
Hace algunas décadas contaba Antonio Cisneros que Hungría era el país que mejor trataba a sus poetas. Sus billetes no llevaban los rostros de militares ni presidentes, sino de poetas. Y habían monumentos y calles y estatuas bajo el amparo de los nombres de poetas: Endre Ady, Zsigmond Moricz, Sandor Petofi, Mihaly Babits, Dezsö Kosztolángyi, Attila József… Justamente quien representa el momento más triste y más pobres d ela historia húngara es Attila József, cuya muerte condensa y refleja esa época tumultuosa de rebeliones y miserias.
Attila József nace el 11 de abril de 1905 en Budapest, capital de Hungría y próxima capital intelectual del país, en un suburbio denominado Ferencváros. Su padre es jabonero y abandona a su mujer y tres hijos (dos mujeres y un niño) con la intención de viajar a América, aunque luego se sabe que vuelve a su provincia de origen y ejerce su oficio en diversas ciudades de Rumania. Su madre se empeña en una serie de trabajos ocasionales, pero debido a su débil estado de salud tiene que separarse de su hijo. Attila József vive con los campesinos de Ocsöd hasta los siete años, cuidando cerdos como todos los niños pobres del campo.
A los once años escribe sus primeros poemas, mientras permanece confiado a sus parientes políticos. En 1918 regresa a Budapest con la intención de trabajar y ayudar a su familia. Pero poco después fallece su madre y el Asilo de Huérfanos elige de tutor a su cuñado Odón Makai, abogado de cómoda posición.
Sin embargo, los trabajos que debe realizar Attila József son innumerables. Es vendedor de agua y se sabe que de niño robaba leña; vende periódicos y sellos postales y trabaja en las chalanas de una compañía de navegación; es obrero agrícola, representante de librerías, empleado de un banco, redactor de revistas literarias, etc.
A los 17 años la revista Nygat (Occidente) publica algunos de sus poemas. “Me consideraron un niño prodigio”, dice József, “y sin embargo no era más que un huérfano”. Su interés por la literatura despierta cuando de niño leyera las aventuras del rey Attila, cuyo nombre comparte. Aprueba sus exámenes de manera fácil y sin complicaciones. “Cuando hube terminado el sexto año –cuenta József–, dejé el liceo y el internado porque, en mi aislamiento, me sentía un ocioso: no estudiaba, porque sabía la lección apenas el profesor acababa de explicarla”. Trabaja de preceptor y aprueba al mismo tiempo dos años consecutivos de bachillerato. Lo curioso es que lo persiguen por haber “blasfemado contra Dios” en uno de sus poemas, pero la suprema Corte lo absuelve.
Trabaja de todo. Al decidir que se dedicaría a la literatura, se inscribe en la Facultad de Letras de Szeged. Pero un profesor suyo declara que mientras él viviera Attila József jamás sería profesor de Liceo. El motivo: sus poemas publicados en el periódico local. József nos cuenta: “A menudo suele hablarse de las ironías del destino, y aquélla fue verdaderamente una, pues el poema incriminado, Corazón puro, muy pronto se hizo célebre. Siete artículos le fueron consagrados”. Este hermoso poema, escrito en 1925, reza en la traducción de Hugo Acevedo: “No tengo padre ni madre,/ no tengo beso ni amante. / Vivo sin Dios y sin patria,/ y sin cuna y sin mortaja.// Van tres días que no como/ nada, ni mucho ni poco./ Pongo en venta mis veinte años,/ la potencia de mi estado.// Si nadie los compra luego, que el diablo arree con ellos./ Corazón puro: robar/ –¿por qué no?– y hasta matar.// Me capturan y me cuelgan/ y en tierra santa me entierran./ Y una hierba en que viaja la muerte/ sobre mi corazón crece y crece”.
Entonces Attila József se destierra. Viaja a Viena, donde vive miserablemente y lleva la vida de los estudiantes pobres. “Leche, queso y poemas”, escribe en una carta. Allí entra en contacto con los emigrados húngaros y con los escritores comunistas. Viaja a París y se encuentra con Tristán Tzara, estudia a Marx y Lenin y luego de una corta temporada veraniega regresa a Budapest. Conoce a Márta Vagó, de familia burguesa que se opone al matrimonio. “Yo quise a una muchacha adinerada:/ me la robó su clase”, escribe József.
En 1929 aparece su tercer poemario: No tengo padre ni madre. Anteriormente había publicado Mendigo de Belleza (1922) y No es que yo grite (1925). La crisis económica en Hungría es terrible y se producen grandes huelgas y movilizaciones populares. Luego del triunfo del primer plan quinquenal de Stalin una ola revolucionaria invade Europa. En 1930 Attila József se integra al perseguido y clandestino Partido Comunista húngaro, del que se apartará orgánicamente años después sin renegar jamás de sus principios ni de sus camaradas. Conoce a Judit Szantó, rubia y hermosa, “que sabía, al mismo tiempo, cocinar y dar un beso”, y con ella parece haber hallado al fin el equilibrio que tanto necesita.
Pero Attila József es un hombre enfermo. Las privaciones desde su niñez y las persecuciones han minado su organismo. Desde temprana edad ha intentado suicidarse, y varias veces fue hospitalizado en casas de salud por depresión nerviosa. Pero él continúa escribiendo. Publica Noches de Arrabal, y una antología propia titulada Danza del oso. Conoce a Flora K., especialista en reeducación, y a ella le dedica sus último y bellos poemas de amor.
Su poesía es una combinación de diversas influencias: baladas populares, surrealismo francés, expresionismo alemán, folklore húngaro, terminología obrera e industrial, etc. La presencia de la madre es constante en su poesía, símbolo de la madre proletaria: “Frágil era mi madre. Murió pronto/ porque las lavanderas mueren pronto…” Evite la poesía esquemática obrerista, pero l otorga intensidades insuperables a la vida de las masas. Junto a sus poemas simbólicos, escribe en estilo claro y sencillo: “¡Ve, poema! ¡Sé luchador de tu clase!” La miseria y las dolencias del poeta son innumerables, y sin embargo tiene lucidez teórica sobre su oficio, como cuando escribe: “La razón esencial por la cual se tiene necesidad del poeta es, sin duda, porque el poeta es capaz de hallarles una forma a tantas realidades contradictorias”.
El estado de salud de József se agrava y se perfila su esquizofrenia. Flora es como la encarnación de sus sueños, y sus últimos poemas son como balances dolorosos de su vida, de su pueblo entero: “Hermosos son la primavera y el verano,/ y es hermosísimo el invierno, aún más que el otoño,/ para el que aguarda una familia y un hogar/ ya decididamente para otros”.
Viaja a una estación balnearia desierta, a orillas del lago Balaton. Flora y sus amigos están en Budapest. En 1937, un 3 de diciembre, a los 32 años, Attila József, en quien se condensa el dolor de su época, se arroja bajo las ruedas de un largo tren abarrotado de mercancías. Y aún su muerte resulta simbólica: ya con Hitler en el poder, los nazis invaden poco después Europa central y sobreviene la tragedia.
