domingo, enero 13, 2008

Las hojas de Whitman


“No soy ciego para el mérito del maravilloso don de Hojas de hierba. Me parece el más extraordinario producto del ingenio y la sabiduría que haya dado hasta ahora Estados Unidos”, escribe Emerson en una carta a Whitman luego de que éste editara, por primera vez en 1855, a los 36 años, su grandioso poemario. Pero Hojas de hierba no tiene un solo nacimiento. Whitman la escribe y corrige y aumenta tanto que a los 73 años, en su lecho de muerte, revisa las pruebas de la última y octava edición que hace en vida.

Esta experiencia de escritura progresiva de un solo poemario no es única en Whitman. Las flores del mal es también el único libro de Baudelaire; y La realidad y el deseo lo es de Cernuda. Pero los logros son necesariamente dispares y distantes. En Whitman sobrevive el espíritu aventurero que hizo de Estados Unidos una nación compleja y arrogante, y es esta invariable contradicción lo que caracteriza al poeta. En él cantan muchos Whitman, muchos hombres que no tienen voz y se expresan a través de su potente verbo.

Resulta curioso que toda poesía innovadora sufra los desplantes de toda intelectualidad establecida. Whitman es acusado de todas las inmoralidades que pudieron imaginar sus censores. Sólo Emerson advierte el enorme salto de la poesía estadounidense, el increíble vuelo alcanzado por la literatura yanqui en esa segunda mitad del siglo pasado. Whitman no se amilana frente a las críticas. Sin falsas modestias es consciente de su genio y sigue adelante. Va de puerta en puerta vendiendo sus poemarios. Intenta empresas editoriales y periodísticas, pero fracasa.

Sus poemas son de aliento inmediato. Arde en él la vitalidad que no cuaja en formas estrechas. Por ello tiene problemas para hallar el lenguaje adecuado. Sus dudas no son en realidad por el verso en rima o el verso libre, sino por el que mejor refleje y exprese la vida misma, la cotidianidad, la charla común. Prueba de esta pugna visceral escribe: “A veces pienso que mis Hojas sólo constituyen un experimento lingüístico”. Es decir, un experimento por encontrar la expresión más humana y correcta.

Whitman no era, por suerte, un intelectual. Su vitalidad espontánea otorga a sus poemas intensidades épicas y líricas antes no logradas en la poesía estadounidense. Algunos críticos estiman que muchos de sus poemas corregidos o modificados (“pensados”) son inferiores a los originales. La intelectualización posterior de un poema menoscaba la personalidad del poeta vital.

Whitman les canta a todos y a todo. El mundo y sus criaturas animadas e inanimadas renacen en su palabra. El habla con y por cada una de las partes del universo. Su espíritu totalizante, oceánico, universal comparte el enfoque global de un César Vallejo o un Baudelaire. Nombra tantas cosas que le acusan de coleccionsita de lugares y nombres y nada en cambio de poesía. Whitman es inerme a la crítica miope y moralista. Canta al cuerpo y a todos sus placeres, al varón y a la mujer, a los cielos y a los infiernos. Y en ese afán abarcador, por supuesto, se contradice, porque su poesía no es simple enunciado lógico: “¿Qué me contradigo?/ Pues bien; me contradigo”. Por cantarle al sexo, según sus detractores, es inmoral; por cantarle al hombre, es homosexual; por cantarle al ocio y la vagancia, es un parásito, etc. Whitman los abarca a todos. Sin embargo, su vida no es tan inmensa y aventurera como su sensibilidad poética.

Emerson dice que “su lenguaje es una mezcla del Bhagavat-Geeta y el New York Herald”. Una mezcla de lenguaje literario y habla de la calle. En el ensayo Mirada retrospectiva a los caminos recorridos. Whitman nos cuenta de sus lecturas y paseos: “solía irme, a veces, toda una semana, al campo o a las costas de Long Island, donde, bajo las influencias del aire libre, leía de principio a fin el Antiguo y el Nuevo Testamento, y absorbía (probablemente con mayor provecho que en ninguna biblioteca o habitación cerrada: crea tanta diferencia dónde uno lee) a Shakespeare, Ossián, las mejores versiones que podía obtener de Homero, Esquilo, Sófocles, los viejos Nibelungos alemanes, los poemas antiguos hindúes y algunas obras maestras más, las de Dante entre ellas”. Los libros y la naturaleza, la cultura y la vida son los elementos que conforman su centro creativo.

Whitman no es un clásico, en el sentido funerario y mistificado que se le da a esta palabra. Whitman es contradictorio como la vida, y por ello permanece vivo en las conciencias que, como él, saben que la poesía es parte de lo mejor de nuestra vida. No la poesía cuadriculada, no la poesía formalizada en ritmos e imágenes edulcorados por la intelectualidad. Tampoco el ay enfermizo que se agota en subjetivismo y juegos verbales. En cambio, como Whitman, como Vallejo, la poesía enorme, tumultuosa, desgarrada y limpia de mercenarismo, la poesía de la calle, del pueblo heroico que canta a través de sus poetas y crea la palabra nueva, el sentimiento múltiple, el canto a sí mismo jubiloso de sus esperanzas.