendo) múltiples funciones, y una de ellas es la de contradicción sistemática de lo existente que nos plantea Vargas.

¿LITERATURA FEMENINA?



Nadie debiera asustarse si el término literatura femenina parece indicar que la literatura tiene un género y no simplemente un sujeto femenino que la produce. Sin embargo, ante el uso generalizado que se le ha dado a la palabra debido al auge de la presencia femenina en la producción literaria nacional, no ha faltado quien se sienta ofendido por semejante atrevimiento, incluyendo a algunas escritoras.

Los conceptos surgen porque la realidad los hace necesarios. Y cuando nos hace falta determinar con palabras específicas una realidad determinada, entonces surgen las licencias, las tautologías, los términos aparentemente inaceptables por su significado ambiguo o imposible. Es lo que ocurre con literatura femenina. Decirlo es absurdo, porque implicaría reconocer que la literatura puede ser masculina, adulta, homosexual, precoz o púber. Pero el uso es un aguafiesta, a tal punto que ahora aceptamos sin chistar la existencia de la literatura infantil, de la literatura ligth o la novela negra. Nadie se sorprende de que exista literatura peruana o literatura francesa, pero sí de que se hable de literatura femenina.

El uso, sin duda, terminará por imponerse, porque el sentido de las expresiones (y no sólo su significado) resulta vital en un medio cultural en el que las realidades son tan complejas que retan con su existencia nuestra capacidad de nombrarlas adecuadamente.

Aunque parezca obvio, no es lo mismo decir literatura masculina que literatura femenina, porque la literatura se supone masculina. Sus honrosas excepciones sólo le dan un guiño a su realidad monocromática. Pero las realidades menores, los hechos discriminados, los sujetos que pelean su existencia en inferioridad de condiciones, exigen y terminan por imponer su carácter excepcional. Por eso existe la literatura infantil, porque es una minoría. Por eso podemos hablar de literatura oral, y no de literatura simplemente, que se supone escrita. Por eso decimos literatura amazónica, literatura campesina, literatura negra, porque suponemos que la literatura "de verdad" es urbana y se ocupa sólo de gritar su impotencia frente al mundo. Por eso se odia la literatura social, la novela política, la poesía comprometida, y se la llama epopeya y no novela, se la denigra de rollo pasadista, se agravia con ira contra cualquier escritor que se atreva a hablar de la pobreza y la injusticia.

Literatura femenina, ¿por qué no? A nadie le hace daño. Resulta más sugerente y complejo que decir: literatura escrita por mujeres. Si no, esperemos que se diga: literatura escrita por hombres, literatura escrita por o para niños, literatura escrita por peruanos o sobre el Perú, y así, ad absurdum.

EL TEMA SOCIAL



La literatura de carácter social, o más específicamente, la literatura cuyo tema es la situación social de un pueblo, ha causado más de un desmayo entre la ofendida intelectualidad oficial de todos los países del mundo. Pese a que es una actitud literaria tan vieja como discutida, aún sigue provocando fantasmas y terrores, así como iras santas y rabietas zoológicas.

El asunto no debería ser novedoso de plantearse, pero su tratamiento interesado sigue confundiendo incluso a los más ilustrados. Si partimos del criterio de que la actitud literaria, es decir, la conducta del escritor frente a la literatura, es condenadamente libre, debemos reconocer que en principio el escritor puede escribir sobre el tema que mejor le parezca. No sobre un tema correcto, no sobre un tema con el que se siente oprimido y chantajeado, sino sobre el que le dé la reverenda gana.

Si esto parece fácil de comprender, no lo es cuando se trata, por ejemplo, del tema social. Los escribas de la sociedad feliz arremeten contra cualquiera que haga literatura social. ¿Por qué? ¿No se supone que el escritor es libre de escribir sobre lo que desea? Pues resulta que no. Para estos señores los escritores están condenados a escribir sobre lo que ellos dictaminan, por ejemplo: el nihilismo vital, el pesimismo existencial, la derrota de todo proyecto político, el hundimiento subjetivo, la fatalidad de la existencia, la droga, el alcohol, el homosexualismo, la nada; sólo si escribimos sobre estos asuntos seremos escritores válidos. La prueba de esta afirmación se encuentra en los diarios y revistas culturales del país: sus autores promocionados son puntualmente sus autores domesticados.

Sin embargo, esta libertad concedida en principio a todo creador tiene dos grandes limitaciones que la hacen relativa: el escritor es producto de su sociedad y de su tiempo, y responde consecuentemente al mundo que le ha dado vida. Además, se encuentra frente a una tradición literaria que él no construyó pero sí heredó, y que lo obliga a sus métodos, recursos, géneros y estilos que relativizan aun más su pretendida libertad absoluta. El escritor es producto de sí mismo tanto como de su sociedad. Piensa, habla y escribe lo que su sociedad le ha dado, y su aporte a esa herencia no es otra cosa que su incanjeable subjetividad. De ahí que las inquietudes que toda aproximación política, social o comprometida en la literatura (tan permisible en principio como cualquier tema banal y comercial) provoca en las almas sensibles sólo puede producirnos sentimientos de compasión y lástima intelectual.

Es probable que mucho del terror contra el tema social se deba a dos razones: 1) La vieja experiencia autoritaria de algunos países socialistas que quisieron imponer un modelo temático en la literatura; y 2) Al temor a confrontar las vidas mercenarias (que pudieran ser las suyas) con aquellos que conscientemente optan por su compromiso con los explotados del mundo. El primer punto les da el pretexto, y el segundo los hace negar cualquier discusión democrática. Se impone, entonces, la intolerancia y la deshonestidad, y por eso los mayordomos de la cultura oficial prefieren ignorar a los escritores sociales que confrontarlos.

Pese a cualquier experiencia lamentable, la literatura seguirá siendo crítica, que es señal de vitalidad, en contraste con la satisfacción y el regodeo subjetivo, inequívoco síntoma de decadencia. Por eso el tema social, que es crítico por excelencia, se enfrenta a tantos adoloridos escribidores al paso, y seguirá adelante con todos los recursos e instrumentos que su propio desarrollo ha logrado conseguir con el transcurso de los años. Es una opción más, es cierto, pero en determinadas épocas es jodida y aguafiestiera como ella sola.

EL OTRO ARGUEDAS



Leer a José María Arguedas es una manera de vivir la literatura. Es sumergirse en los dramas y pasiones de los personajes marginados de nuestra literatura. Es saber que el castellano puede hermanarse con el quechua y expresar una sensibilidad más sincera y fraternal. Es encontrarle otros sonidos y otro ritmo a ese español que usamos todos los días y que batallaba con Arguedas por la expresión más sentida y conmovedora. Es saber que detrás de todas sus palabras latía el corazón de un peruano sabio, de un hombre generoso, de un escritor que era mucho más humano y más artista que el simple orfebre de la palabra. Y saber también que iba a encontrar más que enemigos encarnizados en todos aquellos que verían en su propuesta literaria compleja, polifónica, océanica de sentidos y significados, los errores más que los logros, las deficiencias más que las victorias increíbles en el plano narrativo.

Sin embargo, esta manera de quererlo no desmerece una crítica que en el fondo no es más que un desacuerdo. Por ejemplo, se le ha criticado las limitaciones estructurales de sus novelas, imaginando que toda textura narativa moderna debería ser como las novelas occidentales. Y si bien es cierto a veces Arguedas nos parece un escritor novecentista, también es cierto que su estructura narrativa, como en Los ríos profundos, obedece a cánones estrictamente contemporáneos. Algunos críticos comparan la estructura de Los ríos profundos con una ópera, es decir, con un género musical que rompe con los esquemas tradicionales de la textura narrativa. De todos modos, sin realizar una defensa ante las no pocas críticas a la obra arguediana, podemos señalar algunas que consideramos deberían tomarse en cuenta por motivos artísticos e ideológicos. Una de ellas es la suerte de sus personajes.

Si consideramos como valor adicional el aspecto formativo de la novela en los lectores, constataremos que sus personajes humillados, explotados, con una autoestima por los suelos, psicológicamente problemáticos, a veces pesimistas y hasta fatalistas, inhábiles para solucionar problemas, poco rebeldes, poco revolucionarios, resultan inaceptables para una conciencia crítica y transformadora.

Esta construcción de personajes puede ser explicada (la angustia del escritor, los traumas de la infancia, etc), pero no puede ser justificada. Personalmente, prefiero los personajes de Ciro Alegría, que se enfrentaban al poder y luchaban; y aunque salieran derrotados individualmente, el proyecto social de rebeldía seguía adelante; lo mismo los personajes de Manuel Scorza. Personalmente, prefiero los personajes inolvidables y rebeldes de Hildebrando Pérez Huarancca en su libro Los ilegítimos, acaso el mejor libro de cuentos escrito en el Perú.

Tal vez la construcción de personajes en la obra de José María Arguedas haya sido un aspecto inconcluso e incomprendido para él mismo; tal vez, por eso, esperaba que la crítica entendiera que la escena del levantamiento popular en Los ríos profundos era el anuncio de la futura revolución peruana. Pero eso era el contexto. Dostoievski latía inoportunamente en su obra y en su vida. Había demasiada agonía y demasiado sufrimiento sin su correspondiente alegría. Sus personajes eran muy sensibles y cálidos y dolorosos, y también muy humanos desde su debilidad sentimental, pero carecían de la fuerza y la dignidad para ser conductores o actores de una vida mejor.

