jueves, enero 24, 2008

La batalla de Madrid


En la foto: Mario Guevara, Sandro Bossio, Dante Castro, Christian Reynoso, Enrique Rosas Paravicino, Oscar Colchado y Ricardo Vírhuez, en Madrid.

La idea principal que se me ocurrió al principio es que viajar a Madrid, para el I Congreso de Narrativa Peruana en mayo del 2005, sería una gran experiencia, un aprendizaje.

Metido 7 años en la amazonía peruana, viajando casi cada semana a ciudades tan distantes y distintas como Abancay, Huaraz, Puno, Trujillo, Chimbote, Pucallpa, en fin, un sinnúmero de pueblos del interior, y estudiando sus libros, compartiendo con autores desconocidos e inéditos, me daba la sensación de andar descubriendo un mundo que hasta hace poco creía entender y comprender: la literatura peruana.

Por eso, cuando junto a Javier Garvich y otros amigos publicamos los primeros números de la Revista Peruana de Literatura, no había dudas sobre nuestro objetivo: difundir la rica producción literaria del Perú, de preferencia de aquellos autores invisibles para la crítica y los medios de comunicación.

Sin embargo, desde el inicio tuvimos que resistir la arremetida nada rigurosa de un Vargas Llosa que repitió un monólogo ya insoportable: seamos cosmopolitas, la forma es lo más importante, renunciemos a los problemas sociales en la literatura, seamos sumisos al mercado.

Ya en diálogos breves con Dante Castro y Walter Lingán, recordamos el lema del Congreso: «25 años de narrativa peruana. ¿Cuándo se jodió el Perú?». Siempre me pareció que Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral que dijo tan penosa frase, era un criollo extraviado incapaz de entender el Perú, al que le endilgó su propio mal. Lo más correcto sería decir cuándo se jodió Zavalita, ya que desde Velasco el mundo feudal se hizo añicos en el Perú y surgió un tipo de capitalismo que mezclaba todas las formas de sociedad en una ensalada imprevisible.

Por eso, mientras buscábamos bares para celebrar mi cumpleaños en ese Madrid ordenado y limpio, que a veces se parecía a Lima en sus viejas construcciones y otras copiaba alegremente la 5ta Avenida de Nueva York, discutíamos con Oscar Colchado, Mario Guevara, Dante Castro, Sandro Bossio, Enrique Rosas Paravicino y Christian Reynoso sobre las literaturas que a menudo se escamotean en la prensa y los libros destinados a los estudiantes. El temor era obvio: que el Congreso repitiera esta situación.

A estas alturas, no es difícil evaluar dicho encuentro de escritores en general y hacer las debidas diferencias. Por un lado, los organizadores merecen nuestro reconocimiento por el gran esfuerzo desplegado, pues una actividad literaria de esta naturaleza no sería posible sin una gran dosis de entrega personal y generosidad, independientemente de los resultados y de las evaluaciones posteriores.

Por otro lado, la calidad de las ponencias presentadas sí merece una crítica, principalmente por su desconocimiento de la narrativa peruana. La desinformación sobre las distintas formas de literatura que se hacen en el Perú obedecen a distintas razones: 1) Escaso tiraje de los libros (la norma es mil o quinientos) para casi 30 millones de peruanos. 2) Papel criticable de los medios de comunicación, que se niegan a difundir libros que no pertenezcan a las grandes editoriales o a conocidas argollas. 3) Escaso o nulo interés académico en literaturas marginales o no hispanas. 4) Inexistencia de empresas editoras que arriesguen por un sistema de distribución nacional. 5) Una crítica (incluidos reseñadores) desatenta a nuevas propuestas estéticas. 6) Ausencia de una asociación de escritores que pueda defender derechos y proponer planes editoriales novedosos.

Podríamos añadir muchas causas más, pero sería llover sobre mojado. Lo irónico es que quienes «provocan» la desinformación literaria caen en un efecto bumerán que les afecta a ellos mismos. Y eso se vio en Madrid, pues fueron varios operadores culturales (de distintos medios) los que dieron la imagen más penosa al referirse a la narrativa peruana de los últimos 25 años.

El Congreso, por tanto, fue de momento una buena manera de mostrar nuestras carencias más que nuestra riqueza, para medirnos y conocernos, para apuntar precisamente a un proyecto más ambicioso en futuros eventos. ¿No merecemos, acaso, oír a investigadores que nos hablen de literatura afroperuana, o que se explayen en la maravillosa narrativa amazónica, tanto indígena como hispánica, y que surja un estudioso de la novela quechua contemporánea (recuerdo ahora una novela de Macedonio Villafán)? O tal vez, sin la profundidad de las divisiones culturales sino solo de subgéneros literarios, oigamos sobre narrativa fantástica, policial o erótica, o alguien se atreva a mostrarnos los vaivenes de la novela política, de la narrativa que se escribe en las cárceles, de la narrativa peruana de los que viven en el extranjero.

La polémica entre escritores desatada en Lima posteriormente solo es parte del mismo problema: injusta distribución de la información, racismo desfasado y muchas cosas que cambiar en nuestra vida cultural, para hacerla democrática, participativa, incluyente.

Sin duda, hay mucho de qué hablar sobre narrativa peruana y el Congreso de Madrid fue solo el comienzo. Un gran comienzo.