domingo, enero 13, 2008

Nuestra deuda con Henry Miller


Henry Miller fue uno de los más vitales y sinceros escritores del siglo XX. La deuda que guardamos hacia él no es sólo literaria. “Tenía que aprender”, dice Miller, “y no tardé en hacerlo, que hay que abandonar todo y no hacer otra cosa que escribir y escribir y escribir, aun cuando todo el mundo te aconseje lo contrario, aun cuando nadie crea en ti”.

Para llegar a esa entrega total a la literatura tuvo que atravesar primero por una experiencia increíble, rica y aventurera. Su hogar era el mundo: “En todas partes estoy en casa, sólo que antes no lo sabía. Pero ahora lo sé. Ya no hay línea divisoria: fui yo quien la creó”.

Son famosas sus experiencias en Nueva York, donde se empleó en todo tipo de trabajos, y en París, adonde viajó en los años treinta para iniciarse en la literatura. Allí sobrevivió a las patadas, pasó hambre y fue ayudado por sus amigos. “Ninguna situación en sí misma podía asustarme:” sin saber cómo, siempre me veía en buena posición, sentado dentro de un ranúnculo, por decirlo así, y chupando la piel. Aunque me metieran en la cárcel, tenía el presentimiento de que lo pasaría bien. Supongo que era porque sabía no resistir. Otra gente se agotaba luchando, esforzándose y afanándose; mi estrategia consistía en flotar con la corriente”.

Su retórica es sencilla, directa, cotidiana. Y por tratar sin falsos pudores los temas sexuales su obra fue acusada de escandalosa y prohibida. Inútil medida burocrática: surgieron las ediciones piratas y engrosaron una aureola maldita en su autor. La fama de sus novelas adquirió envergadura mundial a partir de la Segunda guerra, una fama emparentada con una vida turbulenta que Miller supo narrarnos con soltura excepcional y riqueza anecdótica.

Decíamos que nuestra deuda con Henry Miller no es sólo literaria. Es, además, vital, humana, que se enfrenta a todas las barreras de la actividad sensorial e intelectual. Toda su obra es un canto a la vida, un homenaje al hombre: “si tuviese la oportunidad de ser una estrella, la rechazaría. La oportunidad más maravillosa que ofrece la vida es la de ser humano. Abarca todo el universo. Incluye el conocimiento de la muerte, del que ni siquiera Dios goza”.

Junto a sus sabrosas descripciones eróticas y disquisiciones filosóficas, Henry Miller nos propone lucidez social y una clara esperanza, fraterna y humana: “¿Quién dirá la última palabra? ¡El hombre!. La tierra es suya porque él es la tierra, su fuego, su agua, su aire, su materia mineral y vegetal, su espíritu (…) Esperad, asquerosos conquistadores blancos que habéis mancillado la tierra con vuestras pezuñas hendidas, vuestros instrumentos, vuestras armas, vuestros gérmenes mórbidos, esperad, todo los que nadáis en la abundancia contando vuestras monedas, todavía no ha sonado la última hora. El último hombre dirá lo que tenga que decir antes de que todo acabe. Habrá que hacer justicia hasta la última molécula sensible… ¡y se hará! Nadie dejará de recibir su merecido, y menos que nadie vosotros, los mierdas cosmocócicos de Norteamérica”.