Sin embargo, no podemos dejar de querer a Arguedas. De otra manera, sin duda. Como a un hermano mayor que supo querernos a tantos, pero se olvidó de quererse a sí mismo.

Lady Rojas-Trempe: ALUMBRAMIENTO VERBAL

(entrevista)

¿Cómo surgió la idea para reunir un estudio crítico, una antología y entrevistas a escritoras peruanas en un solo libro?

–Actualmente soy catedrática de la Universidad Concordia en Montreal, Canadá, y a través de mi experiencia pedagógica en varios centros de estudios como la Universidad de Ottawa y la Western Ontario, me di cuenta de la ausencia de las escritoras peruanas en los textos universitarios que abordan el panorama general de la literatura hispanoamericana. Véanse al respecto: Huellas de las literaturas hispanoamericanas (1996), Panoramas Literarios América Hispana (1998) o Voces de Hispanoamérica (1996). Éste último sólo considera a Clorinda Matto de Turner, mientras que en los dos primeros no figura ninguna peruana. Un poco para solucionar ese problema emprendí el proyecto de investigación para manifestar la presencia de las mujeres en el arte literario del Perú. A partir de un curso de Crítica Literaria vi la necesidad de plantear la literatura en sus tres géneros más conocidos: dramático, narrativo y poético. Sin embargo, existía un descuido en cuanto al ensayo y a la entrevista como formas de aproximarnos a la crítica para entender los textos, a sus autoras y los contextos en los que se producen las obras literarias.

¿Puedes señalar las características generales de la literatura femenina peruana?

–Esa pregunta amplia podría servir como tema de una tesis doctoral, pero tendríamos que reformular la noción “femenina” por su estrechez y limitaciones dualísticas; entonces sólo mencionaré a grosso modo ciertas tendencias de la literatura peruana escrita por mujeres hace más de un siglo para entender su evolución en el XX como lo plantea Roland Forgues en Palabra viva, Las poetas se desnudan (1991). A partir de la independencia del Perú los intelectuales se sacuden del yugo de España y buscan otros alimentos espirituales en países europeos como Francia, Alemania e Italia, en el mundo oriental o en los Estados Unidos de América. Esa apertura más internacional permitió que los artistas peruanos encontraran otras culturas, influencias y corrientes literarias. En 1833 llega de Francia a Arequipa, Flora Tristán, revolucionaria utopista y mujer feminista, con el objetivo de exigir su herencia paternal, pero se encuentra con una sociedad patriarcal cuyas instituciones religiosa, familiar y social conminaban a las mujeres a los muros de los conventos y casas en calidad de esclavas. Pero también advirtió la fidelidad, lucha y valentía de las rabonas que colaboraban con los soldados para obtener la independencia. Un año más tarde Flora publica Peregrinaciones de una paria, relato que fustiga el conservadurismo arequipeño y denuncia la opresión de las mujeres en el Perú. Su obra será quemada por su tío Pío Tristán en la Plaza de Armas y el recuerdo de La Santa Inquisición durante la colonia con su larga trayectoria de represión y violencia hacia las brujas peruanas se convertirá en una página sucia de nuestra historia. Otro momento histórico fundamental en el siglo pasado fue la Guerra del Pacífico (1879-1883) porque permitió que los artistas en general se solidarizasen con su patria. Ello explica que muchas escritoras incursionasen en un periodismo nacionalista y crítico que todavía no se ha valorado. Clorinda Matto de Turner fue no solamente directora de El Perú Ilustrado en Lima, sino “la primera mujer en las Américas que editó un periódico diario” y “fundó una imprenta feminista”, La Equitativa, según Mary Berg. A través de sus novelas, Matto abordó la colusión entre el poder religioso y el político que despertó el furor de las autoridades. La excomunión, la persecución y el exilio se ensañaron en contra de la autora de Aves sin nido. Esa participación directa de solamente dos escritoras en la vida pública de su época demuestra que no se mantuvieron al margen, a pesar del statu quo, de los ataques y la represión.

Kristeva señalaba que la maternidad era una experiencia particular de la mujer, porque transmitía la ternura, que impulsa el lenguaje. Sin embargo, la ternura parece hallarse ausente entre las narradoras. ¿Por qué?

–No creo que podemos generalizar esa idea. Los cuentos de Zelideth Chávez matizan esa relación humana entre madre e hija. En la infancia la convivencia se torna más armoniosa como lo expresa el cuento “Anatañani”; pero cuando se llega a la adolescencia, la púber –no sólo en el Perú– siente la necesidad de romper el cordón umbilical, y las relaciones se complican como en “Una rendija para escapar”. La obra dramática de Marcela Robles también permite comprender la tensión entre madre e hija no solamente como problema generacional, sino como posturas de seres diferentes frente a la realidad. Mientras que la madre ignora el problema del incesto y sus consecuencias, la hija desea entenderlos racionalmente y no logra hacerlo. Eso explica el enfrentamiento.

El feminismo peruano no parece muy cercano a las aspiraciones de los sectores populares. Pareciera que su literatura tampoco. ¿Qué piensas?

–Se tendría que delimitar la evolución del feminismo en el Perú para dar una respuesta clara a tu pregunta. Desde fines del siglo XIX ha existido una conciencia claramente reivindicatoria en las escritoras peruanas de la necesidad de denunciar la marginalización no solamente del sector femenino, sino también del indígena y del infantil. Ello explica por qué tanto Cabello de Carbonera como Matto de Turner, sin ser feministas como entendemos el concepto ahora, se solidaricen en sus obras con dichos grupos sociales. En la década del 30 del siglo XX, tenemos a Magda Portal que emprende la escritura de Hacia la mujer nueva, un análisis esclarecedor de la triste situación de la mujer peruana y sus aspiraciones para que sea tomada en cuenta en la vida socio-política. A partir de los 70 se va forjando un movimiento más radical entre las escritoras tanto de Lima como de provincia, que cuestiona no sólo la discriminación hacia la mitad de la humanidad, sino también la explotación tanto económica como social. Varios cuentos de Gaby Cevasco y muchos poemas de Rosina Valcárcel, por citar solamente a dos de las que he incluido en mi libro Alumbramiento..., muestran claramente la deshumanización del sistema capitalista y su preocupación por las mujeres y sectores populares. También habría que tomarse en cuenta las crónicas de personas politizadas como Maruja Martínez, militante de un partido de izquierda que explora en su testimonio, Entre el amor y la furia (1997), las contradicciones internas que se dieron para considerar en su agenda los derechos de las mujeres. Creo que a fines del milenio deberíamos emprender el estudio del aporte de los grupos feministas en el Perú sobre el reconocimiento de los derechos legales, sociales y culturales para las mujeres de los sectores populares, a través de talleres sobre la sexualidad, el aborto, seminarios sobre las relaciones de dominación y la violencia familiar, debates sobre experiencias laborales...

En la presentación de tu libro dijiste que la obra de Zelideth Chávez era la única optimista. ¿Por qué el pesimismo de las demás?

—Invitaría a los lectores a tomar con cuidado el cuento “Aragato bar” de Rocío Silva Santisteban para entender por qué la población de una sociedad que empuja a los artistas a los márgenes, puede perder la esperanza. O por qué el peso de las tradiciones y prejuicios sociales en el caso de los personajes de Cevasco, Moromisato y Ollé, permite que una población esconda sus deseos y aspire a la muerte, pero también a la transformación. En este sentido entiendo que los textos de Chávez, de Troiano y de Westphalen apunten mejor a una visión esperanzadora.

¿Cómo asumen las escritoras los problemas de nuestro país?

–Todas ellas se preocupan por exponer las contradicciones que manifiesta nuestra era contemporánea, pero cada una lo hace desde su posición concreta frente al momento histórico que vive. Tanto en la dramaturgia, la narrativa como la poesía abordan temas con respecto a la situación de marginalización de las mujeres, de los trabajadores, de los niños y de los artistas, cuestionan los valores morales tradicionales que la sociedad ha impuesto con respecto a la sexualidad y a la religión, hablan abiertamente sobre: el incesto y el suicidio, la violencia política nacional o familiar y los deseos libertarios de justicia. Algunas se dan cuenta del poco interés que se adjudica a la cultura y a sus representantes. Es verdad que muchos personajes caen en la desesperación y el desasosiego por sus limitaciones sociales, angustias personales que de alguna manera transparentan la falta de recursos humanos en el Perú y la incapacidad de los sistemas políticos para resolver las dificultades. La diferencia con la literatura de los años 60 es que ahora se bucea más en el interior personal, más que en la sociedad para tratar de entender los conflictos y que las utopías revolucionarias no son las mismas.

Pese a que no has antologado a las ensayistas, ¿cuál es el aporte de las escritoras al análisis teórico de la literatura peruana?

