
Un aspecto poco desarrollado entre las clasificaciones poéticas es la referida a la poesía materialista. Pero antes de acercarnos conceptualmente a ella, tratemos de ver su realidad y sus antecedentes.
Cuando en alguna parte de su imponente obra Marx nos habla de la poesía de Lucrecio, que denomina materialista, se está refiriendo en realidad a la actitud y concepción materialista de Lucrecio. Cuando Mariátegui redacta las críticas a escritores socialistas, por cuyos aportes la nueva realidad revolucionaria se vigoriza artísticamente, se está refiriendo también al espíritu y posiciones materialistas que animan a estos autores.
Este materialismo, entendido abiertamente como concepción del mundo, se bate contra el tradicional idealismo y lo somete y reencuentra con su lugar de origen y su morada efectiva. La aparente independencia que el espíritu logra de la materia es desbaratada por el materialismo en sus diversas trincheras, entre ellas la poesía. Pero esta aserción marxista, en sus concreciones literarias, resultaban unilaterales y se contentaban con batallas conceptuales y canales hedonistas. Hay siempre una comunicación sensual, muchas veces de estricta linealidad, que llega a nosotros placentera y musicalmente, a ritmo determinado y variable, que rápidamente reconocemos como poético.
El materialismo poético de Omar Khayyam no abandona la sensualidad formal que mejor expresa en su contenido: “Nada es la vida sin vino y sin amor / Nada sin el dulce canto de la flauta del Irán / Por lo que veo, las cosas buenas de este mundo / sólo son el placer y la fiesta / Todo lo demás, nada”. Y no hay, a lo largo de todas las creaciones poéticas de la historia humana, un materialismo puro, toda vez que también la mente, el espíritu, la magia, el propio idealismo es parte de nuestro múltiple materialismo.
Esta contradicción manifiesta la encontramos en las brillantes producciones de Shakespeare, cuya vena materialista se enarbola más claramente a través de su realismo literario. El materialismo, sumergido dentro de las mareas realistas que como método literario es tan antiguo como la más antigua de todas las literaturas, se abre paso vigorosamente en Chaucer, Boccacio, Calderón, Cervantes, Moliere, Lope, Scarron, y qué decir de la poesía actual cuyos poros transpiran materialismo en sus más diversos aspectos: cotidianidad, erotismo, rebeldía, etc.
Ahora bien, pese a esta multiplicidad y contradicciones, hay un punto común donde convergen y se dan de la mano incluso con la más extraviada poesía idealista. Este campo de paz no es otro que el modelo hedonista con que, a manera de prejuicio universal, llega la poesía a nosotros.
Hay un ritmo particular, pero siempre nuevo, una suave o azucarada emoción, muchas veces recargada de tamices divergentes, una musicalidad redescubierta nuevamente, un sentido, un significado que se halla y define de modo predeterminado e inconsciente, en fin, concurren una suerte de elementos no sancionados expresamente, pero que sí todos reconocemos tácitamente como poesía.
Las corrientes vanguardistas se enfrentaron a criterios y costumbres literarias más conocidas y conservadoras, asumiendo en su papel incendiario la tarea de barrer con ese inmenso mosaico de lugares comunes y visiones repetitivas.
El dadaísmo fue ciertamente un grito escandaloso, en tanto que el surrealismo y el expresionismo abrieron cauces no menos violentos que, al igual que el primero, se estrellaron contra los muros espantados de la burguesía para inmediatamente ser digeridos golosamente por ella.
Pese a la retórica vanguardista, su poesía no abandonó o no pudo salirse de los márgenes hedonistas de la poesía tradicional. El vanguardismo no encarnaba mucho de nuevo, excepto la crisis moral y la confusión individual del capitalismo de entreguerras. Su lucha fue, en realidad, contra sí mismo, contra su atomismo y desorden vital, contra su amasijo de su culpabilidades y su falta de perspectivas sólidas que combatiera la decadencia que lo estrangulaba. Tampoco el vanguardismo fue un guerrero de cuidado frente a toda la poesía tradicional, y no lo fueron, además, Maiakovski, Evtushenko, ni los poetas provenientes de las revoluciones socialista en sus primeros años de política violenta y dictadura proletaria.
