martes, enero 15, 2008

CIEN AÑOS DE SOLEDAD: Historia y fervor de una novela


A comienzos de 1965 Gabriel García Márquez se encontraba de mal humor. Había declarado varias veces que no volvería a escribir y esa apatía, esa infertilidad y aburrimiento parecía aplastarlo sin concesiones. Pero él no había renunciado, en realidad, a la literatura. Había renunciado a sus creaciones anteriores (que la crítica encomiaba con regular insistencia) como una medida de corrección, o, para decirlo más claramente, como un necesario paso de renovación.

Sus obras anteriores (Ojos de perro azul, La hojarasca, El coronel no tiene quién le escriba, Los funerales de la mamá grande, La mala hora) lo convertían en un narrador importante dentro de la literatura colombiana, pero García Márquez estaba insatisfecho consigo mismo, con sus narraciones y con la crítica que obstinadamente lo torturaba con sus elogios. Estaba descontento con el aire testimonial u objetivista de su prosa. El estilo debía mucho a la tradición realista y esta situación concentraba casi todas las trazas de sus preocupaciones.

García Márquez veía y sentía el mundo en sus niveles más contradictorios. El realismo de los intelectuales reducía la realidad a instancias esquemáticas y la empobrecía. De lo que se tragaba, entonces, era de hallar una forma literaria capaz de expresar en sus olores, sus fantasías, su sensualidad y riquezas antagónicas los momentos más insospechados (y antojadizos, y arbitrarios) de la realidad. No sólo de describir simplemente la vida cotidiana y los sueños e imágenes que ella nos produce, sino también de dotarles (a las palabras, a las novelas) de esa capacidad mágica de comunicarnos el paisaje y la vida con la misma y asombrosa intensidad con que nos asalta de continuo.

Pero también se sentía atrapado por las tareas no exclusivamente literarias a las que debía entregarse para sobrevivir. Trabajaba de redactor en publicidad y guionista cinematográfico, y, naturalmente, rendía su prosa a las exigencias de la empresa. Pero un día se le resolvieron de golpe todos sus problemas (por lo menos en la cabeza). Estaba conduciendo su automóvil por una carretera mexicana y su imaginación dio en el blanco: tenía ante sí la novela entera, poblada de personajes y de anécdotas sobrenaturales.

Si Franz Kafka había descrito las situaciones más absurdas del hombre con toda naturalidad y detalle, él, García Márquez, narraría las maravillas del trópico con naturalidad barroca, sensual, cargada de una vitalidad contagiante y festiva.

En su casa tenía entonces un lugar al que llamaba “La cueva de la mafia”, que era una especie de casita interior con baño propio y hasta con jardín. Antes de encerrarse durante muchos días y noches para escribir su novela, llegó a un acuerdo con su esposa Mercedes: ella no lo interrumpiría para nada, ni siquiera por los asuntos más domésticos del hogar (como los pagos por agua, luz o comestibles). Entonces, se encerró a escribir.

Debió ser divertido para sus hijos verlo salir de su escondite, en las noches, agotado de las jornadas de trabajo frente a la máquina de escribir y enteramente intoxicado de cigarrillos. Y lo que debió durar seis meses, según los cálculos del autor, duró dieciocho meses de entrega plena y dedicación exclusiva a la novela. Cuenta Ernesto Schoó que tanto García Márquez como su esposa Mercedes se encontraron al final con sendos papeles entre sus manos: él, con “Cien años de soledad”, y ella, con facturas adeudadas por un valor de diez mil dólares.

Sin mayor entusiasmo, pero con la satisfacción de haber concluido la novela que lo perseguía desde la adolescencia, García Márquez dio a conocer fragmentos de “Cien años de soledad” que fueron publicados en diversas revistas, mientras que, al mismo tiempo, se disponía a trabajar durante años como un galeote para pagar la deuda contraída por su esposa.

“Cien años de soledad” se publica en junio de 1967 y su autor recibe, con sorpresa e incredulidad, el éxito inmediato que se produce entre el público y la crítica. Las ediciones se suceden con pasmosa rapidez y con ellas las traducciones. En sólo tres años y medio son vendidos cerca de medio millón de ejemplares, y la novela es traducida, a los pocos meses de publica, al inglés, francés, italiano, alemán, sueco, polaco, rumano, japonés, húngaro, etc. Y son reeditadas y traducidas, también, sus producciones anteriores.

García Márquez alcanza de pronto celebridad y dinero. “Cien años de soledad” es elogiada en múltiples y contradictorios sentidos, al mismo tiempo que se hace famosa la actitud anecdótica, plena de humor y de ingenio, de García Márquez frente a los periodistas. La crítica celebra aspectos fundadores en la novela, y se vuelve un lugar común referirse a lo real-maravilloso y a los mundos mágicos americanos. Se aplaude la sensualidad de su lenguaje, las abigarradas vicisitudes de los personajes y el rescate, con maestría literaria, de los universos fantásticos del trópico colombiano, sin exceptuar, por ello, la implícita denuncia que elabora el autor de las injusticias, corrupciones y crímenes de las autoridades contra el pueblo.

Mucho se ha discutido sobre lo real-maravilloso, y en la actualidad son evidentes los síntomas de agotamiento y hasta quizá de anacronismo. El argumento más serio contra tanta magia literaria, como tenencia ideológica y concepción del mundo, parece ser aquel que, reconociendo la existencia de las fantasías, mitos, ilusiones y maravillas, establece que éstos son momentos aislados y exiguos (fiestas religiosas, fechas cotumbristas) en la vida popular, porque el hombre se preocupa en realizar actividades tan realistas como comer, trabajar, procrear, sudar la gota gorda y resolver pequeños y diarios problemas en forma inmediata. Así planteada, esta situación resulta irreprochable. Pero García Márquez resuelve esta cuestión literaria e ideológicamente: une lo mágico a las dimensiones más cotidianas de la vida, y todos los acontecimientos irreales, fantásticos e instintivos aparentan el realismo más elaborado. El resultado es una novela deslumbrante, en la cual, pese a las interpretaciones racionales más ambiciosas, pese al intento crítico de ‘ordenar’ ese ‘desorden’, sobrevive la comunicación casi total, donde son asaltados, nuestros sentidos y el goce es entonces placenteramente carnal, vibrante y ‘real’, en la misma forma ‘real’ en que nuestros sentidos aceptan (como convención necesaria) toda la fantasía de las obras de Homero, Cervantes y Grimmelshausen.

A estas alturas, tras los muchos años que han transcurrido desde la primera edición de “Cien años de soledad”, nos preguntamos qué ha quedado de ese fervor por la magia increíble de la novela, si exceptuamos, como dijimos arriba, el goce sensual y la sorpresa barroca de su lectura.

Cualquier respuesta a esta interrogante (arbitraria, qué duda cabe) debe tener en cuenta dos aspectos imprescindibles: los cambios sociales que se han producido en Colombia y en el mundo entero (que acaso afectarían las visiones del mundo, las poéticas, los intereses antagónicos y la propia vida del autor), y los nuevos aportes de la novela contemporánea con sus aciertos, avances y definiciones, entre las que sobresalen, por ejemplo, “El gran sertón: veredas” de Joao Guimaraes Rosa (aún insuficientemente conocida y estudiada), “La guerra del fin del mundo” de Vargas Llosa, y “La violencia del tiempo” de Miguel Gutiérrez.