–En la literatura contemporánea de mujeres existe una gran conciencia artística que exige mayor rigor tanto a las escritoras para elaborar sus textos como a los lectores para entenderlos. De las 14 que he analizado, puedo confirmar que todas han cursado estudios literarios y de crítica, algunas son catedráticas en la materia y siguen participando en talleres de escritura que les permite tomar distancia con su producto y mejorarlo, varias de ellas hacen crítica literaria y contribuyen en el debate cultural. Ya no existe la ingenuidad de que la inspiración es la receta para armar un libro. Sus textos literarios justamente dan prueba de ello. Además dos libros compilados por dos escritoras que incluyo en Alumbramiento, Marcela Robles con A imagen y semejanza, reflexiones de escritoras peruanas contemporáneas (ensayos, Lima: FCE, 1998), y Rocío Silva Santisteban con El combate de los ángeles, Literatura, género, diferencia, (Lima: PUCP, 1999), intentan poner las bases teóricas y pragmáticas sobre una literatura que tiene que aceptar nuevos desafíos, como el de tomar en consideración el factor del género en tanto marcador de la identidad cultural.

Has prometido dos tomos más para Alumbramiento. ¿Cómo lo vienes organizando?

–El segundo tomo en el que estarán incluidas Blanca Varela y Laura Riesco, entre otras, está listo en un 80 por ciento. Este viaje que acabo de realizar tenía como objetivo fundamental tomar contacto con las escritoras de provincia para ir planificando el tercer volumen.

Finalmente, ¿qué impresión te llevas de este Perú de fin de siglo?

–Creo que culturalmente nuestro Perú está atravesando por muchos desafíos, pero me alienta el hecho de que la literatura escrita por mujeres convoque el interés de gente que antes tenía muchas dificultades para entender su participación activa en el curso de nuestra historia.

Ricardo Ayllón: MONOLOGOS PARA LEONARDO



Monólogos para Leonardo (Lima: Fondo de fuego, 2001), del escritor chimbotano Ricardo Ayllón, es un libro de dieciséis crónicas publicadas –la mayoría– en La Industria de Chimbote entre los años 1995 y 1999, y cuyo tema de fondo, por encima de nostalgias chimbotanas, escarseos amorosos y arrebatos futboleros, es la soledad. Ya no resulta curioso que el combate subjetivo entre los escritores de la juventud urbana represente el meollo de la escritura; es más, es considerado como elemento sustantivo de lo contemporáneo. Frente a la desasón, el desarraigo, la soledad y el aura generalizado de derrota en un mundo que derrama agravios irresueltos no existe ánimo de confrontación para denunciarlo. Es decir, el escritor es consciente del agravio, pero el signo de los tiempos –de la literatura– consiste en no enfrentarlo. Este sentimiento está presente en cada una de las páginas de este libro, cuya pintura de lo cotiniano penetra descarnadamente en personajes sin alma ni pasiones. Tal vez por eso el cronista abandona lentamente la imagen de la realidad y se sumerge en un yo poético menos reflexivo y más lírico, sentimental y nostálgico. La prosa se ha rendido ante la poesía.

¿LITERATURA ESCLAVISTA?



Un reclamo bastante común entre muchos escritores es el de no contar con suficiente tiempo para escribir, debido principalmente a que deben enfrascarse en actividades alimenticias para sobrevivir. Pero este reclamo, legítimo por cierto, de necesitar más tiempo para escribir lo que la imaginación nos exige, es también confundido con el deseo de vivir de la literatura, que no es lo mismo. Muy pocos tienen la suerte de vivir de la literatura, y tal vez existan escritores a quienes no les interese vivir de ella. Una afirmación romántica diría, más bien, que los escritores deben vivir para la literatura, y no vivir de ella. Carlos Marx, por ejemplo, y también Franz Kafka, creían firmemente en esta idea. Pero nuestros tiempos prácticos han creado más bien el convencimiento de que el ideal de todo escritor es vivir de la literatura. No es dañino, no es malo para nadie, y todos los escritores consagrados (buenos o pésimos) viven alegremente de ella. El espíritu hacia la literatura ha cambiado, sin duda. La idea de ser un fin en sí misma ha sido reemplazada por la más pura instrumentalidad: la literatura es un medio que proporciona prestigio y lucro; por tanto, se puede vivir de ella. Como vemos, la primitiva preocupación por contar con más tiempo para escribir ha sido sustituida por una cuestión mercantil. Nos preguntamos, sin embargo, si el deseo de contar con más tiempo para escribir se debe a que las labores domésticas absorben demasiado tiempo, o porque todo escritor es y debe ser un esclavo de la literatura, a la que debe entregarle su tiempo y su vida. Esta última posición fue asumida, por ejemplo, por Mario Vargas Llosa, quien entiende la labor del escritor como una entrega absoluta a la literatura. El escritor es esclavo de ella, la literatura es fuego, etc, etc. Para Vargas, en esencia, el hombre sólo tiene una vocación, un anhelo, una meta, una aptitud. No es nunca un ser complejo, dinámico, capaz de hacerle frente a la riqueza de la vida. El escritor es un ser castrado, porque sólo puede escribir, y nada más que escribir. ¿Por qué, si yo quiero esta noche pintar, mañana visitar la selva y escribir una crónica de viaje, luego ir a mi estudio de abogado, realizar una investigación lingüística sobre el habla quechua en Marca, o dirigir un montaje teatral, voy a esclavizarme simplemente con la literatura y nada más que con ella? Los genios de la ilustración estarían decepcionados con una ambición tan pobre. Los grandes escritores no fueron simplemente escritores. Tolstoi fue tantas cosas, y escribió la mejor novela contemporánea: Guerra y paz. El gran Guimaraes Rosa fue médico, rebelde, diplomático, políglota, etc, y escribió la insuperable Gran serton: veredas para las letras americanas. Goethe fue científico, canciller, diplomático, artista, y además autor de Fausto. La lista de este linaje de escritores es bastante larga. El escritor que sólo vive de su obra, o para su obra, en cambio, es mínima. Ser solamente escritor quizá sea una forma de empobrecer nuestra experiencia vital y creadora. Si la idea del escritor esclavo de la literatura es cierta, ¿por qué Vargas hace, al mismo tiempo, periodismo, política, militancia neoliberal, además del vitalicio y lucrativo oficio de anticubano y antisocialista? ¿Ha traicionado Vargas a la literatura? De otro lado, entender a la literatura como una forma de esclavitud es difamar este bello oficio creativo. Y peor, es negar que el escritor pueda saber responder a los desafíos de su tiempo y participar en las transformaciones sociales, y al mismo tiempo escribir. No es curioso observar que quienes defienden la literatura como forma de esclavitud propugnen, social e individualmente, el egoísmo militante; mientras que aquellos escritores que conciben a la literatura como un acto de libertad participen del dulce privilegio de ser actores y testigos de nuestra realidad, de nuestro tiempo tumultuoso.

Angel Gavidia: AQUELLOS PAJAROS



La producción literaria de Angel Gavidia (Santiago de Chuco, 1953) es un constante fluir hacia la maestría de la palabra precisa y el significado sorprendente. Sus cuentos en “El molino de penca”, tiernos y concisos, son esbozos de precisión narrativa cuyos antecedentes expresivos se encuentran en sus anteriores poemarios “La soledad y otros paisajes” y “Un gallinazo volando en la penumbra”.

Esta vez, con un libro de cuentos singular como “Aquellos pájaros”, Gavidia recrea el paisaje rural peruano sin rendirse ante el reto de la realidad social ni de la pura imaginación.

Vida cotidiana y anécdota extraordinaria conviven en el caserío que ve llegar por primera vez el avión, en la lucha enfebrecida contra un árbol de molle finalmente dinamitado, o en un río que, al ser vencido tras la construcción de un puente, se seca; además, amores locos, desventuras de un zorro doméstico sacudido por la inmigración, la soldadesca entre la guerra y el abuso, o las aventuras increíbles de una botija de vino, entre otras historias, sintetizan no sólo la vida del poblador en medio de su diaria lucha por sobrevivir, sino también la fantasía popular para enfrentar las adversidades de la naturaleza y la sociedad.

Gavidia nos ofrece una conciencia muy particular del quehacer literario, que antes sólo habíamos vislumbrado en la narrativa de Urteaga Cabrera. Esta conciencia se dirige a construir magistralmente el conjunto de elementos narrativos, de modo que nos sorprenda con su precisión y contundencia.

Además, el lenguaje ha sido elaborado con exigente cuidado. Estamos ante un estilista del idioma, que no retrocede ante los retos de la oralidad ni ante el registro infantil (notable el último cuento para niños “Jacinto, el jilguero”). Sin duda, esta maestría en el manejo de los relatos cortos y breves no se agota en la narración de los hechos principales (que sería suficiente para la mayoría de grandes cuentistas), sino que se deleita en recoger –como de pasada– elementos coloridos del paisaje o cualidades de los personaje populares que podrían haber sido considerados ociosos en otro tipo de registros, pero que en Gavidia iluminan y hasta dan sentido a una narrativa breve y al mismo tiempo intensa.

Podríamos agregar como características adicionales de esta narrativa el constante humor de Gavidia, que atraviesa incluso los momentos dramáticos de sus personajes; el cariño y la ternura para tratar a personajes del pueblo, tanto humanos como animales, así como un enfrentamiento a todos aquellos que abusan del poder en sus distintos niveles. Hay mucha solidaridad en sus historias, ironía y viveza que constituyen, en el fondo, la mirada de Gavidia hacia el pueblo que sufre y que goza las peripecias de la vida. Porque el mundo pintado ama la vida, lucha diariamente por salir adelante y esgrime la alegría para darle sentido a la existencia.