Ellos sólo traían la novedad del mensaje, el canto épico poblado de nuevos héroes y nueva ideología. Su materialismo se circunscribía al contenido combativo, marxista, ateo, que cantaba la gesta victoriosa de las masas y del partido comunista que las dirigía. No cambió, sin embargo, la forma sensual con que la poesía toma vida, se comunica y nos invade. Por eso su materialismo fue unilateral, incompleto, débil, en fin, el viejo jarrón de la poesía tradicional con nuevo vino.
¿Dónde encontramos, entonces, aquella poesía realmente corporal, física, que nace de la materia, se comunica materia y es ella misma materia ardiente, viva? No es que el hedonismo sea un lastre, es que él es tradición y recurrencia. Hubo intentos, es cierto, algunos más afortunados que otros, de moldear la poesía materialista en niveles antes no vislumbrados. Y el punto más alto, en un experimento difícilmente igualado, ha sido el que lograra César Vallejo en su obra poética.
“Poemas Humanos” nos sobrecoge de manera directa, terrenal, sacudiendo nuestra percepción aun cuando el referente pareciera escondido a primera vista. Este remecimiento físico es generalmente abrupto, que no concede espacio para la delectación musical ni vaporosa. El disloque continuo, las aliteraciones y versos onomatopéyicos no son sólo recursos, son también sustancias constitutivas de la propia poesía. Ellos se ofrecen desnudos, totales, y para muchos los poemas de vallejo resultan difíciles. La realidad múltiple y de coherencia no lineal logra en Vallejo una instancia suprema, aunque no la agota.
No es casual que sus dos obras poéticas mayores, Poemas Humanos y España, aparta de mí este cáliz, hayan sido creadas cuando se adhirió al marxismo. Vallejo, como el más grande poeta que ha producido la lengua española, es el ejemplo cabal de cómo la militancia partidaria no bloquea sino que eleva poderosamente la creación artística (y Dante es otro ejemplo). Toda la fuerza de sus palabras descansa en la fusión instintiva, consciente, dolorida y optimista de su posición de clase. Nada más falso que ver en Vallejo, el poeta que escribió Masa y aconsejó a los niños de España, que, si ella cae, “id a buscarla”, a un hombre triste, pesimista, con el rostro sufrido y huraño. Esa es una caricatura que deforma la grande figura del poeta. Ahí está su poesía cercana, vital, materialista, cuya singularidad sorprende constantemente y se actualiza, para retratar de cuerpo entero el temple universal de su personal.
El materialismo poético de Vallejo es, comparativamente, completo. La remoción que produce en los lectores es a veces chocante, tosca, como si la cotidianidad del ser humano hubiese adquirido intensidades inéditas. Si bien decimos que muchos versos o poemas enteros no son claros, ello no significa que carezcan de significado. Todo lo contrario. Toda su poesía, incluso frases apretadas, está cargada de significados amplios y emotivos que si no los racionalizamos al instante, los intuimos, los aprehendemos, los conocemos. Esta oscuridad, que no es tal, logra un acercamiento humano nunca antes experimentado por poesía alguna. La sacudida física, material, que se produce en nosotros y nos estremece, toma vida a través de la más alta sensibilidad y emoción humana: la social, o mejor dicho, la sensibilidad política.
Vallejo logra incorporar en poesía la materialidad del mundo en casi todos sus aspectos, incluido el formal. Y lograr una poesía materialista de alta calidad, fue el producto no sólo de un manejo genial y revolucionario del lenguaje, sino además el de consolidar la unidad de esta praxis creadora con su visión política y humana. Su poesía materialista no es, pues, gratuita ni fruto del azar. Es fruto de la actitud del hombre artista de asumir vitalmente su concepción del mundo a través del arte y su consecuencia práctica en la sociedad.
A Vallejo no podemos imitarlo. Es imposible recorrer los mismos espacios, la misma voz o el mismo lenguaje. Lo que sí podemos enarbolar como ejemplo es su actitud, en tanto ésta corresponda a la tarea más noble e intensa que pueda vivir el ser humano y que Vallejo, desde la palabra, el sueño, el hambre, desde su inagotable optimismo, supo encarnar.
