domingo, enero 13, 2008

En recuerdo de Catherine Mansfield


Catherine Mansfield murió el 9 de enero de 1923. Había nacido 34 años atrás en Nueva Zelanda al interior de una próspera familia. Su obra, poco conocida, es breve y fragmentaria: 88 relatos (26 sin concluir), algunos poemas, prosa en revistas, cartas y un dietario. Ella es, sin embargo, una de las mayores exponentes de la narrativa corta y quizá su representante más lograda en lengua inglesa.

La etapa de entreguerras ha provocado curiosas y dramáticas coincidencias en la literatura. El surgimiento del vanguardismo en ese tiempo fue expresión del caos y del pesimismo reinante así como la liberación de las trabas formales y conceptuales para la creación artística. Entre los años 1915 y 1930 ochenticinco escritores estadounidenses fijaron su residencia en Europa, de los cuales 45 lo hicieron en Francia. Fue la época de la famosa “generación perdida” con J. Dos Passos, William Faulkner, F. Scott Fitzgerald, G. Stein, E. Heminguay, Salinger, james Jones, Saul Bellow, Henry Miller, Norman Mailer, etc., con todas sus dosis de desconfianza vital y pugna con el mundo. Y es también esta etapa la última y crucial de Catherine Mansfield, quien para entonces supo combinar la crítica, la poesía, la narración y el diario con un estilo tan propio como unitario.

La polémica figura de la Manfield (Katheleen Mansfield Bouchamp) es quizá síntesis de su vida y de la inasequibilidad de su cocina literaria. Su ansiedad de vivir fue enorme, como grande fue su capacidad de movimiento y ubicuidad. En ocho años de vida en Inglaterra tuvo veintinueve direcciones, lo que la emparenta con ese poeta suicida y atormentado que fue Kleist y sus incansables viajes y recorridos por la vieja Europa. Pero las ganas de vivir (previo a los años de un Henry Miller y un Norman Mailer) no fueron solamente producto de la conciencia de saberse golpeada por la tuberculosis: fue además resultado de su personalidad, de los tiempos agitados que sacudían el siglo y de una necesidad vital exigida por su trabajo literario.

Muchos la consideran infantil, superficial y hasta vulgar. Lo cierto es que le era difícil permanecer tranquila. Se había casado con un cantante a quien apenas conocía y lo abandonó en la misma noche de bodas. Tuvo sórdidos amores con Francis Carco, un tipo que guardó los peores adjetivos para ella. Contrajo la gonorrea de un polaco y fue contagiada de tuberculosis por D. H. Laurence. Ida Baker la amaba y la Mansfield se refería a ella como “su esposa”. Se casó con el crítico literario John Middleton Murry y en medio del ansia por vivir deprisa guardó una vida marital bastante peculiar pero no por ello apacible.

Virginia Wolf, que fue su amiga, se refería a ella como un caso excepcional cuyos procedimientos y el atractivo de sus obras resultaban dificultosas de precisar, opinión ampliamente compartida por los críticos y por su propio esposo J.M. Murry. La precisión y fuerza de los relatos cortos de Catherine Mansfield tiene sus antecedentes en las obras de Poe, Chejov, Maupassant, pero se aleja de ellos en algo sustancial y que la acerca más bien a T.S. Eliot, Joyce y Pound: la reinstauración creadora de la tradición, la verdad poética en lugar de la verosimilitud anecdótica o el simple cambio de historias contadas de otro modo.

Así la modernidad literaria tiene deudas con escritoras como la Mansfield, que a finales de la segunda década de nuestro siglo aperturaron concretas perspectivas de renovación de las técnicas y estilos narrativos. Sin duda que los magisterios de Joyce y de Pound fueron mayores, pero la permanencia de Catherine Mansfield como una insuperable trabajadora de narrativa corta en lengua inglesa (en prosa poética, diríamos hoy, a la manera de Hölderlin, Juan Ramón Jiménez y Pessoa) nos acerca a su magisterio y le otorga justo reconocimiento. La brevedad de su producción es lamentable (títulos españoles como “En la bahía”, “Fiesta en el jardín”, “Casa de muñecas”, “Felicidad”, etc.) y ella fue lúcida al respecto. No está lejano el recuerdo de Kafka cuando ella escribe en 1918 al escupir sangre por primera vez: “cuán insoportable será morir y dejar borradores, fragmentos, nada real y bien acabado”. Murió enfrentándose temerariamente a la muerte, pelando papas durante varias semanas a la intemperie en la comunidad mística de Fontainebleau.