Así conocimos a Angel Gavidia en Trujillo, donde radica desde hace muchos años y se desempeña como médico de un hospital local. Su carcajada incontenible y anécdotas disparatadas eran suficientes para comprender su narrativa. Compartir cebiches y cervezas a su lado, lejos del hospital y los sinsabores del drama humano, nos acercó al hombre y al escritor que comparten el mundo de la literatura como se comparte la vida.

Iván Yauri: RASTRO


Iván Yauri es un joven poeta nacido en Quillabamba, Cusco, en 1963. Viajero y escritor empedernido, ha publicado el sentido poemario Rastro, cuya mirada escrutadora hiende cálidamente los escombros de una sociedad que esforzadamente busca desmoronar los mejores sentimientos. Bajo esta tácita sombra el autor emerge una columna de emociones para mostrarnos la vida limpia de sentido y de anhelos.

En esta cruzada Yauri no se anda con rodeos, pero sí con imágenes directas y sencillas. "Los ejércitos de náufragos/ de nómadas y de siervos/ continuaban su guerra civil...Mientras la Tierra vivía/ en lucha de clases/ el desierto hervía de tropa/ de madres de 13/ y ancianos de 40".

¿Cómo emprender una mirada a la poesía cuando ésta vuelve sobre su tradición más noble y rebelde? La respuesta está en la misma poesía. En primer lugar, enfrentarse a un poemario cuya voz rescata la tradición social de la poesía peruana es pisar terreno conocido. La sensibilidad de Oquendo, la ternura de Juan Gonzalo Rose, la rebeldía de Vallejo y Romualdo, la lírica cotidiana de Scorza se dan de la mano y bucean en los versos doloridos y esperanzados de Yauri.

¿Qué queda para la poesía peruana con un país despedazado por su propia pobreza? La postura de poetizar la basura, la insípida cotidianidad pequeñoburguesa, o el juego del lenguaje que sólo busca autonomía para cerrarle los ojos al mundo han sido versiones insatisfechas y poco creativas. Ahora nos queda sus restos y sus hedores. ¿Qué queda para la poesía?

Rastro sabe definir el dilema y mira su entorno, observa su país y alza su voz. "Aquí nos amontonamos como siempre/ trepamos remolcando rumor/ vamos ascendiendo al país/ desde el fondo de la Tierra". La frase precisa entreabre un abanico de imágenes sobre el origen del hombre sencillo, los inicios concretos donde no caben los requiebros ni las dudas.

Enseguida nos descubre la canción del emigrante, advierte sobre las miserias de las filosofías escondidas tras los escaparates de una vida cuya meta es el consumo, y canta al amor, reseña con claridad la voz de quienes verdaderamente hacen la historia aunque no aparezcan en los textos escolares.

Un hilo de nostalgia acaso se desprenda de sus palabras cuando la justa rabia lo obliga a rendir tributo a la memoria. Tampoco la ingenuidad lo atormenta. "Si la historia ha terminado/ señor Francis Fukuyama de la Rand Corporation/ qué hacemos aplastados/ en minas de diamantes de los blancos/ en cloacas de New York..."

La ironía, la imagen sorpresiva, la expresión lírica mezclada con el prosaísmo, la sencillez formal y el lenguaje cotidiano que lucha contra el ritmo edulcorado son algunas de las características de Rastro. En el poema "Oficio" acaso se observe mejor estos elementos: "Como nunca he leído a los poetas ingleses/ seguí vendiendo en la calle/ huyendo de los policías después/ de romper ciento cuarenta y cuatro poemas./ Reconocí las mentiras de la Academia/ y el rastro de la Izquierda de Zimmerwald./ Arranqué el agua del subsuelo que tampoco es mío./ Escribí este libro".

Iván Yauri destaca por una vitalidad y vigor semejantes a los de Roque Dalton y a la desenvoltura de Leoncio Bueno. Se trata de un poeta intenso, acostumbrado a las cosas claras de la vida. Así lo demuestra, finalmente, en su poema "Advertencia": "La poesía golpea y rompe/ Hace trabajo de zapa. Legal/ o ilegal salta las calles/ Entre las carreteras se busca/ y se toca. Anda. Muerde/ Sale a correr y besa. Se/ multiplica. Se lanza y estalla./ La poesía es para las muchachas/ y los muchachos que combaten/ al capitalismo en cualquier/ parte. Es para nuestros muertos que/ murieron peleando por la única paz/ la paz sin clases".

Es su grito de guerra. El poeta ha enmarcado su camino y le ha dado rumbo y vida a su propia poesía. La literatura no se convierte en instrumento pero sí en expresión de esos sueños, de esa rabia que Yauri desflora mediante la palabra. Es la otra vertiente de la poesía peruana, aquella que difícilmente encontrará espacio entre los altares de la cultura oficial, pero que andará por las calles, se trompeará y se hará hombre, y crecerá, y madurará bajo el inclemente sol de la experiencia.

Macedonio Villafán: LOS HIJOS DE HILARIO


Macedonio Villafán Broncano (Taricá, Huaraz, 1949) es un narrador de atrevida imaginación que ha publicado el libro de cuentos Los hijos de Hilario (Unasam-Río Santa Editores, 1998), compuesto por siete cuentos de temática andina que explora la realidad social mediante lo mágico interpolado con el realismo crítico.

Esta aparente contradicción es fácil de explicar si recordamos que tanto lo real maravilloso de Alejo Carpentier como el realismo mágico de Gabriel García Márquez utilizaban lo mágico, o más precisamente, la desbordante literatura oral de los pueblos americanos, como instrumento para expresar con mayor autenticidad y libertad creativa la realidad social que nos desborda a diario. Todo ello sin exceptuar el humor, la imaginación fantástica y cuantos recursos pudieran existir para hacer la lectura más apasionante y divertida.

Si bien es cierto muchos discípulos asumieron lo mágico con criterio más bien diletante o puramente subjetivo, también hubo quienes emprendieron la renovación de la tradición realista de la literatura latinoamericana de modo creativo y con grandes aportes. En nuestro país han destacado últimamente, por ejemplo, Luis Urteaga Cabrera (El universo sagrado), Arnaldo Panaifo (Shamiro y otros cuentos), César Calvo (Las tres mitades de Ino Moxo) y Walter Meza (Morir en Pucallpa) para la literatura amazónica; y Oscar Colchado (casi todos sus cuentos) y Rafael Gutarra (Tiempo de fuego y alegría) para la literatura andina (no olvidemos que antes lo hicieron Arguedas, Scorza y muchísimos cultores no tan conocidos).

Esta vez lo hace Macedonio Villafán, y aunque el prólogo de su libro advierte de una versión indígena auténtica dentro del mundo andino, me parece que sus logros merecen escudriñarse desde otro ángulo. No creo que el problema que deba resolverse parta de la contradicción entre narrativa indigenista y narrativa indígena, porque nos enfrentamos a un texto escrito en castellano, cuyo lenguaje, estructura narrativa, género y total composición (a pesar de su temática andina y quechuizado español) lo inscribe dentro de la tradición literaria occidental.

En el cuento Hilario Llanqui, mañana te fusilan la anécdota se resuelve muy católicamente: el protagonista, quien sería fusilado en breve, huye de sus captores que le disparan concienzudamente y no advierte que su cuerpo ya es cadáver y que él sigue adelante como alma o espíritu. Algo parecido ocurre en Cena de difuntos: una viejita prepara la comida para las almas de los muertos, quienes se enfrentan a los soldados que han llegado en busca de subversivos.

En ambos cuentos la presencia de la rebeldía popular es notable, aunque sus éxitos parecen dirigirse hacia el otro mundo y no a éste. El autor recrea el pensamiento fantástico andino en cuyo seno conviven la mitología católica de las almas con lo extraordinario de la imaginación andina. Sin duda, se trata de una versión que todavía subsiste en la sierra y que refleja a las claras sus orígenes impuros.

En Fiesta grande se mezclan las celebraciones costumbristas con el humor hacia la malhabida riqueza, producto del narcotráfico. Y Tantas amarguras por ella recrea una dramática discusión familiar que sorpresivamente se transforma en un duelo verbal amoroso.

Sueños y viajes en las quebradas es más audaz en su concepción, y representa lo mejor del libro. Esfuerzos humanos, maldiciones de muertos y almas en pena se dan la mano para premiar la abnegación y la ternura de unos padres que, pese a los sinsabores de la vida, dan la cara al viento y a la muerte para seguir adelante.

El tema de la inmigración está presente en Como árbol sin fruto. Y es una denuncia, además, contra las irresponsables cirugías que infertilizan a la mujer, algo caro de comentar en nuestro país, donde insensibles gobernantes han obligado a miles de madres, con mentiras y falsas promesas, a esterilizaciones con consecuencias lamentables.

