
“Non Serviam” es el título del manifiesto leído por Vicente Huidobro en Santiago de Chile el año 1914 y daba vida al creacionismo, doctrina poética inspirada en un mito aimara que expresaba “el poeta es un dios, no cantes a la lluvia, haz llover”.
Pero no ha sido el creacionismo doctrina fácil de digerir. Como tantos otros ismos, tuvo su etapa turbulenta y su fallecimiento. De su teoría vanguardista queda siempre el producto valioso, ese impulso lírico incomparable todavía vivo y vibrante. La doctrina, que para C.G. Belli tenía parentesco con el land art (arte de la tierra, nacida media centuria después) por su voluntad de apropiarse de la naturaleza, de reconstruirla y representarla de acuerdo a la imaginación, no aparece necesariamente viva en el poema. Lo que perdura es la poesía presa de su propio carácter transgresor de fronteras conceptuales. Perdura asimismo, junto a la belleza lírica, el miedo al afán destructor capitalista en su etapa de entreguerras; un temor expresado en su búsqueda (o huída) a otros ámbitos del conocer, de acceder a la vida por rumbos no precisamente racionales.
Benjamin decía que la cultura burguesa, la civilización es también signo de barbarie. Van aparejadas y prueba de ello son las dos guerras mundiales que destruyeron tantos pueblos, mitos, ciudades e inocencias. Los movimientos vanguardistas surgieron a continuación de la primera gran guerra (1914-1918) y expresaron, en sus diversos sentidos, formas, manifestaciones, naturalezas y niveles la confusión reinante en la Europa culta de entonces, a la par que abrían dimensiones estéticas antaño insospechadas. Los sustentos doctrinarios, como el “Non serviam” del creacionismo, no carecieron sin embargo de su carga de unilateralidad y esquematismo, paradójicamente a sus intentos universales y relativistas.
Algunos críticos aseguran que el creacionismo no es propiamente creación de Huidobro (entre ellos Guillermo de Torre y Sainz de Robles), principalmente por dos razones: 1) por disputarse la paternidad con el poeta francés Pierre Réverdy (por cierto más simbolista y cubista sólo en la forma); y 2) porque el creacionismo, si lo asumimos como exacerbación de lo inventivo artístico, es ya conocido desde tiempos remotos, desde Aristóteles (en su Poética), Horacio (en su Arte Poética), hasta Rimbaud, Apollinaire y Marinetti.
Lo anterior es cosa secundaria (aunque interesante para la historia de la literatura). En cambio es pertinente precisar una inquietud: todas las doctrinas surgidas al amparo del vanguardismo tienen más puntos en común que disonancias. Si generalizamos, veremos apenas diferencias de actitudes, de circuitos, de grupos y adjetivos, y en cambio convergencias en lo que la antigua preceptiva literaria denominaba forma y contenido.
En fin de cuentas el creacionismo de Huidobro no es otra cosa que una intromisión de la capacidad inventiva del poeta en el mundo material y técnico del lenguaje. Creo que quien mejor ha resumido el vanguardismo y en general la visión del arte contemporáneo ha sido Léonce Rosenberg, al referirse a la pintura cubista: “El arte tiene por fin, no reconstruir un aspecto de la Naturaleza, sino construir sus equivalentes plásticos, y el hecho de arte así constituido deviene un aspecto creado por el Espíritu”.
Por cierto que en Huidobro notamos dos etapas: la primera donde vemos a un poeta convencional y todavía unido a las corrientes de principios de siglo, etapa a la que pertenecen sus obras “Ecos del alma” (1911), “La gruta del silencio” (1913), y “Canciones en la noche” (1913). Su segunda etapa es la novedosa, que rompe con los modelos tradicionales y se inicia con su manifiesto “Non serviam” y exige “crear un poema como la naturaleza crea un árbol”. Le siguen las obras “El espejo de agua” (1916), “Adán” (1916), “Horizoncarré” (1917, que incluye los poemas de “El espejo…” en francés), “Poemas árticos” (1917-18), “Ecuatorial” (1918) y ese texto hermoso que es “Altazor” (1919). Posteriormente escribirá más obras igualmente valiosas, en las que perdura el espíritu abierto e inquieto y la curiosidad intelectual.
Si bien es cierto Vicente Huidobro nació en el seno de una familia de la alta burguesía, ello no impidió que sus continuos viajes a Europa y sus experiencias estéticas y vitales (y las de sus compañeros de que fue testigo) lo llevaron a alinearse con los movimientos progresistas de su época. Cuando regresa a Chile en 1925, la Federación de Estudiantes lo propone como candidato a la Presidencia de la República, pero poco después lo atrae el cine y viaja a Nueva York. En España participa en la guerra civil del lado republicano durante tres meses. En 1944 se une al ejército francés donde se desempeña como corresponsal de guerra y luego con el grado de capitán ingresa con las tropas libertadoras en Berlín y recibe una herida en la cabeza. Con todo, la imagen de Huidobro fue siempre controvertida, se le acusaba de frívolo y exhibicionista y sin embargo su poesía perdurará como una de las más bellas de la vanguardia americana, sólo superada por esa obra fundadora y genial que es “Trilce” de César Vallejo.