Finalmente, Requiem para Manuel Broncano es un cuento con la formalidad de una crónica que escarba en los rincones de la historia, los coolíes chinos y sus valientes rebeliones, la generosidad del poblador andino con sus alzamientos y, finalmente, el esclarecimiento de una leyenda. Curiosa manera de proceder para un autor que revela su inmersión en el mundo mágico andino sin la menor ingenuidad. El antepasado Manuel Broncano, dice la leyenda, fue llevado por los diablos a los infiernos. La voz corrió y se hizo parte de la literatura oral ancashina.

La crónica reconstruye los hechos y explica el origen de la leyenda. Manuel Broncano, jefe de arrieros de una hacienda ancashina, es curado de una grave enfermedad por los chinos de la costa. Cuando éstos se levantan contra sus patrones, Broncano les brinda víveres y armas. Una vez culminado el alzamiento, Broncano es enjuiciado como cómplice. Intentan obligarlo a declarar contra sus propios patrones, inocentes en el caso, pero guarda silencio. Finalmente lo asesinan, y el cura esparce la voz de que los diablos se llevaron a Manuel Broncano. Así surge la leyenda, como encubrimiento.

Esta lucidez del autor nos muestra que lo mágico no es más que un malentendido. En todo caso, no deja de ser instrumento o recurso literario y no una visión del mundo de validez en sí misma.

Un último aspecto que vale la pena señalar es el referido al lenguaje, que caracterizamos como un español quechuizado. Los esfuerzos de Arguedas, a pesar de sus logros y novedades, fueron geográficamente limitados. Ciro Alegría nos mostró otros mundos y otra manera de enfocar el mismo lenguaje. Y Oscar Colchado ha logrado fluidez y un nivel poético inédito para el castellano ancashino. En este último terreno Macedonio Villafán ha sido demasiado fiel a la manifestación oral, lo que ha resentido un poco su escritura. Breves desencuentros que nos advierten que el problema del lenguaje peruano (y del estilo) sigue siendo un tema apasionante para muchos escritores.

Samuel Ancajima: MASCARAS


Un poemario breve, intenso, musical y reflexivo es el que nos ofrece Samuel Ancajima (Tumbes, 1980). Su juventud no ha impedido comprender la importancia del sonido, ni el valor de la frase exacta y contenida. En 'Propósito', intenso poema del libro Máscaras (Trujillo: Ed. Dignarte, 2001) manifiesta: Escribo/ para entregarte mi garganta/ como un puño ensangrentado/ para violar en un instante/ el corazón de tantas gentes/ para comerme en un segundo/ todas tus miserias./ Escribo/ para burlarme de tu razón/ para ignorar tus supuestos equilibrios/ y defender la verdad de estas mentiras.

Pero el verdadero propósito del poeta es enfrentar los sinsabores de la vida. La irreverencia religiosa y erótica yacen en estas palabras: Esta noche he adorado a la virgen/ con un rosario de moscas verdeazules/ y con las plumas de un viejo gallinazo./ Esta noche/ he lamido su vientre de inmundicia/ sus senos cien mil veces perforados/ y su olor de bestia misteriosa./ Dos centavos han sido suficientes...

Sin embargo, la alegría no se contrapone a la denuncia: Dentro de mí/ me he visto matando este destino/ después de fornicar con una rosa...

La juventud se estrella contra un sistema educativo obsoleto, el frágil amor y la dudosa nostalgia. Sabe el poeta de la necesidad de romper fuegos, pero no el camino: Ten cuidado de volar/ te cortarán las alas/ ellos no soportarían/ verte invadir otros espacios...

Por eso trata de redimirse en el amor, el eterno refugio de la juventud. En suma, Máscaras es un poemario rico en matices y sencillo como el espíritu que la produce: poesía inquieta, poesía breve, intenso reino de amor y rebeldías.

Carlos Rengifo: CRIATURAS DE LA SOMBRA




El joven narrador Carlos Rengifo (Lima, 1964) nos ha alcanzado dos meritorios libros de cuentos: El puente de las libélulas (Arteidea, 1996) y Criaturas de la sombra (Gaviota Azul, 1998). En ambos distinguimos un trabajo depurado en los recursos literarios, con una unidad de estilo difícil de mantener para cualquier joven narrador.

Acaso el primero sea el que haya conseguido mayor equilibrio entre el tema (pequeña burguesía asfixiada por la rutina de la sobrevivencia) y los recursos conscientemente delimitados, sin incurrir en temerarios experimentos que pudieran debilitar su coherencia narrativa. A lo largo de todos sus cuentos percibimos esa manera curiosa de orillar los momentos límite de las personas, pasión que se hace notoria y aplastante en su segundo libro.

El puente... es un conjunto de cuentos, precisos y dramáticos, que abría un sólido horizonte dentro del género. Y ahora, con Criaturas de la sombra, nos adentramos realmente en esa trama oscura (continentes negros, los llamaba Jaime Vásquez Izquierdo) donde los personajes, movidos por sus pasiones, prejuicios o simples confusiones existenciales, todos ellos seres de vida simple y cotidiana, se transforman en monstruos de sí mismos al lanzarse al abismo de la explosión existencial, carentes de fuerzas para soportar la dureza de la vida que los ha envuelto desde siempre.

Actúan como si de pronto tomaran conciencia de su ubicación en el universo humano. Se mueven por hilos invisibles que saben no manejan a su albedrío. Sin embargo, tampoco son las furias vengadoras de alguna conciencia culpable las que marcan el camino oscuro, ya que surgen precisamente dentro de aquellos seres cuya única culpa parece ser su propia existencia. Encontrarse en ese grado cero donde convergen el horror con la cotidianidad y no poder soportarlo, no saber sobrellevar una situación que en otros momentos tal vez ni siquiera hubiera sido advertida, los empuja a la sima de la deshumanización.

En el fondo se saben o se creen sucios, tocados por los fantasmas del horror que es su propia vida. No hay ventanas abiertas. El autor construye un callejón oscuro donde nadie posee la libertad de elegir una salida que los libere. Porque desde el inicio de cada cuento encontramos ya el aliento de la premonición. El sujeto está siempre condenado al fracaso, a la degradación, al hundimiento de todos sus valores sin que pueda realizar ninguna acción que lo redima. Los valores han sido rotos en su totalidad. La conciencia de algún resquicio de sentimiento, de humanidad, como el alcohólico que desea rehabilitarse y cuenta su drama a los pasajeros de un micro (para enseguida inmolarse con su propia historia), concluye siempre en el fin de las ilusiones. Estamos atrapados por las tinieblas.

Tal vez las formas para encontrarnos con los haces que iluminan la madeja narrativa partan de un concepto, sino existencialista, existencial, en el cual el sentido de la ubicación en el universo se halla totalmente problematizado. El hombre no sólo es un problema, es un caos, una fiera, un cadáver que inexplicablemente vive.

A diferencia de otros planteamientos existenciales, es decir, de aquellos en que se enjuicia el sentido de nuestra vida, en los cuentos de Rengifo hay una sorda mirada a los inútiles vaivenes cotidianos que establecen un combate contra el sinsentido total. Lo peor, acaso, es la lucidez frente a esa realidad. La conciencia se hace cómplice de la derrota y la misma razón (y los esfuerzos de los hombres generosos encaminados por ella) deja una estela de sufrimiento y dolor, y es tan inútil como ilusoria.

Y cuando nos creemos atrapados por el sórdido mundo del desaliento, en un cuento que curiosamente se llama El fondo del pozo encontramos una luz, una esperanza. Una voz le habla a una mujer que intenta suicidarse, y le dice, en una alocución parecida a aquélla con cuya rareza Kafka nos sorprendió alguna vez: Sujétate al vaivén de la marea, saca la lengua a los que te lastimaron, hazles saber que, aunque eres sobreviviente (una de tantos, de miles, que andan por ahí sin manos y sin sueños), no te arredra que hayan puesto los cadáveres frente a ti, que los hayan horadado a punta de plomo y culatazos, y alza la frente con valentía, sabiendo de qué lado está la razón.

Los cuentos se abren, por fin, a la vida. Sortean ese chillido lastimero presente en buena parte de la joven narrativa peruana anclada en la banalidad y en los sueños rotos. Y más adelante, en el último cuento titulado Detrás de las ventanas, desarrolla un tema novedoso y complementario para su organización narrativa: el de la violencia comunista.

Lo curioso radica en que no es ésta la protagonista de la acción, ni sus guerrilleros y alzados en armas, sino los mismos personajes apabullados por la confusión existencial y la patética banalidad. Uno de éstos, una muchacha de apariencia ingenua, es detenida por la policía justo cuando su curiosidad la llevaba a estudiar a los peligrosos teóricos comunistas, y es encarcelada, sometida a los vejámenes de toda prisión y finalmente se hunde en su mar de preguntas en un rincón de la cárcel.

En este último cuento se retrata mejor el segmento humano que, en otro tipo de literatura, expresa su vacío existencial como si se tratara del vacío existencial de todo el mundo; la confusión y el hundimiento moral suyos que quiere convertirlos en confusión y hundimiento moral de todos. El otro sector humano, que el autor no orilla, causa temor, ideas y sueños, e incluso un resquicio de ilusión.

Nos encontramos, entonces, lejos del autor ingenuo que en un país multicultural y multilingüe pretende convertir su insignificante voz en la voz de nuestro tiempo. Rengifo en cambio se ubica dentro de un mundo que conoce bien, que disecciona minuciosamente para enseguida repartir sus pedazos y dejarnos apenas la sombra de un cuerpo inerte, la esperanza partida de una falsa esperanza, los pies sobre la tierra en una realidad que a diario nos desborda con su complejidad, sus contradicciones y sus más bellas esperanzas.

Sonaly Tuesta: EL RESCATADOR Y LAS VIRGENES



Hace algunos años nos acercamos a la cálida poesía de una joven nacida en Amazonas en 1972, cuyas palabras acaban de retornar a sus fuentes para ofrecernos esta vez un libro de crónicas con la misma sencillez y emoción del primer libro.

Se trata de Sonaly Tuesta, autora de El secreto de los Sachapuyos (Ed. Los Olivos, 1994), texto donde los poemas se entrecruzan con los sentimientos y nos ofrece una de las más sentidas páginas sobre la infancia y adolescencia de nuestro tiempo. Sonaly retoma (recordemos a Oquendo de Amat) la belleza de la ternura para rondar y recrear las primeras estaciones de la vida, no del todo inocentes.

Con un lenguaje coloquial, imágenes sugestivas y precisas, el mundo de la infancia se puebla de los mismos fantasmas que acariciaron la imaginación de la autora. Sonaly Tuesta reconstruye la precariedad de la vida, las ausencias del padre, la laboriosidad y cariños maternales con la imaginación de sus emociones. El mundo es algo triste, así que un poco de alegría y ternura no le vendría mal. Esa es su mirada. Acaricia las cosas y los hombres y ellos toman nueva vida. "Jugábamos a la pega y a las escondidas/ Huyendo del cuco más rápido que volando/ Mamá cosía en la vieja máquina/ Hilvanando retazos que simulaban una blusa/ Había que aprender a vivir de los despojos".

Esa misma sencillez y claridad es la que, más adelante, desarrolla con mirada penetrante en su libro de crónicas El rescatador y las vírgenes (Arteidea editores, 1998), una antología de 21 crónicas periodísticas que se sumerge en las turbias aguas de Lima y sus demonios.

Como es su estilo, Sonaly cubre con simpatía y cariño a sus personajes y vivencias. No importa cuán crudas puedan ser las experiencias que marcan nuestras vidas. Siempre hay oportunidad para mirarlas con afecto. Por esta razón las imágenes de la turbulenta y contradictoria Lima tienen un rasgo de familiaridad que la hace más cercana y acaso más íntima.

Toda ciudad siempre es un monstruo. Tiene las cosas más bellas como las más atroces. Lima ha sido enfocada en estas crónicas desde el ángulo popular y sus diversas maneras de vivir y enfrentarse al mundo. Los hombres luchan pero también se someten y amalgaman. De su manera particular de integrarse surge la inmensa carpa criollo-provinciana poblada de payasos tristes, locos brillantes, vendedores ingeniosos y, en fin, una suerte de mercado cotidiano que hizo de lo provisional su propio monumento.

Sin embargo, si recordamos los estupendos asedios a nuestra ciudad por parte de Enrique Congrains, Oswaldo Reynoso y Luis Urteaga Cabrera, sentiremos que algo más profundo se nos escapa. Y es que los hábitos recientes que con el paso del tiempo se vuelven costumbre citadina demoran siempre en mostrar su verdadero rostro y sus motivaciones primigenias. Por eso la cronista enfoca el momento, captura la atmósfera vigente y con palabras amistosas construye un testimonio emocionado tanto de su referente como de su propio proceso litetario.

La belleza de su prosa se encuentra enmarcada dentro de una promoción de jóvenes cronistas surgida en los últimos años, quienes además de talento ejercitan la mirada testimonial combinada con estilo juvenil, audacia expresiva e información precisa.

Sonaly Tuesta ha logrado combinar estos elementos y, además de su inmensa ternura y su calidad poética innegable, nos ha entregado su mirada de cronista que siente lo que dice, su mirada testigo, tan sencilla como la vida.

jueves, diciembre 29, 2005

“SER LIMEÑO es un PROBLEMA que IMPIDE VER DEMOCRATICAMENTE la LITERATURA de PROVINCIAS”





(Entrevista de Ricardo Ayllón *)

Dueño de un rico precedente en el quehacer literario y artístico nacional, Ricardo Vírhuez Villafane (Lima, 1964) estudió Derecho y Lingüística, dirigió grupos de teatro, fue profesor de arte, es fotógrafo, poeta, crítico, cronista, cuentista y un promisorio novelista. Acaba de publicar la novela “Volver a Marca” (Arteidea, 2001). En ese marco referencial, emprendemos con él la siguiente conversación.

–Ricardo, sabemos que tu trayectoria es rica no sólo por tu fertilidad literaria sino además por tu experiencia en el vasto terreno de las artes. Y ello parece que empieza cuando estudias Derecho en la universidad. ¿Cómo se fusiona este inicio un tanto formal con el artista multidisciplinario que llegas a ser?
–Aunque no lo parezca, estudiar Derecho tuvo mucho que ver con las vocaciones que fui arrastrando desde el colegio. Estos estudios los puedo considerar ahora como parte de la cultura general que todo artista necesita en su preparación para la vida y para la literatura. Por eso en el colegio ya había empezado a escribir, motivado por un par de premios literarios que gané en aquellos años.

–Como muchos otros, yo fui lector de tus artículos en la sección cultural del suplemento dominical del diario La República. Pero eso fue durante la pasada década del noventa. ¿Aquella fue tu primera incursión en periodismo?
–En diarios, sí; pero ya en mis años universitarios, en los ochenta, colaboraba en revistas con crítica de teatro y de literatura, como Sollertia, Estación Reunida (del grupo Polen) y otras. Luego lo hice en La República y, posteriormente, durante mi estadía en Iquitos, en los diarios La Razón y El Matutino. Ultimamente estuve colaborando con el suplemento Andares de La República, y después como editor de la revista Arteidea.

–Si pudiéramos hacer una clasificación más entre los escritores, se podría mencionar a aquellos que creen en el periodismo como forma de ejercicio en su tarea de ser escritores, y a los que lo desdeñan. En el primer caso está el ejemplo palpable de García Márquez; y en el segundo, el de Sábato. ¿Tú te ubicarías en el primer grupo?
–Bueno, comencé a hacer periodismo por razones alimenticias, pero luego me fui enamorando del asunto hasta encontrarle la magia a escribir, por ejemplo, crónicas de viaje, como me sucedió con mis publicaciones en el suplemento Andares, donde fue extraordinario para mí publicar mis crónicas y fotografías porque implicaban viaje y más viaje. Mis notas críticas de teatro y de literatura obedecen, en cambio, a elementos intelectuales, de ideas. Lo que ocurre es un reto entre el intelecto y la emoción causada por la obra. El problema práctico para los escritores que se dedican al periodismo es que para algunos éste puede ser al principio un trampolín y seguir siendo sustento para su obra, mientras que para otros escritores el periodismo puede llegar a consumir su creatividad, a echar a perder su prosa.

–¿Y en ti cómo ha sido la influencia del periodismo?
–Para mí el escritor ideal es el escritor polifónico, el que ha atravesado experiencias muy ricas en las artes y en la vida. Creo que los escritores que más han sobresalido en la escena mundial han sido aquellos capaces de forjarse en diversas disciplinas. Lo que pasa es que vivimos una etapa en la que prima la especialización, y si uno no se especializa en algo se cree que no tiene una verdadera vocación literaria, y eso es falso, porque el que se dedica únicamente a la literatura produce mala literatura. El escritor debe permitir que lo enriquezcan las experiencias extraliterarias, no que lo limiten.

–Y lo que acabas de decir se plasma a veces muy bien en las obras que tienen hálito testimonial, autobiográfico. Eso sucede en tu primera novela, “El periodista”, que aparece en 1996.
–Las vivencias personales son un pretexto para darle cuerpo y color a la novela. Y es verdad, muchos personajes de “El periodista” son síntesis de personas que conocí a lo largo de mi vida. Esa novela la escribí en Iquitos, en la biblioteca municipal, desde donde observaba a la gente que llegaba por ahí, sus actitudes y sus gestos. El protagonista es un periodista corrupto, como lo retrata Vargas Llosa en “Pantaleón y las visitadoras”, sólo que en mi caso no fue únicamente un periodista radial sino también de medios escritos y televisivos; es decir, una síntesis. En ese sentido las experiencias de mi vida y las de la gente que me rodea me sirvieron como moldes para crear personajes e historias, pero no he tratado de ninguna manera de hacer un testimonio.

–Las experiencias de la vida de otros es lo que vemos mejor plasmadas en “Volver a Marca”, tu reciente novela que ha servido de marco para esta conversación. Aquí hallamos a un Ricardo Vírhuez totalmente diferente, empleando un estilo ajeno al de “El periodista”. Ahora llegas con un escenario netamente andino y con la recreación de un lenguaje propio de la zona. ¿Cómo se produce esta variación?
–Mis padres son ancashinos, del bello pueblo de Marca, en la provincia de Recuay. Era el lugar adonde ellos me llevaban cuando yo era niño a pasar vacaciones. Esta experiencia sin duda dejó muy estimulada mi imaginación porque a mí me gustaba mucho conversar con la gente del lugar, quienes me contaban tantas historias, algunas inéditas incluso para la literatura oral peruana.
Yo creo que allí, en Marca, comenzó mi pasión por las historias, por la fabulación. Y lo principal, el deseo de escribir una novela sobre Marca. Empecé esta aventura en los ochenta. Mi primer intento tuvo cerca de tres mil páginas, era una novela caballeresca, con mucha influencia de Walter Scott. Y es que era un escritor todavía muy ingenuo. Después escribí más versiones de la novela, y la última, que es la que he publicado, tuve que abreviarla sólo para romper con la complejidad que tenía. Es que antes eran tres voces frente a un mismo personaje: la madre que “escribe” desde lejos, el padre que “piensa” en su lecho de muerte, y el abuelo que “habla” herido. Finalmente sólo quedó como la historia del anciano que le cuenta a su nieto sus aventuras como bandolero. Para comprender esta novela hay muchas claves, una de ellas es el lenguaje…

–Así es, un español andino empleado ahora por algunos escritores que han reemprendido la ruta del indigenismo…
–Mira, en ese sentido no me siento deudor del castellano quechuizado propio de José María Arguedas o de Oscar Colchado, quienes le han dado características inimitables; en cambio sí confieso la influencia de un escritor que no es peruano sino brasileño, Joao Guimaraes Rosa, y de su novela “El Gran Sertón: Veredas”. La característica de mi novela radica en utilizar el español quechuizado pero dándole una connotación distinta, que parezca un lenguaje de la zona y que al mismo tiempo no lo sea. La novela experimenta un conjunto de recursos técnicos y una sintaxis que imita el quechua; por eso este lenguaje da la impresión de ser el que se habla en Marca, pero en realidad no es así. En Marca no se habla así, ni en Ancash, ni en ninguna parte del Perú. Pero parece. Por otro lado, los personajes tienen otro tratamiento. Creo que en general, en la literatura peruana, los personajes andinos y amazónicos han sido maltratados por exceso de cariño o de odio; además, son personajes perdedores, derrotados, pese a que en la sierra y en la selva ocurrieron cientos de rebeliones contra el poder, muchas de ellas victoriosas. He tratado de recoger una de estas rebeldías, la del bandolerismo, donde el personaje sale airoso y mira de cara al futuro, como una forma de afirmar al personaje andino. Y esto lo aprendí de Hildebrando Pérez Huarancca, un escritor injustamente olvidado, gracias a su libro de cuentos “Los ilegítimos”, un libro extraordinario en el que los elementos de rebeldía están latentes en todo momento, en la mirada, los gestos, y no sólo en la acción política, sino en la forma de reaccionar contra los agravios. En el fondo creo que mi novela puede tomarse como una novela de aventuras, pero también como una novela política, porque en algún momento el personaje se plantea si su camino de rebeldía es el correcto; si esa guerra, como él dice, es o no una ciencia, si es el camino...

–Ricardo, tú has vivido 7 años en la selva, pareces conocer bien el pensamiento andino y sueles ir regularmente a algunas ciudades de la costa. Sospechamos que has viajado mucho, ¿es así?
–Sí, he viajado desde mi infancia; también gracias a las muestras de teatro, a los eventos literarios y presentaciones de libros, a las conferencias y los debates, y a ese gran pretexto que fue para mí Andares. Y es que viajar es maravilloso...

–¿Y qué te han traído los viajes?
–Creo que una visión diferente sobre la realidad peruana; la confirmación de nuestro carácter multicultural, que uno aprende en teoría pero que en la práctica es duro de asumir; y el rompimiento de muchos mitos y complejos. Aunque no lo creas, el problema de ser limeño sigue siendo un lastre para que los intelectuales de Lima vean con ojos democráticos la producción en provincias. Los viajes me han demostrado, por ejemplo, que la mejor producción literaria no se halla en Lima, sino en provincias. Lo cual me ha llevado a aspirar, por añadidura, a escribir sobre los diversos mundos que tiene el Perú. Apenas llego a un nuevo pueblo, imagino historias, personajes, que sólo pueden estar ahí y no en otra parte. Tal vez un día escriba una novela que fusione todos esos mundos. Los mundos del Perú.

* Entrevista publicada en la revista El Ornitorrinco. Chimbote-Lima, febrero del 2002.

miércoles, septiembre 14, 2005

NUEVAS TENDENCIAS de la NARRATIVA ANDINA ACTUAL


1. La idea de tendencia narrativa me exime de caer en las farragosas aguas de las generaciones o escuelas, pese a que estos conceptos son igualmente válidos como construcciones pedagógicas para explicar el contradictorio transcurrir de la literatura peruana. Una tendencia narrativa, por tanto, no es otra cosa que la acumulación de semejanzas entre distintos textos que le otorgan cierto nivel de unidad, sensación de gusto común, imagen de un camino colectivo.

2. ¿Qué tendencias o rutas comunes encontramos en la narrativa peruana actual? Sin ninguna duda, muchas y variadas. No solo cada región, también cada cultura, cada zona lingüística, cada tradición académica o popular produce un tipo de literatura y sus tendencias respectivas. Algunas de estas tendencias perviven como formas tradicionales de hacer narrativa, caso del realismo literario peruano, de corte popular; otras son impuestas por los medios de comunicación masivos, que generalmente promocionan modas pasajeras en nombres y títulos; y otras finalmente representan intereses académicos con una presencia minoritaria en el universo literario nacional.

3. Ante la variedad de tendencias narrativas (hemos hablado solo de las más generales), nos interesa remarcar las que nos parecen las más destacables por sus aportes formales, su profundidad temática y su preocupación por la suerte de este país donde nos ha tocado nacer y librar nuestras batallas. La más resaltante es, sin duda alguna, la narrativa andina actual, que ha modificado diversos tópicos que se tenían sobre ella (el más repetido, de ser indigenista o posindigenista; o el de ser atávica, según Vargas Llosa al referirse a Arguedas).

4. Pero la narrativa andina actual compite con otras tendencias no menos importantes: una, que nace del cosmopolitismo pero deviene desde tiempos coloniales, es la narrativa criolla: negación del carácter preponderantemente andino de nuestra cultura, mirada con sentimiento de inferioridad hacia las literaturas europeas u occidentales, a las que cree única versión de la literatura, y uso y abuso de técnicas y recursos literarios contemporáneos sin anclar en el territorio y la cultura que les da vida. Esta tendencia literaria es la que goza de todos los favores de los medios masivos de comunicación, y la que inútilmente se marquetea como canon de la literatura peruana. De ahí que sus ataques a escritores de talla universal que expresan nuestra peruanidad (casos de Vallejo, Churata, Arguedas, Alegría, o ninguneados como los excelentes Urteaga, Pérez Huarancca o Ramírez Ruiz) aumentan con los años y los libros, y no pocas universidades sirven de caja de resonancia de sus furias. La literatura criolla preferiría otro país, y lo inventa con el poder de sus limitaciones.

5. Otra tendencia no menos abundante aunque poco conocida es la amazónica. Una lectura de Paiche, la emblemática novela de César Calvo de Araujo, nos descubre la increíble deuda de la narrativa amazónica con la literatura andina: localismos o regionalismos mayoritariamente de origen quechua, temas selváticos relacionados más con la sierra que con la costa, personajes que deben a la cultura andina su origen y su futuro (recordemos que el mismo Sangama, personaje de la novela homónima de Arturo D. Hernández, es un sabio amazónico descendiente de los Incas). La actual narrativa amazónica escrita en español (Vásquez Izquierdo, Lequerica, Casanova, Panaifo Texeira) es menos dependiente de lo andino, pero tampoco define su identidad en función de los grupos indígenas amazónicos. La literatura amazónica propiamente indígena, en cambio, nos sorprende con su variedad de temas, su multiplicidad de lenguas y una oralidad exuberante que poco a poco va trasladando su imaginación verbal a los libros. Esta expresión de narrativa amazónica incide profundamente en la identidad peruana, por lo que orilla ciertos excesos regionalistas para deleite de los exégetas criollos. Frente a los múltiples aportes de la narrativa amazónica al espectro de nuestra literatura nacional, permanece como deuda el no haber podido dotar a nuestras letras del espíritu tropical de su vida diaria, sus costumbres y su cultura.

6. Otra tendencia, de escasa influencia pese a su atractivo para los medios de comunicación masiva, es la que se denominó en un comienzo como ‘literatura light’ y que reunió a jóvenes narradores en exploración temática sobre drogas, homosexualidad y violencia juvenil, que se contentaron con la estridencia de temas que les parecieron luminosos en un país de contrastes extraordinarios y exageraciones vitales. Fue, por sus resultados, un breve apéndice de la literatura criolla, dependiente y acomplejada de sus fuentes pero extraña a la realidad social cotidiana.

7. ¿Qué nuevas tendencias sacuden nuestro universo literario? La narrativa andina se perfila con una solidez nunca antes vista. Desde Pérez Huarancca a Zein Zorrilla, Luis Urteaga, Oscar Colchado, Enrique Rosas, Andrés Cloud y Feliciano Padilla, la narrativa andina es no solo una propuesta temática; se trata sobre todo de un desarrollo literario profundamente anclado con el movimiento cultural que le da vida. Se trata, como en José María Arguedas, de la expresión de una cultura que se manifiesta a través del idioma español, y puede lograr niveles de un casticisimo perfecto como en Urteaga, semejante al logrado por García Márquez, hasta un español totalmente quechuizado, casi un nuevo lenguaje, como en Colchado. El quechua late y se vivifica en la narrativa andina, junto al español o fundido con él. Y a esto hay que añadir que ninguna técnica y recurso literario le son ajenos, como sí ocurría con nuestro tradicional indigenismo. Esta vez la literatura moderna en el Perú está marcada por la narrativa andina, y su influencia pesa sobre las demás literaturas, incluidas las que se practican en la franja costera de nuestro país. Si parecía que elementos mítico-históricos y la tradición oral, como en tiempos del romanticismo europeo, iban a perfilar lo nuevo en la narrativa andina, esta ha sobrepasado sus propios elementos y añadido otros, como si se renovara constantemente, como si fuera una matriz capaz de asimilar todas las formas y todos los temas, como si nos sorprendiera con su presencia rotunda y maravillosa.

Chimbote, 23 noviembre 2004.

lunes, septiembre 12, 2005

BREVIARIO de CRITICA LITERARIA







1. El escritor es, en primer lugar, un crítico de su realidad y por ello selecciona determinados aspectos del mundo para recrearlos según los modelos que su imaginación e intereses le requieran. Lo mismo hace el crítico, pero no frente al mundo sino frente a la obra literaria. El crítico selecciona determinados aspectos de la obra literaria y se enfrenta a ellos. En resumen, el crítico sintetiza esa otra gran síntesis realizada por el escritor, y esos son sus límites. La idea de una crítica neutral u objetiva es por ello imposible. El crítico no es un francotirador, sino el soldado de un ejército llamado ideología.

2. El crítico no es necesariamente un lector especializado, pues debido a la constante novedad de la creación literaria nadie puede estar totalmente “especializado” o preparado para enfrentarse a los nuevos retos de la creación literaria, la cual siempre va por delante de la crítica para someterla al reto de la interpretación y la lectura.

3. La necesidad hace que las armas de la crítica sean en la actualidad diversas, multidisciplinarias y omnívoras. Pero solo se trata de instrumentos, los cuales sirven para el inevitable salto al vacío que es el intento de alcanzar la comprensión total de la creación literaria. ¿Qué es la crítica literaria, sino sorpresivos, inteligentes y constantes saltos al vacío para aprehender la literatura, siempre esquiva, enriquecedora, novedosa?

4. Los instrumentos de la crítica, cuando se confunden con sus objetivos, producen la metacrítica sospechosa, arrogante, que mira por encima del hombro a la creación literaria porque, en el fondo, se sabe inferior a la imaginación verbal de la literatura que justifica su existencia. Pero la crítica es inseparable de la creación. Porque todos los intentos de acceder a la belleza de la palabra alcanzan su cima en la crítica, depositaria de las esperanzas para la comprensión y el mejor goce de la obra literaria.

5. El conocimiento de la tradición literaria, es decir, del desarrollo continuo de la literatura a través de los tiempos, confunde a menudo a la crítica. Supone que la producción literaria debe ser continuidad y no ruptura ni retroceso. Y la crítica califica y valora en lugar de comprender. Pero la creación literaria tiene su propia manera de existencia y comúnmente retrocede para saltar mejor. También retrocede para demostrar que la continuidad es un malentendido. Y retrocede, finalmente, porque la creación es libertad, algo que la crítica, atada a sus métodos e instrumentos, todavía desconoce.

6. Frente a la libertad creadora, la crítica opone burocracia, reglas, códigos, busca coherencias, inventa conceptos, propone categorías. A menudo la crítica cae en su propia trampa, e impone –en lugar del canon literario– el canon del mercado. El canon del mercado a menudo es literatura sospechosa y casi siempre es subliteratura: la obra famosa, la obra impuesta.

7. El canon literario en cambio es la summa, lo cernido, la ruta. El canon literario es propaganda. Y por eso es ideología y es política. De ahí su importancia y la explicación del porqué la crítica entrampada, a veces, quiere hacer pasar el canon del mercado como canon literario.

8. A la crítica hay que exigirle rigor, y la misma crítica se vanagloria por ello. Pero ella no se exige creatividad, porque no puede traspasar los límites que sus propios instrumentos le permiten. ¿Qué es rigor en la crítica literaria? Es el conjunto de categorías, métodos y recursos que el crítico debe conocer y aplicar correctamente.

9. Entre las diversas maneras de hacer crítica literaria, es la crítica académica la que exige rigor a la crítica por razones de imagen. Para demostrar que estudiaron 5, 10 o 20 años y se encuentran mejor capacitados de aquellos que solo reseñan en periódicos y revistas. ¿Y por qué la crítica académica, en lugar de exigir rigor, no pide creatividad, penetración, intuición? Porque la crítica se sabe limitada. Sus instrumentos son su medida, la prueba de su existencia.

10. ¿Por qué la crítica académica denuesta y se burla de la crítica fugaz de periódicos y revistas? Principalmente, debido a celos por la cercanía de la crítica periodística con los lectores. ¿Porque quién lee a los críticos académicos? Ellos dicen que no les importa si nadie los lee, porque escriben y publican para un público mínimo, especializado. Así, la crítica académica se sabe incapaz de acercarse a los lectores. Y solitaria, ve apolillarse sus textos con la única satisfacción de haber sido rigurosa.

11. Pero la crítica periodística no es un lecho de rosas. Se trata casi siempre de un pantano mercantil y argollero, célebre por su imprecisión, pero de una vitalidad extraordinaria. Por su carácter impresionista, fresco, afirmativo, por su falta de escrúpulos en la calificación, la crítica periodística ha influido realmente en la opinión de los lectores y en la carrera literaria de los escritores. Es una crítica creativa, equivocada casi siempre, a veces con chispazos de genialidad, más intuida que pensada.

12. Si la crítica académica es peligrosa por sus desplantes de pavorreal, la crítica periodística es mortal por su irresponsabilidad. Curiosamente, esta situación fronteriza constituye la belleza de la crítica. Los ejemplos de maltrato a escritores son innumerables, y la lista de sus víctimas, infinita. Sin duda, si la crítica es más famosa por sus yerros que por sus aciertos, ello se debe a que ninguna crítica es objetiva o acertada, a menos que la confunda con el elogio que la amistad o el buen humor pudieran procurarnos.

13. La crítica, en consecuencia, solo realiza acercamientos, solo enamora, rodea, lanza redes, requiebra, corteja, seduce de mil maneras, y si la entendemos así no caeríamos en la demagogia de solo exigir rigor a una disciplina que debería ser sencillamente creativa.

14. El placer de una reseña periodística se mide por el riesgo que esta asume frente a la creación. La valoración inmediata reemplaza al método, pero sin saberlo abre puertas e intuye caminos que por falta de espacio no puede recorrer, y luego los olvida. La crítica literaria en el Perú está colmada por este tipo de experiencias, y quienes lo ejercitaron con un vigor que aun ahora fascina fueron los propios creadores.

15. Salvo honrosas excepciones, han sido los escritores quienes enrumbaron la crítica literaria por el camino que ahora la crítica académica recusa: la improvisación, la fácil valoración, la ausencia de amplitud y de método. ¿Pero qué crítico académico ha hecho crítica, en pocas palabras, con la misma o mejor belleza que los propios escritores en sus improvisadas reseñas? ¿Qué crítico académico se ha abierto tanto a la literatura en provincias como los propios creadores provincianos, con reseñas, comentarios breves, artículos escritos al vuelo?

16. La crítica, ante todo, es estimulante. Es una cortina que repentinamente se corre y nos permite mirar lejos y profundamente. La crítica no es belleza pero nos permite verla con otros ojos, gozarla de otra manera. La crítica comparte, no impone. ¿Existe este tipo de crítica? Sin ninguna duda, y tenemos una importante tradición pedagógica al respecto, así como muchas pruebas de lo contrario.

17. Tal vez las afiladas armas del rigor crítico deberían apuntar contra blancos que mejor se lo merecen. Por ejemplo, el canon del mercado, la imposición publicitaria, la ideología intimidante, los ídolos de barro, las prácticas mercenarias de reseñadores de páginas culturales de periódicos. Y rendirse sin rencor ante la creación literaria.

18. La crítica literaria tiene mucho camino que recorrer ante una realidad tan múltiple como la peruana. Por suerte, no somos un país monocultural, no somos una sola nación ni una sola tradición literaria. Somos muchas lenguas, diversas tradiciones, variadas prácticas creativas. La abundancia de la literatura oral aún sigue alimentando a la literatura peruana en general. Nos rodea la multitud por todas partes. ¿Cómo no ser un crítico amplio, multilingüe, historiador, antropólogo, poeta y crítico al mismo tiempo?

19. Como la poesía y la narrativa, la crítica es también un sueño, un instrumento, un resultado, un camino para dignificar la vida humana. Es la vía que une los numerosos caminos de la cultura del hombre. Y la que nos repite que ante todo hay una verdad irrecusable: que hay muchas tareas pendientes, muchos sueños inconclusos, muchas realidades que transformar.

Lima, 27 de setiembre de 2003.